Reclusas en Bucaramanga tejen día a día su primera oportunidad

Para el 58,6% de las mujeres privadas de la libertad en Colombia la motivación más frecuente para cometer un delito relacionado con drogas es garantizar el sustento de sus hogares, según información de las Naciones Unidas.

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Reclusas de la cárcel de Bucaramanga El Buen Pastor, en el taller de manualidades
Reclusas de la cárcel de Bucaramanga El Buen Pastor, en el taller de manualidades

“Es como un cementerio de vivos, es un lugar en donde nadie se acuerda de usted, nadie”, afirma Nelly Liseth Sierra Chona, una mujer de 34 años. De ojos son oscuros, estatura media, cabello rubio y acento santandereano, que se caracteriza por su fuerte entonación. Es madre de Jesús Javier Martínez Sierra y Daniel Esteban Martínez Sierra, de 13 y 12 años, respectivamente. Una familia pequeña, pero llena de mucho amor, que reside en la ciudad de Bucaramanga, en el barrio San Miguel.

Nelly Liseth buscaba la forma de sacar a sus hijos adelante; trabajaba en la central de abastos empacando alimentos, pero el no tener una profesión, o algún aprendizaje adquirido que le facilitara obtener un sustento económico, era su gran obstáculo.

Fue el 27 de noviembre de 2017, el día en que la vida de Nelly Liseth cambió por completo. Tras una mala decisión terminó presa. Un lugar oscuro y húmedo, gracias al calor del ambiente, con un olor sofocante y apestoso, del cual no se puede escapar por las cuatro paredes que lo encierran. En ese lugar es donde todo visitante degusta lo insípido y amargo de la vida, de la soledad y el olvido. Además, es el lugar donde la voz de estas mujeres es silenciada, como consecuencia de no haber contado con la oportunidad de un buen trabajo.

“Yo estaba durmiendo con mis hijos, cuando escuché que tocaron la puerta. Uno de mis hijos abrió, de inmediato entraron policías de la DIJIN y me apuntaron con el arma. Me dijeron que tenían orden de allanamiento y me detendrían por tráfico de estupefacientes”, cuenta Nelly Liseth en una videollamada de Zoom.

Cuando entró al patio de la cárcel, el ruido y los gritos la aturdieron, pero eran parte de la cordial bienvenida a la nueva integrante. La incomodidad, la rabia, la tristeza y el miedo hicieron presencia de inmediato.

Al día siguiente, Nelly Liseth se despertó asustada, por culpa del fuerte estruendo de la alarma. En ese momento recordó que no estaba en su hogar, sino en una celda fría a donde llegaba el eco de los gritos constantemente y la soledad se hacía notar.

Con la falta de compañía de sus hijos y el constante encierro, Nelly empezó a ser víctima de su propio silencio, ese mismo que atrapó a la mayoría de mujeres que permanecen en la cárcel.

Entre cifras y oportunidades

El 75% de las mujeres en centros de reclusión por delitos relacionados con drogas habita en barrios de estrato uno y dos, y un 8% adicional vive en barrios de invasión no regularizados o es habitante de calle. La motivación más frecuente para cometer un delito relacionado con drogas, es el no tener cómo solventar las necesidades del hogar para el 58,6% de las mujeres privadas de la libertad. Un 13,3% lo hace porque quiere obtener dinero y el restante por otras motivaciones, según cifras de las Naciones Unidas en Colombia.

La cárcel El Buen Pastor de Bucaramanga tiene diferentes espacios. Cuenta con biblioteca, casino y panadería, además de las divisiones que separan a las diferentes reclusas. El patio A es el lugar donde se encuentran las reclusas que han sido condenadas, y fue a donde llegó Nelly Liseth luego de esperar dos años esclareciendo el tiempo de condena que debía cumplir. También está el patio B, donde se encuentran todas las mujeres embarazadas, madres lactantes y funcionarias públicas. Por último, en el patio C se encuentran las mujeres sindicadas.

Aunque cuenta con diferentes espacios, al 7 de octubre del 2020 el centro cuenta con 286 reclusas, cifra que sobrepasa su capacidad, que es de 247 mujeres, por lo que hay un alto porcentaje de hacinamiento. Miles de vidas que se encuentran en un mismo lugar, que tienen en común un mismo objetivo: recuperar la libertad para así dejar a un lado la soledad y el abandono del día a día en prisión.

Nelly Liseth estuvo dos años y medio en el centro de reclusión. Los primeros días, muy a las 5 de la mañana el fuerte estruendo de la alarma la despertó. En una celda con 45 personas a su alrededor, un lugar frío que hacía las horas eternas. Con poca ropa, una hora después debía ser llevada al patio con todas las reclusas.

Sufrió de fuertes dolores en los riñones a lo largo de tres meses, por causa de cálculos, que debían ser retirados en una cirugía, que nunca se llevó a cabo, porque la autoridades la capturaron. Pasaba el tiempo y no recibió solución para sus molestias. Pidió que la trasladaran al médico, pero no recibió respuesta. Debido a esta situación, tomó medidas drásticas y empezó a cortarse los brazos para que así se vieran obligados a llevarla al hospital. Luego de varias oportunidades y algunas heridas ocasionadas intencionalmente logró su objetivo y estuvo 15 días hospitalizada, la estaba matando una infección.

