
Corea del Norte fue siempre un clavo en el zapato de los Estados Unidos.
Apenas cinco años después de 1945, pulverizado el Tercer Reich y rendido Japón después de la segunda bomba atómica (Nagasaki, 9 de agosto), la nación del norte emergía como líder indiscutible del nuevo orden mundial.
Sus fábricas dejaban de producir aviones de guerra, acorazados, armas cada vez más poderosas, para revertirse en usinas de algunos de los autos más lujosos del planeta. La gran tragedia quedaba atrás. Los millones de muertos. Las blancas cruces en el cementerio de Arlington.
Con el artero ataque a Pearl Harbor, o sin él, Estados Unidos no hubiera podido eludir las puertas del Infierno: la Segunda Guerra Mundial.
Pero aún curando heridas y viviendo una década próspera, contracara de la miseria desatada el jueves 24 de octubre de 1929 con la caída de Wall Street… el 25 de junio de 1950, contra todo pronóstico más allá de la tensión política y militar que bullía a ambos lados del Paralelo 38, Corea del Norte cruzó el límite e invadió Corea del Sur… con apoyo de dos gigantes: la República Popular China y la Unión Soviética.


La Guerra Fría –los tironeos entre capitalismo y comunismo– empezaba a calentarse.
El brillante general Douglas MacArthur, héroe de guerra, líder de las fuerzas armadas de su país y adorado como una estrella de Hollywood, propuso terminar el conflicto a lo Alejandro Magno: con un solo golpe de espada en el nudo gordiano: en términos modernos, una o más bombas atómicas contra el invasor. Lo mismo que había sugerido el general George Patton después de la rendición de la Alemania nazi: "Seguir avanzando hasta Moscú, porque el aliado de hoy será en peor enemigo en el futuro".
Pero la política, en ambos casos, fue más sensata: Dwight Eisenhower destituyó a Patton, y Harry Truman a MacArthur…
Ergo, la guerra de Corea se extendió hasta 1953, terminó en un empate militar, y con un saldo sangriento: Corea del Sur sufrió 778.000 bajas entre muertos, heridos y mutilados, Corea del Norte 1.187.000, China 500.000, y Estados Unidos 54.000.

Y pasados 64 años y 25 descendientes del primer norcoreano Kim (1848–1878), el fantasma reapareció en la grotesca figura del insólito Kim Jong-un, 32 años, líder supremo, presidente de todo –Defensa, Trabajo, Presidium–, y primer actor de cuanta excentricidad sea posible imaginar…
Un dictadorzuelo a imagen y semejanza de cuantos en el mundo han sido… si no fuera por su aterrador hobby: fabricar armas nucleares y amenazar con arrojarlas sobre Estados Unidos "hasta borrarlo del mapa".
Al principio, sus bravatas no fueron tomadas en serio. Porque, ¿cómo creerle a un personaje que, entre otros delirios, a diseñado los quince cortes de pelo que deben llevar sus súbditos? ¿O que odia a los Estados Unidos… pero es fanático de los Chicago Bulls?
Pero en la medida que el mundo occidental fue conociendo los hechos de su vida y su poder, el terror reemplazó al asombro. Tanto, que sería necesario un Shakespeare coreano para describir el vasto lago de sangre que lo circunda…
Hijo de Kim Jong-II, también caprichoso y excéntrico, estudió en Suiza bajo un seudónimo (¿?), y a los 28 años se erigió como el jefe de Estado más joven del mundo. Y no tardó en demostrar que su poder se basaría sobre el crimen…

