
Hace unos días, un artículo de David Waldstein en el New York Times informaba que “los torneos de Scrabble avanzan hacia la prohibición de las calumnias raciales y étnicas”.
Hasbro, la compañía de juguetes dueña de los derechos del Scrabble en los Estados Unidos, comunicó que la Asociación Norteamericana de Jugadores de Scrabble (NASPA, por sus siglas en inglés) había “acordado eliminar todas las calumnias de su lista de palabras para el juego de torneos de Scrabble, que es administrado únicamente por esa entidad”.
El tema, sin embargo, no está del todo zanjado: la decisión podría chocar con la misma NASPA, ya que muchos jugadores consideran que no se debe excluir ninguna palabra del léxico disponible para el juego de mesa. Después de todo, los vocablos que cada participante forma en el tablero del Scrabble no se eligen por su significado, sino por las letras que los conforman.

Se sobreentiende -o se debería sobreentender- que en el Scrabble las palabras están desprovistas de intencionalidad y no buscan ofender ni herir la sensibilidad de nadie, como así tampoco halagar.
Este juego, popular en casi todo el mundo, consiste en ganar puntos formando palabras sobre un tablero: cada letra tiene un puntaje (tanto más alto cuanto más difícil sea usarla) y algunos casilleros duplican o triplican los puntos de la letra o de la palabra. El significado no cuenta en absoluto. Únicamente la ortografía.
Hasta ahora, la regla general del Scrabble es que toda palabra que está en el diccionario puede ser usada. Sólo estaban prohibidos los nombres propios.
Ahora bien, excluir palabras abriría una puerta que luego será difícil cerrar. ¿Quién determina cuáles son los insultos étnicos y raciales? ¿“Negro” es un insulto? ¿Mestizo, mulato? ¿Indio? ¿Y qué hay de los otros? Para algunas personas, gordo lo es. ¿Podría un competidor escribir “puta” si enfrente tiene a una mujer? ¿Marica? ¿Enano? ¿O habrá que crear diferentes versiones del juego para cada “colectivo” étnico o social?

Del mismo modo que con la historia, de la que se quiere borrar acontecimientos y protagonistas, ahora también la muy de moda lucha contra el “racismo sistémico” busca mutilar el diccionario.
Josephine Flowers, una veterana jugadora negra de Scrabble, miembro de la NASPO, es una de las que ha pedido que la organización elimine de su lista la calumnia racial. En total son 225 los términos ofensivos los que ella y otros socios de NASPA quieren ver borrados del juego en los torneos, entre ellos, “farted” (término ligado a la flatulencia), “fatso” (gordo), y hasta “boo”, que es un abucheo.
Waldstein cita las opiniones de algunos jugadores. “Si no conoces a la persona que la jugó [N. de la R: que escribió la palabra supuestamente ofensiva], entonces te preguntas, ¿fue anotada como un desaire o fue la primera palabra que le vino a la mente?”, dice por ejemplo Flowers, para justificar su demanda.
Pero no todos los jugadores negros comparten su postura. Noel Livermore, afroamericano oriundo de Florida y fan del Scrabble, está en contra de suprimir cualquier palabra. Para él, el juego es lo primero: “Necesito anotar puntos y en ese tablero, no tienen ningún significado”. Si un oponente forma un insulto con sus letras, él ni se mosquea. No lo registra como tal. Más aun, le ha pasado estar en la posición del “ofensor”: en una ocasión usó una palabra obscena mientras jugaba contra una mujer. “Me disculpé. Pero necesitaba los puntos. No iba a perder el juego”.

La discusión, recuerda David Waldstein en su artículo, no es nueva. En el Scrabble, históricamente, siempre se permitieron las calumnias, los insultos y, más en general, las llamadas “malas palabras”, o palabras soeces. El criterio era simple: son parte del idioma, de todos los idiomas. Se trata además de un juego en el cual se gana por el puntaje de cada letra usada y no por la finura del lenguaje.
Aun así, en los años ’90, la Liga Antidifamación, inicialmente creada para luchar contra el antisemitismo y que luego fue ampliando su campo de acción, le solicitó a la compañía Hasbro que vedara el uso de calumnias, tras una queja por un término antisemita. Hasbro accedió.
Pero aunque esas palabras fueron eliminadas del diccionario oficial del juego que se comercializa, la oposición de los competidores profesionales hizo que estas prohibiciones no fuesen extendidas a los torneos.

Sin embargo los tiempos cambian y hoy las protestas masivas por el asesinato de George Floyd han creado una ola a la que todos quieren subirse. Las palabras del Scrabble, por inocente juego de mesa que sea, no están más salvo de la ira iconoclasta que las estatuas de los próceres.
No podía faltar la acusación de homofobia: le pasó a Ubisoft, compañía francesa de videojuegos que creó una versión junior del Scrabble para Irlanda. La comunidad gay puso el grito en el cielo al descubrir que incluía la palabra lesbo… La compañía se disculpó, pero también recordó que hay 227.000 palabras en el Scrabble Oficial Dictionary y que “lesbo” no era considerada ofensiva.
El New York Times cita también a John McWhorter, un profesor de lingüística de la Universidad de Columbia que es negro. En su opinión, son los jugadores negros los que deben decidir. Criterio más que dudoso, que él mismo relativiza luego al preguntarse: “Me preocupa que estemos fetichizando las calumnias. ¿Qué es lo siguiente que no podremos usar, y cómo decides qué es una calumnia?”
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