
A veces parece una comedia sobre el choque de culturas. Otras un drama sobre el impacto que la competencia económica entre China y los Estados Unidos tiene en la vida de la gente común. Otras una obra de ciencia ficción sobre el fin del mundo del trabajo, ambientada en el escenario de una fábrica de hoy.
American Factory, aptamente co-titulada en chino simplificado (美国工厂), cuenta el arco que va del cierre de una enorme fábrica de General Motors en Ohio hasta la llegada de brazos robóticos a Fuyao, la compañía china que reabrió la planta para producir parabrisas y otros vidrios para autos. En el medio hay un tiempo breve de felicidad, meses de equívoco durante los cuales los gerentes chinos y los obreros estadounidenses creen que esa felicidad es la misma cosa para todos ellos.
American Factory es, también, el primer documental de la productora de Barack y Michelle Obama, Higher Ground, y que se acaba de estrenar en Netflix.

Apenas se estrenó en el Festival de Sundance, la película de Steven Bognar y Julia Reichert, una pareja de cineastas premiados, despertó el interés del ex presidente estadounidense y la ex primera dama. Su nueva productora, además de este título, estrenará una bio-pic sobre Frederick Douglass, una ficción sobre las mujeres y otras minorías en Nueva York durante la posguerra y una serie para que los niños de jardín de infantes incorporen hábitos saludables de nutrición.
La elección de American Factory como presentación oficial de Higher Ground es significativa en tanto, en un país que se ubica hoy a la vanguardia de las pasiones políticas intensas que recorren el mundo, elige en cambio contar temas que podrían ser macro —el capitalismo de mercado y el capitalismo de Estado, Estados Unidos y China, el trabajo y la tecnología, los derechos humanos y la opresión— con las palabras de las personas.

Está la obrera de GM que en 2008, cuando se cerró la planta, fue una de los 2.000 que perdió su trabajo. Pronto sufrió la ejecución hipotecaria de su casa y debió mudarse con su hermana. Luchó "por tratar de regresar a la clase media" hasta que, con su nuevo empleo en Fuyao en 2014, pudo alquilar un pequeño apartamento y volver a independizarse.
Está el joven ingeniero Wong He, uno de los trabajadores chinos que Fuyao llevó a Moraine —la localidad cercana a Dayton, Ohio, donde estaba GM— para lograr una mezcla del estilo de trabajo de la matriz con la nueva sede. Extraña a su esposa y sus dos hijos (el máximo que se puede tener en China) y explica que no tiene alternativa, debe hacer ese sacrificio.

También está Rob Haerr, otro desempleado de GM, quien vuelve a trabajar como supervisor e invita a Wong y otros compañeros a su casa, a compartir barbecues y a enseñarles a disparar armas de fuego, algo que en China los ciudadanos comunes no pueden tener ni aprender a usar.
Y Cao Dewang, el multimillonario chino dueño de Fuyao, a quien importa tanto el dinero que se gane como la imagen que los estadounidenses vayan a tener de China y su pueblo. Cao tiene confianza al comienzo —los encargados de la inauguración no entienden que no quiera prever una opción cubierta para el acto: "El tiempo va a ser bueno", les dice— como desencanto poco después.

Porque para Cao, que creció en la pobreza profunda de China antes del boom económico, la productividad equivale a la felicidad. Para la enorme población china de su generación, la posibilidad de salir de la miseria para llegar a la clase media —o, como él, a tener USD 2.000 millones— fue una misión nacional antes que una epopeya individual. El parece querer compartir ese sentimiento de causa con los trabajadores estadounidenses, que no lo entienden: están en el proceso inverso al que hizo él, cayéndose de la clase media.
Todas esas voces suenan sin juicio moral, sin parodia, "sin editorial", como señaló Michelle Obama: Bognar y Reichert lograron registrar valores en conflicto, no héroes y villanos.

