
Con el sorpresivo Nobel 2019 a Peter Handke, después de un año vacante lleno de escándalos, la academia sueca intenta devolverle al premio algo del brillo ilusorio que supo tener. El Nobel es un premio que al menos en términos literarios, acaso tuvo su esplendor a mediados del siglo XX, cuando se volvió el sello universal de prestigio de la industria del libro en Occidente (principalmente Estados Unidos y Europa). En verdad, el Nobel nunca le agrega nada a los grandes autores y sólo consigue ser efectivo en la difusión de obras menores o cuando, pocas veces, es otorgado a un autor de un país “periférico”, y entonces esa obra consigue una infinidad de traducciones y reconocimiento. Pero si lo medimos con la vara de la Historia de la literatura, ¿a alguien le importa o le cambia algo que William Faulkner, Thomas Mann o Beckett lo hayan ganado? Y por otro lado, ¿le quita algo a Virginia Woolf, Chéjov o Marguerite Duras que no lo hayan conseguido?
Kafkiano, bernhardiano, la lúcida y traumada voz de Handke es una voz de fin de siècle. Una voz que da cuenta de la noche del artista, de la confusión de la Historia, del enrarecimiento de la época. Ya fue dicho, pero Handke lo dice mejor: en el mundo de la demanda y la exhibición, el riesgo de la impostura, de la soledad y el aislamiento son las drogas más pesadas. Escribe en un pasaje notable de El miedo (o La angustia, según la traducción) del arquero en el momento del penal, novela publicada en 1970: “¿Por qué sabía ser tan partícipe de todo cuando estaba solo? ¿Por qué a quienes estaban con él sólo lograba acogerles en su interior cuando ya se habían marchado, y cuanto más lejos estaban, más adentro le llegaban? ¿Por qué tenía una imagen tan clara de las personas ausentes y las veía en su imaginación convertidas en su pareja? ¿Por qué vivía única y exclusivamente con quienes habían muerto? ¿Por qué se le convertían en héroes únicamente los muertos?”.
Joyce Carol Oates tuiteó (esta es la participación de los escritores profesionales en la política: un tuit, un posteo, tal vez varios); tuiteó, decía: “¿Qué es esta simpatía hacia los verdugos y no hacia las víctimas ?”. No debería sorprender a nadie. Menos cuando ella misma era una de las candidatas al Nobel. Es decir: la opción por otro de los tantos nobeles progresistas y bienpensantes que abundan en las últimas décadas. Handke, que anduvo y vivió por todos lados, estuvo y escribió sobre Yugoslavia y se hizo amigo de Milosevic. Los dos tenían casi la misma edad. Handke, un padre alcohólico y una madre suicidada. Milosevic los dos padres suicidados. No hay ninguna ley que diga que los artistas, que los escritores deben ser lúcidos en sus posiciones y discursos ideológicos.
Por fuera de sus obras, por supuesto, de otro modo, son panfletarios. Handke estuvo con Serbia entonces y con Milosevic, antes, durante y después de las guerras en los Balcanes. Sin embargo, llamado para su defensa legal, no se presentó como testigo. Escribió un ensayo. Y en el funeral en 2006 dio unas palabras que, si no fuera porque se trata de Milosevic, son absolutamente conmovedoras, y otra muestra de su talento: “El mundo, o lo que llamamos el mundo, sabe todo sobre Yugoslavia, sobre Serbia. El mundo o lo que llamamos el mundo sabe todo acerca de Slobodan Milosevic. Lo que llamamos el mundo conoce la verdad. Es por eso que lo que llamamos el mundo está ausente hoy, y no solamente aquí. Lo que llamamos el mundo no es el mundo. Yo no conozco la verdad. Pero yo observo. Yo escucho. Yo siento. Yo me acuerdo. Yo cuestiono. Es por eso que yo estoy hoy presente, cerca de Yugoslavia, cerca de Serbia, cerca de Slobodan Milosevic”. Esto es lo que dijo Handke cuando Milosevic murió procesado en las cárceles de La Haya de un infarto. Esto, no un tuit.
La cuestión no era : ‘yo en tanto que escritor’, sino más bien ‘El escritor en tanto que yo’. That is the question, podría decirse. Lo escribió el propio Handke en La tarde de un escritor. Piglia decía que los premios eran otra de las infamias por las que debía pasar un escritor en nuestra época. Y de hecho, lo sabía con conocimiento de causa: a él mismo le tocó el affaire de un premio (N. de la R: el autor se refiere al escándalo cuando a Piglia le otorgaron el Premio Planeta por Plata Quemada). Como suele pasar con los Nobel en el último tiempo, pero también con los más interesantes, el premio trae el escándalo, la idea de lo injusto (como si hubiera algún premio -este tipo de premios- justo), de lo inmerecido, etc. A veces es por una cuestión de calidad, con la obra no estando “a la altura”, pero la mayoría es por cuestiones ligadas a la ética del autor. En verdad, su posición ideológica, su discurso político, sus vínculos y apariciones más allá de su literatura. Vargas Llosa también, por ejemplo. Tan discutible ideológicamente, y tan indiscutible con sus Cachorros o su Conversación en la catedral.

La mujer de un gran amigo mío es serbia. Cuando la conocí hace algunos años, a poco de charlar, me dijo, con suave ironía, “Sí, nosotros éramos los malos”. Agustín Cosovschi escribió un artículo necesario para recuperar y distinguir aquel tiempo terrible en los Balcanes, de cualquier oportunismo. La madre de Handke era eslovena; el padre, se dice, un soldado alemán, y yo me acuerdo de Joseph Beuys, que en una muestra en Proa, se decía, como del padre de Handke, que era un soldado alemán. Handke nació en 1942 en Austria. Un eufemismo. Los soldados alemanes en esa época, además, seguían órdenes del régimen que gobernaba Alemania y sus alrededores, del régimen nazi. Nadie que sea instrumento del poder, nadie que no esté dentro de su círculo no quedará contaminado.
Premios, escándalos, infamias. La literatura soporta todo -un poeta es capaz de soportarlo todo, decía Bolaño-; algo que seguramente compartiría Handke, que escribió un poema largo por el que tal vez, sólo por ese poema, yo le daría el Nobel o lo que fuera. Es su Poema a la duración, donde sin embargo dice: “la duración era un sentimiento, el más efímero de los sentimientos”. Siempre las paradojas, la irrisión, las contradicciones. Pero donde concluye, “la duración, es el sentimiento de la vida”.
Handke escribe con violencia la mansedumbre de la derrota del hombre -y la mujer- contemporánea. Sus símbolos son claros, pero su escritura los envenena con una notable inteligencia poética. Una poesía nihilista de la resistencia. Porque si no resistimos a la policíaca ideologización de todos y cada uno de nuestros lazos, si el arte y la literatura también deben ser solamente un consumo entre todos los consumos, una app entre todas las apps para descarga, la extinción no requerirá de ningún cambio climático.
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