Cuando recién se llega a la cárcel es necesario permanecer en el patio durante tres meses. Al cumplir este tiempo, existe la posibilidad de estudiar, lo que aprovechó Nelly Liseth para terminar cuarto y quinto grado. Luego de un año de estudios, tuvo la oportunidad de trabajar en los talleres a los que se acceden luego de un conteo de las reclusas que quieren participar y dependiendo del programa elegido, entre 8 y 10 mujeres comienzan la aventura, que termina con solo 2 o 3 asistentes.

Aunque es una gran oportunidad de no solo mantenerse ocupada y despejar un poco la mente del encierro, la culpa y la desesperación que se vive, algunas mujeres prefieren quedarse sin trabajar y pasar los días en el patio, lo único que llega a ser una motivación es la recompensa que pueden tener, gracias a las labores que desempeñan.

Reclusas de la cárcel de Bucaramanga El Buen Pastor, en el taller de manualidades

Uno de los beneficios que obtienen las reclusas al trabajar en los talleres y estudiar es la redención de parte de la condena, dependiendo de las horas que trabajen y que hayan tenido una buena conducta.

El taller de manualidades fue el elegido por Nelly Liseth, este es dirigido por la Fundación ANHCO, creada por Alejandra García, diseñadora de modas colombiana y su hija Valentina Prieto, quien estudió Fashion Marketing y Comunicación. De la unión de las dos actividades que más aman: la moda y la labor social nació ANHCO.

Alejandra es quien le enseña a las reclusas a diseñar, a hacer moda de lujo por medio del arte manual. En este espacio las reclusas aprenden a hacer manillas, mochilas, sombreros, diademas, así como estampación, bordado y pintura en tela. Las reclusas pueden escoger el tema que les apasione para elaborar productos y recibir una entrada económica dentro de la penitenciaría.

El proceso de diseño de las mochilas empieza con la compra de estos productos a las indígenas wayuú, es decir, ya vienen prefabricadas. Luego son trasladadas a Bucaramanga donde pasan por el proceso de creación y capacitación que desempeñan las reclusas. Se hace el bordado en canutillo, que dura 25 días, y finalmente son comercializadas en el país.

Todas quieren entrar a trabajar para poder pasar al taller de fantasías, en donde hay que pulir con acero, para obtener como resultado llaveros, adornos, prendedores o hebillas para las correas. La razón por la que las reclusas quieren trabajar en ese lugar, es porque llegan a ganar 500 mil pesos, a pesar de estar privadas de la libertad.

Cuando a Nelly Liseth le dieron la posibilidad de pasar al taller de fantasías, ella decidió quedarse en el de manualidades, lugar donde permaneció hasta que salió en libertad. En ese taller ocurría toda la magia, se hacía el diseño de las diademas, que se demoran dos días en terminar, como también, manillas de mostacilla y miyuki, pequeñas piedras de múltiples colores que se caracterizan por el gran acabado que dan gracias a su simetría. Además, con la venta de sus obras pintadas en tela obtenía pago en la cárcel por medio de las tarjetas de minuto, 3 tarjetas de 5 mil, o 7 de 5 mil.

“A mí, el taller de fantasías, la verdad, no me gustaba. Yo quería aprender un arte, aprender a hacer algo”, comenta Nelly Liseth. Su amor por el arte de las manualidades empezó gracias a los conocimientos que adquirió, convirtiéndose en un gusto tan fuerte, que nada le parecía difícil.

Pero, la conducta de Nelly Liseth no fue la más ejemplar, por esa razón no recibió redención en su condena, a lo que le daba muy poca importancia, porque solo la motivaban sus ganas de aprender.

“Las mujeres que están privadas de la libertad, una vez entran al centro de reclusión pierden la esperanza, la fe, se pierden los sueños y la visión de un mejor futuro. Por falta de empleo, educación, por no encontrar otra salida, por tener una mente cerrada, una mentalidad acorde a las vivencias que han tenido en el transcurso de su vida”, menciona Alejandra García, fundadora de la Fundación ANHCO.

El día a día de Nelly Liseth cambió por completo. Con mucho entusiasmo y motivación empezaba sus días con el diseño de las manillas en mano dibujados en un cuaderno. Prendía su tablet y le subía el volumen a la música -preferiblemente de género urbano-, empezaba a tejer los 11 hilos que hacen las manillas, pasando con mucho cuidado la mostacilla o el miyuki y sosteniendo la aguja, que es la que ayuda a mantener firme y a darle forma a sus obras.

“Me enseñó a superarme, yo era una persona con otra mentalidad. Hay personas que se dañan la vida por no tener una oportunidad o algo así”, afirma Nelly Liseth, quien ahora se encuentra en libertad, trabajando con ANHCO, que le ayuda con el envío de los materiales para que de esta manera siga con su labor y pueda obtener un sustento económico para ayudar a su familia.

Esta no es solo la historia de Nelly Liseth, quizá es la historia de miles de mujeres que piensan que no tienen oportunidad de una vida mejor, porque realmente nunca la han tenido. Esta es una de las voces silenciadas de las reclusas en Colombia.