Entre noviembre de 2014 y abril de 2015 ordenó una purga salvaje. Decretó la muerte de más de veinte funcionarios de su gobierno, de un arquitecto porque no le gustó su diseño del nuevo aeropuerto de Pyongyang, la capital, y de cuatro músicos de la banda más popular del país por cargos de espionaje y de disidencia de pensamiento.
Pero el baño de sangre empezó en 2011, apenas sentado en el trono. Desde entonces cayeron setenta oficiales, incluido su tío y mentor político Jang Song Thaek, por corrupción.
Según rumores, lo hizo devorar por una jauría de perros…
Eso, mientras como patético telón de fondo creaba la primera banda musical de chicas (K–pop), y cada mañana, frente al espejo, ensayaba su corte de pelo, al que bautizó con dos nombres: Juventud y La ambición. Pelo que se corta él mismo, por miedo a que el peluquero lo degüelle…
Y su paranoia no se detiene en ese punto: cada día, doscientos súbditos leales inspeccionan –¡grano por grano! el arroz que comerá, y que debe ser cocido con brasa de madera del monte Paektu, una montaña sagrada.
Pero, ¿qué es, en síntesis, Corea del Norte? Un país pobre, de 25 millones de habitantes, censura brutal, obligación de pensamiento único, y –paradoja– entre las naciones no potencias mejor armadas del mundo. Personal activo: 1.200.000, entre ejército, marina, aviación y paramilitares. Reserva: 5.700.000. Piezas de artillería: 21.000. Tanques: 3.500. Aviones: 545. Submarinos: 73.
Entre las muchas descripciones de su figura, una –clandestina– raya en la perfección: "Traje oscuro. Cara redonda. Cuerpo rechoncho. Zapatones negros. Más petiso que su altura real: metro setenta y cuatro. Papada prematura. Piel lechosa. Ojos achinados. Cabezón. Lo comparan con Adolf Hitler y Josef Stalin…, y va en ese camino. Enamorado de las armas, y en especial de las nucleares, encontró el enemigo–interlocutor perfecto: Donald Trump. Es difícil tomarlo en serio. Pero muy peligroso tomarlo en broma".

Su otra arma es de carne y hueso: Kim Yo–jong, su hermana menor. De sólo 29 años, pero la más poderosa de la tiranía desde un puesto clave: viceministra de Propaganda y Agitación dentro del Partido de los Trabajadores, e inspiradora de muchos de los crímenes de su hermano.
Pero la pieza más importante de la misteriosa Oficina 39, el bunker de Kim Jong–un donde sólo se reúne con su mesa chica, es Kim Jong–sik, el científico a cargo del programa nuclear, y creador de los misiles de largo alcance capaces –según el dictador– de tocar tierra norteamericana.
Según informes de Inteligencia occidentales, parte de los colosales gastos que requiere fabricar armas atómicas sale de un mercado ilegal: una red de tiendas que venden (sólo en dinero cash y a mucho menor precio) desde autos deportivos de alta gama a joyas, relojes, bebidas, y controlan los mejores hoteles de la capital…
La Oficina 39 data de los años 70, fundada por el abuelo del dictador como una empresa familiar… de una familia desintegrada por el hombre cohete, como Trump llama, socarrón, a Kim. Que ordenó ejecutar a su tío Jang Song-thaek en 2013, acusándolo de urdir un golpe de Estado, y habría sido el tejedor de la extraña trama que acabó con la vida de su hermano Kim Jong–nam en Malasia, a principios de este año, que murió envenenado con el agente químico VX…

Mientras, otro clavo ardiente ronda por el mundo: el libro La chica de los siete nombres, escrito por Hyeonseo Lee (39), una norcoreana disidente que logró huir a Corea del Sur. Un lacerante e iluminador testimonio sobre la vida bajo la tiranía. Su primera frase ("Corea del Norte es uno de los países más pobres del mundo, y tenemos el cerebro totalmente lavado") abre la puerta a otros horrores. Según ella, en las guarderías, los juguetes de los niños eran tanques, bombas, pistolas, las letras de las canciones eran bélicas… A los siete años ya vio ejecuciones públicas. A los hostiles –la clase más profundamente enemiga del régimen– se lo manda a trabajar a las minas hasta que mueren. La religión y la cultura sexual se castigan como crímenes…
Pero la gran pregunta que se hace el mundo después de asistir al lanzamiento de cohetes que pasaron sobre Japón y a la reciente prueba nuclear submarina, es "¿qué pasará? ¿Será posible una guerra entre Estados Unidos y Corea del Norte?".
La prédica del tirano regordete atrasa medio siglo: "Debemos rescatar de Corea del Sur a nuestros compatriotas explotados por el imperialismo y el capitalismo norteamericano".
Es posible –pero no probable– que Kim y Trump intercambien más amenazas al estilo "guapos de la esquina". Pero Corea del Norte, más allá de su arsenal nuclear, es una pulga frente al poderío militar de Estados Unidos. En realidad, lo que busca con sus ensayos atómicos y sus bravatas es su permanencia en las primeras planas de los medios: un certificado de existencia…
Y si sueña, como Corea del Norte en 1950, con el apoyo de Rusia y de China, comete un error fatal.
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