
Los Juegos Olímpicos todavía aguardan por España. La Roja sub-23 no ha calibrado en un torneo al que se presentó con una plantilla confeccionada para ganar y gustar. Atados al recuerdo de Barcelona 92, los combinados ibéricos no han podido repetir el oro en la justa desde entonces a la fecha. Tokio 2020 representa una oportunidad inmejorable. Hasta el momento, una plantilla de altos vuelos no termina de aterrizar en Japón.
En un torneo tan corto, los favoritos precisan de contundencia. Al equipo de Luis de la Fuente no le han faltado florituras ni pasajes agradables con el balón. Pero hay un mal congénito que prevalece: la falta de pegada. Si hay un país que ha apostado de manera obsesa por la posesión del balón, ese ha sido España. La premisa de las glorias alcanzadas en la década pasada se ha extendido sin apenas oposición. Una vez alcanzado el éxito, la fórmula parece intocable.
Toda certeza termina, en algún momento, por convertirse en un tipo de cárcel. Las decepciones de La Roja en los últimos grandes torneos han puesto en tela de juicio la valía de un estilo tan fructífero como dogmático. Pero España no ha cedido ni lo hará. La posesión del balón es santo y seña. No se negocia. Más que un estilo de juego, se ha convertido en una identidad, en un rasgo cultural que sobrepasa los límites del césped. A través de la posesión, España cambió su historia para siempre: se distanció de la furia y abrazó al balón.

El talento florece. La selección olímpica lo refleja en cada línea. El seleccionador conformó un plantel en el que abundan los nombres propios: Dani Olmo, Mikel Merino, Pau Torres, Oyarzabal, Eric García, Unai Simón, Dani Ceballos, Cucurella, Marco Asensio. Todos, jugadores habituados a la élite. Algunos de ellos, establecidos dentro de lo mejores equipos de Europa. Su juventud es aparente: tienen la experiencia de los veteranos. Mención aparte para Pedri, la grandilocuente revelación española del año.
El canario se ha dado tiempo para devolverle la sonrisa a Messi en el Barcelona y para brillar en la Eurocopa. Con 18 años, su energía parece infinita. Pero jugar tantos partidos al máximo nivel pasa factura a cualquier edad. Por voluntad propia se declaró listo para jugar en Tokio. Nadie le obligó. La factura física ha sido inevitable. A Pedri le ha costado trabajo asentarse en el equipo. Hace un mes su aparición era tan grata como sorprendente. España encontraba oxígeno y algo más cuando el juego pasaba por sus pies: la calidad del juvenil aclaraba el panorama y teñía de calidad la puesta en escena. En Tokio, sus botines han acusado cansancio.
El recorrido de esta selección es amplio. En 2019, parte del plantel actual ganó el Europeo sub-21 frente a Francia, con el que también obtuvieron el boleto a Tokio. En cada nuevo campeonato con límite de edad España parece demostrar que sus aulas son inagotables. Se echa de menos a la vieja y gloriosa escuela: Xavi, Iniesta, Casillas, Puyol, Xabi Alonso, David Villa. Pero talento no falta. Tradición y método, tampoco. Mueren con la suya.

La irrupción de España en Tokio comenzó contra Egipto. El 0-0 en el marcador fue un síntoma inequívoco de un mal que acecha también al seleccionado mayor: la falta de contundencia. Los rivales ya les conocen muy bien y saben cuál será la apuesta. Frente a Australia la conexión Asensio-Oyarzabal rindió frutos para sacar un apurado triunfo. En el último partido de la ronda de grupos contra Argentina el funcionamiento tampoco alcanzó para rellenar el marcador. Una aventura del capitán Merino adelantó a la Roja, pero el empate albiceleste estropeó la redondez del cotejo.
Los jugadores y las intenciones existen. No falta idea de juego ni un plan adecuado. Los resultados incluso han sido útiles, por algo se calificaron como primeros de grupo. Pero falta lo más importante: el gol. Frente a Costa de Marfil, en cuartos de final, España quiere aterrizar en Tokio.
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