Gay Talese –New Jersey, 1932–, por su polémico libro El motel del voyeur (Alfaguara), ¿cayó en una trampa y no se atrevió a confesarlo? Cuesta creerlo. Sin embargo…
A sus 85 años, además de ser el hombre mejor vestido de Nueva York gracias a la guía de Joseph, su padre, inmigrante italiano y sastre de alto nivel que dejó este mundo en 1993, es un periodista que roza lo mítico.
Redactor en The New York Times entre 1956 y 1965, fue estrella del llamado "Nuevo Periodismo": una pléyade en la que militaron altas firmas como Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote, Bob Christgau…, y autor de la crónica Frank Sinatra está resfriado, aclamada como "La mejor historia publicada en la revista Esquire desde su fundación".

Sus implacables ojos inmortalizaron en el género non fiction a figuras que van desde Ernst Hemingway a Muhammad Alí… sin olvidar a John Kennedy y Fidel Castro.
Quien quiera conocerlo mejor, que lea Retratos y Encuentros (Alfaguara, 2011): 300 páginas en que todo queda dicho.
Pero le faltaba una vuelta de tuerca, y llegó en el umbral de 1980 con una extraña, inquietante carta. Que empezaba así: "Querido señor Talese: durante mucho tiempo he querido contar esta historia, pero no tengo talento suficiente, y me da miedo que me descubran". Fechada en Aurora, Colorado, bien podía ser el comienzo de una novela policial del género negro. O, en todo caso, suficiente tentación para emprender el viaje hacia esas montañas…
El sujeto en cuestión dijo llamarse Gerald Foos, y le confesó que desde hacía muchos años era dueño del motel The Manor House, y que lo había comprado para espiar el comportamiento sexual de las parejas.


Ante la reacción de Talese, que creyó estar frente a un simple voyeur –hábito repulsivo–, Foos se defendió, titulándose "sociólogo amateur investigando a los norteamericanos y su relación con el sexo".
Aun así, Talese estuvo a punto de volver sobre sus pasos con la brújula apuntando a Nueva York, pero su instinto de periodista ganó la pulseada: poco después trepó con Foos hasta un desván sobre el techo del hotel, en el que una falsa rejilla de ventilación permitía ver las habitaciones y violar su espectáculo privado.
En realidad, no vio demasiado: estuvo allí unas horas durante sólo tres días, y comprendió que ni siquiera esa primicia visual servía a sus fines. Entre otras cosas, porque presentaba a todos los personajes de sus infinitas crónicas con sus nombres reales –algo imposible en el caso de las parejas espiadas–, y tampoco respecto de Foos, que en ese momento le negó publicar el suyo: exigía un seudónimo.

Pero el encuentro no fue debut y despedida. Talese aceptó que el voyeur le enviara, cada tanto, fotocopias del diario que escribía narrando con detalles lo que sucedía allá abajo, en ese "laboratorio único para investigar la conducta humana", como finalmente escribiría en su tardío y controvertido libro.
Tardío, sí. Pasaron treinta y cinco años antes de que El motel del voyeur fuera publicado. Para entonces, el hotel no existía (fue demolido), Gerald Foos, ya octogenario, aceptó figurar con su verdadero nombre, porque si su perverso espionaje era un delito, ya había prescripto…
Pero más allá del previsible éxito editorial de ese monumento al fisgoneo esculpido en doscientas treinta páginas, para Talese fue un manantial de disgustos.
Desde distintos ámbitos le cuestionaron el tema –un dilema ético: ¿cuál es el límite moral de una verdad de ese calibre?–, y también sembraron dudas sobre la fidelidad de los diarios de Foos. No tanto acerca de sus observaciones sociológicas (por ejemplo, el aumento de parejas interraciales y del sexo oral) sino del supuesto o real asesinato de una mujer a manos de un traficante de drogas, en una de las habitaciones, sin que Foos lo denunciara, y no existiera registro alguno del crimen en los archivos policiales del condado.
En síntesis, ¿cuánto vio Foos, y cuánto fabuló sin que Talese pudiera comprobarlo? ¿Por qué un periodista veraz, minucioso y consagrado creyó en esos diarios llegados por correo?
En todo caso, y puesto que las dudas son válidas, la pasión de Talese por la non fiction, el género que lo llevó a la cumbre, la historia del hotelero voyeur y sus clientes… le tendió una trampa.
Gajes del oficio.
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