
Distintos estudios encontraron microplásticos —partículas minúsculas resultantes de la degradación del plástico que no se recicla— en el suelo, el océano, toda clase de animales marinos, la sal, la cerveza y hasta en las heces humanas. Se estima que los estadounidenses ingieren al año unos 121.000 de estos polímeros sintéticos que son uno de los mayores contaminantes del planeta. Una nueva investigación los halló también en un elemento casi inimaginable: el aire del mar.
“Siempre se ha considerado que la brisa marina es ‘aire puro’”, dijo uno de los coautores del trabajo, Steve Allen, al sitio de la Universidad de Strathclyde en Glasgow, Escocia. “Pero este estudio muestra que tiene una cantidad asombrosa de microplásticos”. Según los cálculos de los científicos, podrían ser unas 136.000 toneladas por año las que flotan en esa corriente refrescante y vigorizante, que hasta ahora sólo estaba compuesta de agua, sal, bacterias y algas.
El equipo de Strathclyde realizó esta investigación junto con el Observatorio de Mediodía-Pirineos de la Universidad de Toulouse, Francia, mediante un “recolector de nubes” que ubicaron encima de una duna de arena en la playa de Mimizan en Aquitania. Encontraron fragmentos de plástico en el rocío marino, lo cual sugiere que salen del mar en forma de burbujas. El artículo publicado en PLOS One pone en duda la creencia de que, una vez en el océano, el plástico se queda allí: al contrario, sugiere que el mar puede ser una fuente de circulación de estos contaminantes.

“Seguimos echando al mar millones de toneladas de plástico cada año", dijo Allen a The Guardian. “Esta investigación muestra que no se van a quedar allí para siempre. El océano nos las está devolviendo”. Por efecto del sol y del agua, las bolsas y las botellas de plástico se convierten en micropartículas de menos de cinco milímetros, con frecuencia invisibles.
Si en 1950 se produjeron 2 millones de toneladas métricas de plástico, la cantidad fue creciendo hasta llegar a 359 millones en 2018, con picos como 400 millones en 2015. Se estima que sólo el 9% se recicla, mientras que se incinera un 12% y el 79% restante termina en basurales y, finalmente, en el medioambiente. Este nuevo trabajo identificó 19 fragmentos de microplástico en cada metro cúbico de aire.
Las burbujas océanicas “actúan como esponjas para las partículas diminutas como la sal marina, los virus, las bacterias y potencialmente los plásticos, a medida que ascienden por la columna de agua”, explicó a Wired Deonie Allen, coautora de la investigación. “Así que el exterior de las burbujas está cubierto de partículas”.

Su eyección es un fenómeno muy conocido, que la ingeniera ambiental explicó como “la soda en un vaso cuando golpea la nariz”. Cuando una burbuja sube a la superficie, la mitad queda encima de la línea de flotación y la otra mitad permanece escondida. “En la parte superior hay una capa muy fina de agua que, cuando la burbuja rompe, se fragmenta”, agregó su esposo y coautor. “Cuando el océano trata de llenar el vacío que deja la mitad inferior de la burbuja, empuja por todos los lados y produce la eyección, o el chorro”.
En el terreno, los Allen y sus colegas eligieron un segmento particularmente tormentoso de la costa francesa sobre el golfo de Vizcaya para buscar los microplásticos en el aire. “Instalaron dos clases de colectores: uno que podía extraer las partículas de las microgotas de agua que conforman el aerosol marino y otro que filtraba sólo el aire seco de los vientos sobre la playa”, describió la revista. Luego, en el laboratorio, utilizaron una luz ultravioleta de onda larga, o luz negra, para observar el fenómeno en acción. Así encontraron PVC, poliestireno, polipropileno, PET y polietileno de baja densidad y de alta densidad en distintas proporciones, hasta un total de 19 partículas en cada metro cúbico de aire.

No es un cuestión menor que el océano esté devolviendo estos contaminantes al planeta. Se sabe que los vientos pueden llevar microplásticos en grandes distancias, desde las ciudades europeas hasta las cumbres de las montañas de los Pirineos, presuntamente prístinas. Esta nueva investigación suma motivos de inquietud: “Hay una enorme cantidad de agua en el mundo”, dijo Deonie Allen a Wired. “Si vemos las superficies oceánicas no como un sumidero sino también como una fuente, estaríamos ante una superficie realmente grande que podría influir en la cantidad de microplásticos que tenemos”. Los vegetales, por ejemplo, podrían contener microplásticos que alguna vez salieron del mar y volvieron a la tierra.
“El mecanismo de transporte es bastante complicado”, dijo Steve Allen a The Guardian. “Sabemos que el plástico llega al mar desde los ríos. Una parte va a las corrientes marinas, otra parte se hunde y cae como sedimento, pero la cantidad en el fondo del mar no coincide con la cantidad de plástico que resultaría de esta ecuación. Hay una cantidad de plástico que falta”. Y que, al parecer, podría estar en el aire.
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