
Cuestionado por la derecha y por la izquierda, autodeclarado "pensador independiente", dueño de una prosa impecable y la mirada más quirúrgica que pueda tenerse de la sociedad norteamericana, Tom Wolfe -quien murió en Nueva York, a los 87 años-ha sido un fiel representante de la tradición literaria de la segunda parte del siglo XX.
Sus temas siempre fueron las diferencias de clases, la pacatería, la exposición de la vida pública y sus consecuencias en los individuos, el consumo masivo y el egocentrismo de la generación del baby boom. Su carrera como escritor de ficción tomó un vuelo inesperado en 1987 cuando publicó La hoguera de las vanidades, novela que, inspirada en un acontecimiento histórico en la Italia del siglo XV, describe con sarcasmo y acidez implacable cómo la alta sociedad neoyorquina arde en sus propias miserias. La novela llegó al cine y terminó de convertir a Wolfe en una figura internacional.
Al año siguiente escribe Todo un hombre y traslada las mismas inquietudes a Atlanta; racismo, ascenso social a cualquier costo, las diferencias culturales y cómo la sociedad intenta saldar esas diferencias en una apariencia maquillada de multiculturalidad. Cuando publicó La hoguera de las vanidades fue recibida con ovación a la vez que con cierto recelo ya que, según el propio autor, la novela tal como se escribía en esa época había muerto. Según su opinión, la novela debía tener un basamento netamente realista y dar cuenta del tiempo en el que había sido escrita. Y claramente lo logró con sus dos primeras novelas y con las que le siguieron. Soy Charlotte Simmons de 2004 y la tardía Bloody Miami -publicada en 2012- también se apegan al género de la novela realista: son pinturas ácidas de las décadas en las que fueron escritas y constituyen hoy especies de frisos para comprender a la sociedad que supo exhibir de manera descarnada.

Por otro lado, su trayectoria como periodista y escritor de non-fiction lo tuvo siempre entre los principales representantes de esta nueva forma de escritura. De los más de diez libros publicados en este género, cabe destacar Ponche de ácido lisérgico (1965), crónica del viaje hippie llevado a cabo por Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, quien, junto con un grupo de amigotes, emprendió un tour desopilante en el que el sexo, la droga y el rocanrol se tomaban de la mano con ideales pacifistas, proyectos de nuevos mundos y un desprecio evidente a las estructuras sociales establecidas. Tom Wolf relata ese viaje y, como en una novela, las personas que formaron parte del mismo, sus experiencias y pensamientos se transforman en personajes de una novela lisérgica, divertida y contundente. Así muestra Wolfe qué significa para él el nuevo periodismo: una forma poética y bien construida de ver pasar la realidad frente a tus ojos. Una crónica imperdible.
Frente a la constante pregunta de "qué es el nuevo periodismo" y la necesidad de darle un marco estructural, Tom Wolfe -junto con otros autores- publican en 1973 El nuevo periodismo. En este libro de ensayos se da una clara definición del género y qué lo constituye: el punto de vista debe ser la tercera persona; la fidelidad a los hechos, incorruptible y la descripción debe ser objetiva y minuciosa para poder sumergir al lector en el ambiente que se pretende describir. Esto incluye todo: las sensaciones, los modos de vida, los pequeños detalles que antes pasaban desapercibidos. El nuevo periodismo busca también rescatar el lenguaje auténtico de los protagonistas. En definitiva, el giro en la forma de hacer periodismo que aún hoy se mantiene.

Uno de los libros más poéticos de Tom Wolfe, y que mejor demuestra la técnica de la no- ficción es Lo que hay que tener (elegidos para la gloria). Publicado en 1979, Wolfe se dedica a investigar los entretelones de la carrera espacial y lleva al lector en una especie de viaje por las vidas de los astronautas desconocidos, su entereza, sus sacrificios, las presiones que sufren. Ese piloto que sube por primera vez a una nave espacial y que será probablemente eyectado al espacio exterior sin mucha capacidad para prever lo que pueda pasar o evitar la catástrofe tiene lo que hay que tener. Y, como lectores, no podemos sino sentirnos consternados, agradecidos y un poco envidiosos de estos héroes anónimos a los que les es negada la gloria. Por medio de entrevistas y crónicas entramos en un mundo que se volvió una promesa de salvación para una generación, que durante mucho tiempo inspiró naciones y e hizo mirar hacia el espacio exterior y olvidar por momentos las diferentes hogueras de vanidades. Es un libro delicado, profundo y comprometido.

La muerte de Tom Wolfe no deja de ser un hecho real y triste, a la vez que olvidable. Todo lo que hagamos con su recuerdo y su obra será la prueba más contundente de la influencia de un autor en la forma que tenemos hoy de mirar el mundo y, sobre todo, de contarlo.
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