
En momentos en que el mundo entró en el tercer año de pandemia, todavía quedan muchos interrogantes sobre el origen del SARS-CoV-2, el virus que causa la COVID-19 y que mató a al menos 5 millones y medio de personas en todo el mundo.
Si bien el régimen chino y el controvertido informe de la Organización Mundial de la Salud ubicaron el origen del brote en el mercado húmedo de Wuhan, los investigadores aún no hallaron el “huésped intermedio”, el animal desde el cual el virus saltó al hombre, ni los murciélagos que se cree son los portadores originarios del patógeno.
La falta de pruebas hizo que un creciente número de respetados especialistas pidieran investigar la posibilidad de que el virus no se haya originado naturalmente, sino que se haya fugado del Instituto de Virología de Wuhan, un laboratorio donde se almacena y experimenta con la mayor colección mundial de coronavirus de murciélago.
Esas sospechas se reforzaron este lunes, después que se revelara que en ese laboratorio se llegaron a crear ocho virus similares al SARS-CoV-2 y que al menos dos de ellos eran muy infecciosos para el ser humano, según publicó este lunes el diario español ABC.
Todo comenzó en 2015, cuando la respetada viróloga china Shi Zhengli, conocida como “doctora murciélago” por sus estudios sobre los coronavirus de estos animales, y Ralph Baric, otro virólogo mundialmente conocido de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, publicaron un estudio sobre la técnica de ‘genética inversa’ que les había permitido dar vida a un virus a través de su ADN para luego manipularlo y crear un coronavirus artificial.

Para crear este nuevo patógeno habían utilizado la “espina dorsal’’ del virus SARS y la proteína espiga de otro coronavirus de murciélago muy parecido, llamado SHC014, que la doctora Shi Zhengli había encontrado en una cueva de Yunnan. Esa proteína es el gancho que permite a los virus entrar en las células e infectarlas. Las pruebas de laboratorio con células humanas mostraron que este coronavirus artificial tenía una gran capacidad infecciosa en humanos, según un análisis publicado por MIT Review, revista de la prestigiosa universidad estadounidense.
Si bien el estudio tenía el fin de encontrar posibles tratamientos o vacunas contra amenazas potenciales, causó alarma en parte de la comunidad científica que alertó sobre el peligro de la creación de patógenos en laboratorio y su posible fuga.
“El único impacto es la creación, en un laboratorio, de un nuevo riesgo no natural”, denunció Richard Ebright, biólogo molecular de la Universidad de Rutgers. Por su parte, Simon Wain-Hobson, del Instituto Pasteur de París, alertó de que si los científicos han creado un nuevo virus que crece “especialmente bien en las células humanas y se escapa, nadie puede predecir su trayectoria”.
Este estudio, no obstante, se había realizado en un laboratorio con seguridad BSL-3, el segundo más seguro para la contención de virus. Aún así, la polémica volvió a abrir el debate sobre los experimentos de “ganancia de función”, que consisten en potenciar un virus para hallar vacunas más eficaces y fueron paralizados temporalmente por una moratoria de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos. Pero eso no significó el fin de esos experimentos.
La doctora Shi Zhengli siguió realizando sus estudios en el Instituto de Virología de Wuhan, esta vez junto al zoólogo británico y presidente de EcoHealth Alliance Peter Daszak. Ambos trabajaron en la recolección y almacenaje de la mayor colección de coronavirus de murciélago, muy abundantes en las cuevas del sureste de Asia, y los modificaban con la técnica de genética inversa.

Al publicar los resultados de sus estudios, Shi Zhengli y Daszak confirmaron que en Wuhan crearon ocho clones del virus WIV1, un patógeno muy parecido al SARS-CoV-1, que causó de la pandemia que entre 2002 y 2003 que infectó a 8.000 personas.
A este virus, los científicos añadieron las espigas de nuevos coronavirus hallados en cuevas de murciélagos. Según sus propias conclusiones, al menos dos de estos nuevos patógenos resultantes “se reprodujeron muy bien en células humanas”.
Según el MIT Review, eran “para todas las intenciones y propósitos, nuevos patógenos”.
La diferencia entre este experimento y el que Shi Zhengli había realizado con Baric fue que, esta vez, los científicos utilizaron un laboratorio con seguridad BSL-2, es decir un nivel más bajo que el laboratorio anterior, para avanzar más rápido y con menos costos.
“Hemos desarrollado un método rápido y de coste efectivo para la genética inversa”, escribieron en el estudio, publicado en 2016.
Ante las críticas de varios colegas, Shi Zhengli y Daszak negaron haber efectuado una “ganancia de función” e insistieron en que los laboratorios BSL-2 eran aptos para los experimentos porque el virus WIV1 que habían manipulado no había causado ninguna enfermedad.
Así, tres años después del cierre de mercado húmero de Wuhan el 23 de enero de 2020, el misterio sigue. Alimentado por otras extrañezas: Daszak fue uno de los líderes del equipo de expertos de la OMS que investigó el origen del coronavirus en Wuhan. Fue el científico que con más fuerza descartó la teoría de la fuga de laboratorio del virus.
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