
Walter Leroy Moody esperó 22 años hasta que encargó su comida final: dos sandwiches tipo Philly con carne cortada y queso fundido y dos Dr. Pepper para beber. Los compartió con los pocos amigos que aún le quedaban en sus tramos finales. Y prefirió no ejercer su derecho a pronunciar unas últimas palabras que quedaran para la posteridad.
Tranquilamente, a sus 83 años, aceptó someterse a las órdenes que sus guardias le iban dictando, hasta, finalmente, cerrar los ojos para siempre en el Holman Correctional Facility, en Atmore, Alabama. A las 8:42 p. m. de ayer jueves fue declarado muerto.

Moody había sido sentenciado a la pena máxima en 1996, luego de que se lo hallara culpable por el asesinato del juez federal Robert Vance en 1989. También por el homicidio del abogado Robert Robinson, de Georgia, en 1991. Este último crimen fue para despistar a los investigadores, de acuerdo con lo expuesto por los fiscales durante el proceso.
Es que el magistrado ya lo había condenado por otro delito en 1972 por el cual no podría ejercer la abogacía: juró vengarse.
Todos los asesinatos se produjeron de similar manera: enviaba paquetes bomba por correspondencia. Las víctimas abrían el envío y un detonador hacía explotarlo. En el caso de Vance, la bomba lo mató al instante, e hirió de gravedad a su esposa mientras ambos estaban en su vivienda.

El magistrado estaba en la mesa de la cocina en Mountain Brook, Alabama, el 16 de diciembre de 1989, cuando abrió un paquete después de una mañana de diligencias y trabajo en el jardín, de acuerdo con CBS. La explosión destrozó parte de la casa, mató a Vance al instante e hirió gravemente a su esposa Helen.
Durante el transcurso del juicio, en 1996, los fiscales describieron a Moody como un cobarde meticuloso que mató a Vance debido a su obsesión por vengarse del sistema legal y luego cometió otros atentados adicionales para que pareciera que el Ku Klux Klan estaba detrás del asesinato del juez.

En las últimas semanas, Moody envió una carta al hijo menor de Vance, Robert Vance Jr., también juez. En ella repetía lo que estuvo diciendo las últimas dos décadas: que era inocente y víctima de una conspiración estatal en su contra. "Si mi papá hubiera sido asesinado, me gustaría saber quién lo hizo", lo desafió. El hijo arrojó el sobre a la basura.
El último intento fue más cínico. Pidió clemencia a las autoridades alegando que su víctima, el juez Vence, se oponía públicamente a la pena de muerte. Sus familiares y la Justicia respondieron: también era muy apegado a las leyes, y en este caso, así lo disponían.

Durante la ejecución, el prisionero no quiso sedantes ni nada que atenuara sus instantes finales. Cerró los ojos y no habló más. La inyección letal fue colocada a las 8:16 p. m. de este jueves, y 26 minutos después ya estaba muerto.
Desde la restauración de la pena de muerte en Alabama en 1976, Moody se convirtió en el prisionero más viejo en ese puesto en el corredor de la muerte. El anterior extraño récord pertenecía a John Nixon, ejecutado en 2005 en Mississippi a los 77 años. "Esta noche, las peticiones del señor Moody llegaron a su final. Se ha hecho justicia", dijo solemne el Fiscal General de Alabama, Steve Marshall.
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