
El 3 de agosto de 1991 Moss Hill y su esposa Tracy tocaban como todas las noches en el salón social del crucero MTS Oceanos. Eran parte de la banda del barco, él tocaba la guitarra y ella el bajo, pero esa noche sucedería algo que cambiaría sus vidas para siempre.
Cerca de las 8:30, el barco empezó a inclinarse hacia un lado, minutos antes había empezado una fuerte tormenta y el mar embravecido embestía con violencia, haciendo que incluso los experimentados meseros del crucero les costara mantener la comida y bebidas en los platos.
Para Moss y Tracy tampoco estaba siendo una noche fácil, el movimiento del barco les dificultaba tocar, pero estaban claros de que el show debía continuar, sobre todo porque poco a poco el salón donde estaban se fue llenando por los pasajeros del crucero, que desconcertados por el movimiento buscaban la compañía para pasar la turbulencia.
Lo que no sabían los músicos, meseros, y pasajeros, era que se había producido una explosión en la sala de máquinas del crucero, y a cada minuto que pasaba estaban más cerca de hundirse en el fondo del mar.
De un momento a otro las luces del crucero se apagaron, y el miedo comenzó a apoderarse de las 581 personas a bordo, entre pasajeros y tripulación.
“Nadie sabía lo que estaba pasando y el barco se balanceaba y cabeceaba salvajemente, con sillas, mesas, botellas y vasos estrellándose. La gente estaba alarmada y confundido”, cuenta Moss Hill en la página web donde conmemora el suceso.

Él revisaba el equipo de la banda junto con Robin Boltman, otro de los artistas, y para tratar de calmar a las personas comenzó a tocar su guitarra acústica y a cantar todas las canciones que podía recordar de su repertorio.
Eran más de las 10 de la noche y no había señales de que la energía fuera a regresar, tampoco había noticias por parte del capitán o los oficiales de la tripulación, así que Moss y Robin decidieron salir a averiguar qué estaba pasando.
De acuerdo con el Capitán todo se debía a un fallo en el motor, pero no había motivo de preocupación, la gente estaba a salvo en el barco y en cualquier momento todo volvería a la normalidad.
Las explicaciones no convencieron al guitarrista de Zimbabwe, quien decidió ir al cuarto de máquinas en compañía de Julian Butler (nombre artístico Julian Russell, el mago del crucero) a investigar por sí mismos qué estaba ocurriendo.
En el camino encontraron a los oficiales de cubierta yendo de un lugar a otro, con chalecos salvavidas y todos mojados, hablando diferentes idiomas y claramente alterados. Parecían no notar su presencia, así que siguieron su camino.
Entre más bajaban, la oscuridad se apoderaba de ellos, estaban solos, no había más nadie, algo completamente anormal incluso en las peores situaciones. Con dificultad lograron comprobar que las puertas de metal que funcionaban como barrera de seguridad para evitar que el agua entrara al barco en caso de inundación estaban cerradas, pero también notaron lo que parecía ser una gran masa de agua detrás de las puertas.
No había duda, el Oceanos se estaba hundiendo.

Héroes improvisados
Unos días antes de esa fatídica noche, Moss había tenido a bordo del crucero a su hija de 15 años, Amber, quien regresó a su internado en Sudáfrica poco antes de que el MTS Oceanos zarpara a su último viaje.
Ahora, en medio de la oscuridad, la tormenta y un naufragio en proceso, ella no salía de su cabeza. Para Moss era claro que Amber no podía quedar desamparada, así que tenía que sobrevivir, o por lo menos asegurarse de que su esposa Tracy lo hiciera.
Sin duda esta fue la motivación que lo hizo convertirse en el héroe de esta historia, sobre todo cuando al volver al salón con los pasajeros fue claro que ni el capitán, ni los oficiales a bordo, estaban interesados en contar que el barco se estaba hundiendo.
Por el contrario, fueron los primeros en abandonar el crucero en botes salvavidas, y sólo los miembros de más alto rango de la tripulación tenían conocimiento de que había que evacuar.
No había tiempo que perder y Moss tomó cartas en el asunto. Aunque no tenía ni idea de cómo evacuar un crucero, de cómo lanzar los botes salvavidas al agua y cómo organizar a los pasajeros para que los abordaran, no había nadie a bordo capaz de hacerlo.
Con una pierna en el barco y otra en el bote salvavidas Moss trataba de estabilizar el vehículo de escape mientras buscan la manera de bajarlo sin que cayera de golpe a las aguas oscuras.

