
Como desde hace 22 años, César Muriel Gutiérrez prepara su hoja de afeitar para acompañar a sus dos hijos a pagar penitencia, en un recorrido de más de 3 kilómetros por la calle principal de Santo Tomás. Su misión: cortar los coágulos de sangre que se hagan luego de darse látigo. Cada Viernes Santo, unas 30 personas –como ellos– se dan cita en una sangrienta procesión medieval para obtener o dar gracias por un milagro divino, tradición que, sin embargo, es rechazada por la Iglesia Católica.
Sentir, literalmente, en carne propia el dolor que –según la Biblia– sintió Jesús el día de su crucifixión, es la ofrenda que cada año, un día como hoy, hacen los penitentes provenientes de distintas ciudades de Colombia, como Sabanagrande, Polonuevo, Barranquilla, Bogotá y Medellín. Mediante la autolaceración simulan el viacrucis para buscar la cura de enfermedades o el perdón a pecados cometidos.
El calvario comienza en el caño Las Palomas, una trocha de arena que bajo el sol Caribe, que calienta a temperaturas superiores a 30 grados centígrados, se antepone como el primer desafío. Porque los penitentes andan descalzos. Llegan después de ayunar durante siete viernes seguidos, con el torso desnudo y una falda blanca larga decorada con cruces negras. Y con la 'disciplina', un látigo improvisado con cabuyas que terminan en siete bolas de parafina.
Así lo aprenden de generaciones pasadas. Como la familia Muriel. César cuenta que desde niño veía a su padre en aquellos caminos de tierra aguantando el dolor y las lágrimas por sus hijos. Él siguió el legado a los 32 años. "Me convertí en una especie de jefe de los flagelantes, tenía patrocinadores que me ayudaban con el licor que se les echa y con la comida. Llegué a tener 14", dice.

Pero ya ha dejado el negocio. Ahora acompaña a sus hijos que por la salud de toda la familia pagan una 'manda' (promesa) perpetua, César Augusto desde hace 20 años, y Aníbal desde cuatro años antes. Él es el picador, cada penitente lleva uno. Entre otras cosas, son los que mantienen los ánimos de los creyentes para que el dolor no los tumbe al piso antes de llegar al final.
Con el rostro cubierto por un velo blanco comienza el viacrucis de los flagelantes en la avenida Calle de la Ciénaga de Santo Tomás, ubicado en el departamento del Atlántico, adoquinada hace apenas tres años. Son siete pasos hacia adelante y tres hacia atrás. Los golpes se asestan a la izquierda y a la derecha –en ese orden– en la parte baja de la espalda. Deben visitar siete cruces dispuestas en el camino, donde arrodillados rezan un credo por su promesa.
En cada parada, un penitente veterano, llamado picador, debe cortar los hematomas causados por los látigos y limpiar con alcohol la sangre que brote de la herida, para que no se coagule con los azotes. Son siete incisiones, en siete cruces, en el último de los siete viernes de cuaresma; para representar las siete frases que Jesús pronunció antes de su suplicio en la cruz.
"Después de dos horas la piel ya no siente dolor", sentencia César Muriel, que una vez, cuando era él el de la penitencia, se cayó antes de llegar a la 'Vieja Cruz', una pequeña capilla donde finaliza el recorrido. Sus pies en llagas vivas no le permitían un paso más, pero continuó. Ese es el fervor a Dios que –dice– le permitió terminar la pena de ese año.
La impactante procesión de los cerca de 30 flagelantes congrega a personas de todo el país, que de lado y lado de la calle esperan para ver a personas infringirse dolor, en un sangriento 'desfile' con tinta de espectáculo. Se acomodan entre ventas de comida y licor, con música no religiosa de fondo que los invita a bailar en los espacios vacíos.
Pero no llegan a ver solo a los flagelantes. También a quienes pagan otras penitencias igual de dolorosas. Las mujeres practican el "Brazo de la amargura", que consiste en fijar el brazo derecho sobre una estructura de madera, sosteniendo una copa de vino en la mano sin derramar ni un poquito. O los más jóvenes cargan una cruz de madera de dos metros de alto y metro y medio de ancho sobre su hombro, con una corona de espinas en la cabeza. Todos hacen el mismo recorrido.
Herencia de la Edad Media rechazada por la iglesia
La tradición lleva, por lo menos, unos 200 años. La procesión de los flagelantes se hizo pública en Santo Tomás entre 1850 y 1861, no hay una fecha exacta comprobada. La herencia cultural es traída a este pequeño pueblo de Colombia desde Sevilla, España en la época de la colonia.
En sí, la autoflagelación surgió en la Edad Media en Italia, como práctica con la cual se buscaba la salvación eterna a través del sacrificio físico, especialmente en temporada de pestes, sequías y hambrunas. Según ha contado el historiador y sociólogo Pedro Badillo Noriega, el acto llegó por órdenes religiosas de los dominicos, franciscanos y jesuitas a Santo Tomás.

Pero la práctica es antigua y el perdón y los agradecimientos se piden y se dan de otra forma en pleno siglo XXI. O eso dice la iglesia católica. La Arquidiócesis de Barranquilla hace unos años no se pronuncia al respecto, porque dice que es incentivar el morbo de la gente cuando lo que quieren es acabar con la tradición.
Aunque antes ha sentado su posición en diversos pronunciamientos, donde plantean que dicho sacrificio no tiene nada que ver con la pasión de Cristo, y que la Biblia dice que "cuando hagas penitencia, enciérrate en tu cuarto para que nadie lo note".
Así lo ha dicho en reiteradas ocasiones el monseñor Jairo Jaramillo Monsalve, arzobispo de Barranquila, ciudad capital del departamento del Atlántico. Para ello la iglesia se ha ideado otras actividades paralelas al desfile de los flagelantes para convocar a los feligreses a la "verdadera celebración de Semana Santa".
Pese a ello, hoy nuevamente los espectadores esperan en la calle de Santo Tomás a los penitentes que hace más de un mes se preparan para pagar su manda con sangre.
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