
Esta semana se viralizó una escena en la que Vladimir Putin expone una de sus herramientas favoritas para conseguir lo que quiere: la humillación en público. Fue nada menos que en el Consejo de Seguridad Nacional de su gobierno, y frente a Sergei Naryshkin, poderoso jefe de la inteligencia exterior, quien fue presionado hasta que respondió lo que el presidente quería escuchar.
En la reunión, donde el líder buscaba legitimar su decisión anunciada más tarde de reconocer como repúblicas a las regiones separatistas de Ucrania, Putin montó un supuesto debate para escuchar la opinión de sus asesores, transmitido en vivo por la televisión estatal rusa.
En medio de las intervenciones, Putin reprendió al jefe de los espías cuando éste abrió la posibilidad de continuar el diálogo con los países occidentales y titubeaba al responderle. “¿Apoyará o apoya? Dígame claramente, Serguei”, lo arrinconó.
Aparentemente la presión fue tanta que el funcionario se fue al otro extremo (o quizás, sin querer, reveló un eventual siguiente paso del plan), ya que, titubeando, dijo que apoyaría el ingreso de Donetsk y Lugansk a la Federación Rusa. “¡No estamos hablando de eso ahora!”, interrumpió Putin.
Finalmente Putin consiguió la frase que quería. “Sí. Apoyo la propuesta para reconocer su independencia”, dijo Naryshkin. “Bien. Por favor, tome asiento. Gracias”, concluyó el mandatario.
Su estilo arrasador es parte de los componentes que lo mantienen en el poder desde hace más de dos décadas.
Antecedentes
“Su grosería puede no tener límites: durante mucho tiempo esta actitud no era algo habitual en un jefe de Estado, siempre apegado a las formas sociales, sobre todo en público”, describe la periodista Hinde Pomeraniec en su libro Rusos de Putin (editorial Ariel, 2019). “Putin fue un pionero en esta forma de liderazgo sin modales y desde un comienzo fue observado su talento para incomodar a la prensa, a visitantes ocasionales y por recurrir para ello no sólo al lenguaje cotidiano sino incluso a su variante más bestial, el argot carcelario”, añadió.
La llamativa escena transmitida desde el Kremlin hizo que muchos en las redes sociales recuerden la tensa escena en la que humilló a un magnate durante una crisis y huelga de trabajadores.
Era el año 2009, cuando Putin era primer ministro (había ubicado a Dmitri Medvedev como pesidente para que le cuide el cargo, por un impedimento constitucional de reelección), viajó para enfrentarse ante las cámaras a un importante grupo de oligarcas y otros propietarios de fábricas, a los que acusó de avaricia y los comparó con cucarachas.
Aprovechando el enfado de los trabajadores que protestaban por falta de pagos en la ciudad de Pikalyovo, Putin incluso obligó a Oleg Deripaska, uno de los principales magnates del sector metalúrgico y en su día el hombre más rico de Rusia, a firmar un contrato de suministros para ayudar a las fábricas inactivas a reanudar su producción.
“Han convertido a miles de personas en rehenes de sus ambiciones, de su falta de profesionalidad, o quizá simplemente de vuestra trivial codicia”, dijo Putin a Deripaska y a otros dos empresarios propietarios de fábricas de cemento y alúmina en la ciudad. “¿Dónde está la responsabilidad social de las empresas?”, dijo en el enfrentamiento transmitido por la televisión nacional.
El presidente se abalanzó sobre Deripaska y los otros dos empresarios, amenazando veladamente con expropiarles sus propiedades si no solucionaban rápidamente la situación. “¿Por qué todos corrían como cucarachas antes de mi llegada? ¿Por qué nadie era capaz de tomar decisiones?” dijo Putin mientras Deripaska se quedaba con la mirada perdida.
“¿Ha firmado Oleg Vladimirovich (Deripaska)?”, le preguntó.
El empresario musitó una respuesta positiva: “Firmé”.
Putin pareció estar esperando el momento y lo “ejecutó” mirándolo fijamente: “No veo su firma”.
Sin sacarle sus ojos de encima, le hizo una seña imperativa, lo obligó a levantarse de la mesa y acercarse a su lado tras lanzar un bolígrafo con displicencia sobre la mesa.
- Ven aquí y fírmalo.
Con la cabeza agachada, el empresario, otrora poderoso, se acercó a la mesa del primer ministro, miró brevemente el documento que establecía el suministro de materias primas a las fábricas y añadió su firma. Apenas terminó y mientras se reincorporaba para volver a sentarse, Deripaska olvidó regresarle el bolígrafo que había utilizado,
Putin aprovechó el desliz y lanzó el último dardo para remarcar veladamente la avaricia de la cual lo acusaba.
- Devuélveme mi pluma.
Tras la reunión, los trabajadores vitorearon a Putin y gritaron “Hurra” cuando les dijo que los problemas de las fábricas se habían resuelto. El portavoz de Putin, Dmitry Peskov, dijo que el primer ministro había sido “bastante estricto”.
(Con información de Reuters)
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