Eran momentos de extrema tensión en los que el guitarrista y su compañero, el mago Butler, hacían lo mejor que podían, pero rápidamente se dieron cuenta de que por más que trataran, había un chance muy grande de que las personas que abordaran los botes terminaran ahogadas en medio de la nada, o murieran por una caída accidental e irónica del salvavidas donde depositaban sus esperanzas.
“Afortunadamente, nadie cayó al mar ni quedó atrapado entre el bote salvavidas que se balanceaba entre el agua y el barco. Es ridículo que los pasajeros hayan estado expuestos a este tipo de peligro innecesario. Si el personal capacitado hubiera estado dirigiendo las cosas, habría sido mucho menos riesgoso”, relata Moss.

Cerca de las 3:00 a.m. se agotaron los barcos salvavidas y todavía quedaban unas 220 personas a bordo del Oceanos. Moss se dirigió entonces al puente del barco, donde esperaba encontrar al capitán… se equivocó, no había señales de él, de nuevo, estaban solos.
Sin saber cómo manejar la radio empezó a repetir desesperadamente “mayday, mayday”, esperando que alguien respondiera. Pasaron minutos y la tensión se hacía insoportable.
Finalmente, una voz del otro lado de lla radio respondió a su SOS, le preguntó qué pasaba y donde estaban.
Moss trató de explicar lo mejor posible que el MTS Océanos se encontraba a mitad de camino entre el puerto East London (Inglaterra) y Durban (Sudáfrica), pero desconocía de coordenadas o indicadores de navegación, y tampoco sabía con certeza cuánto tiempo más el crucero podía permanecer a flote.
“¿Pero qué rango tienes”, le preguntó la voz en la radio. “Ninguno, soy el guitarrista de la banda”, dijo él desesperado. “¿Quién más está en la cabina contigo?”, le respondieron tras un silencio. “Pues mi esposa que es la bajista y el mago del crucero”.
Era absurdo todo, Moss sabía que nada tenía que hacer en esa cabina, pero no había señales del capitán, así que suplicó nuevamente por ayuda.
Al guitarrista sudafricano lo pusieron en contacto con barcos pequeños cercanos, que poco podían hacer para ayudar pues apenas contaban con un bote salvavidas cada uno y eran cientos de personas a bordo. Tenían que encontrar al capitán, su vida podía depender de ello.
Se dividieron el barco para buscarlo, sabían que debía estar en cubierta o en los cuartos porque la parte baja del barco ya estaba haciendo aguas. Por eso Moss decidió dirigirse a la parte trasera del crucero, donde finalmente encontró al capitán Yiannis Avranas fumando en la oscuridad.

Estaba en shock, y sólo repetía que “no era necesario” ante cada pedido de ayuda.
Un rescate milagroso
Según las estimaciones del capitán Avranas quedaban entre dos y tres horas para que el crucero terminara de hundirse, apenas tiempo para que un operativo de rescate se desplegara.
El rescate tenía que ser por aire, pues los barcos cercanos no podían llegar hasta el Oceanos a causa de la tormenta, había mucho riesgo de que chocaran y no solo pusieran en peligro al barco de rescate, sino que precipitaran el hundimiento del crucero.
Afortunadamente lograron confirmar las coordenadas del naufragio, pero pasaron por lo menos tres horas para que empezaran a llegar los helicópteros. El cálculo de Avranas estaba errado, pero él no lo sabía, tampoco nadie a bordo, así que la espera fue tétrica, literalmente un cara a cara con una muerte inminente.

Lo más indignante, en palabras del propio Moss, fue que el capitán abordó el segundo helicóptero, convencido todavía que el barco se hundiría en cualquier momento, y sin importarle que faltaran cientos de personas por ser evacuadas.
Milagrosamente el barco aguantó, y sólo se hundió 45 minutos después de que fuera evacuado el último pasajero. Eran la mañana del 4 de agosto de 1991.
Moss, Tracy y James estuvieron entre los últimos 12 pasajeros en ser rescatados, pues ayudaron a todos los demás a abordar los helicópteros, y vieron desde el aire cómo se hundía el crucero en el pudieron perder la vida.

De manera increíble, los de 585 pasajeros a bordo del MTS Oceanos sobrevivieron a esa traumática experiencia, en gran parte gracias a la heróica actuación un guitarrista de Zimbabwe que se transformó en rescatista, capitán de barco, y líder.
Dicen que son los momentos de crisis los que definen a los grandes personajes, Moss podría estar de acuerdo, aunque en las decenas de veces que ha contado la historia desde entonces, nunca se ha alabado más de la cuenta. Para él, recordar lo sucedido esa noche de agosto es algo catártico, que le ha ayudado a enfrentar todas las adversidades que desde entonces la vida lo ha enfrentado.
Moss y Tracy siguieron trabajando como músicos de cruceros por años y actualmente dirigen cruceros.
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