Del mismo modo que muestran cómo los seis trabajadores de Ohio invitados a China (todos varones, algo que no se dice: sólo se nota, simplemente porque en Occidente es raro) no caben en los chalecos reflectantes, muestran que los encargados de gerentes analizan la identidad estadounidense como desenfadada: "Hasta se puede hacer bromas sobre el presidente". Nada se enfatiza, nada se disimula.
En Fuqing, donde está la sede de Fuyao, el sexteto vive sacudiendo la cabeza negativamente. Los turnos son de hasta 12 horas, según las metas de producción; el fin de semana es, con suerte, de un día solo; los encargados de recoger vidrios rotos para reciclar usan guantes decorativos, que no los protegen; una empleada cuenta que ve a su única hija una vez al año, cuando la va a visitar a su pueblo natal, donde la niña vive con una abuela.

Una escena central es el espectáculo de año nuevo, hecho por personal de Fuyao que baila y canta, cosa que los ciudadanos chinos hacen con naturalidad desde el jardín de infantes como parte del compromiso colectivo. Al asistir a esas loas musicales a "un mundo transparente", puesto que se trata de una fábrica vidrio, las expresiones de los estadounidenses dejan al público preguntándose si se puede ser tan racista.
Entonces los gerentes chinos hablan de los estadounidenses en la capacitación a los empleados chinos en Ohio.

Los describen: "No les gusta la abstracción en su vida cotidiana"; "Son trabajadores lentos y tienen dedos gordos"; "Viven en una cultura donde se alienta a los niños, lo cual lleva a la arrogancia"; "Son obvios: dicen lo que piensan"; "Les gusta que los adulen: como sabe el dicho, a los burros les gusta que los acaricien en el sentido del crecimiento de su pelo".
¿Se puede ser tan racista?
A tal punto los cineastas siguen el relato que arman las voces de American Factory, como si no tuvieran una idea previa —o como si esas ideas no tuvieran más que un valor conjetural, al igual que en la vida— que a veces se tiene la impresión que fueron a filmar el impacto del cierre de GM en una comunidad que dependía económicamente de esa fábrica, y por el camino sucedió la llegada del capital chino. Lo cierto es que la filmación de años dio como resultado que tanto Cao y sus gerentes como los obreros confiaran en Bognar y Reichert y hablaran.

Imágenes fuertes abren y cierran el documental: primero, la salida del último camión de la planta de GM, en 2009, con los trabajadores en lágrimas; al final, la recorrida de un jerárquico por la planta para mostrarle a Cao los robots recién llegados y estimar cuántos trabajadores podrían despedir por cada uno. Entre una y otra, fuertes temas: de 2.000 desempleados sólo la mitad fue absorbida por la nueva compañía; un salario de USD 29 la hora se transformó en uno de USD 12,84; el debate sobre el beneficio de un sindicato llegó a niveles de suspenso de thriller.
Dicho de otro modo, el pasado, el presente y el futuro del trabajo. A partir de un ejemplo —significativamente, de algo frágil como el vidrio— y en una hora y 55 minutos. Contado con las voces de un empresario, algunos jerárquicos y varios trabajadores.

"Queremos que la gente pueda experimentar y comprender las vidas de otros. Y eso es lo que hace una buena historia", explicó Obama por qué él y la ex primera dama eligieron esta película para debutar.
"La idea es que, en lugar de buscar el mínimo denominador común, veamos si podemos dar con el máximo", analizó la misión de su productora. "Veamos si nos podemos elevar un poquito por encima de nuestro interés personal inmediato y nuestros miedos inmediatos y nuestra angustia inmediata y mirar alrededor, y decir que somos parte de algo más amplio".
A good story gives you the chance to better understand someone else’s life. It can help you find common ground. And it’s why Michelle and I were drawn to Higher Ground’s first film, American Factory. Take a look at our conversation with the directors, and check it out on Netflix. pic.twitter.com/KzkYFqjrFV
— Barack Obama (@BarackObama) August 21, 2019
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