Qué causó la nueva riada en Nepal que dejó cinco desaparecidos, destruyó casas y puentes
Los registros sísmicos de estaciones ubicadas a más de 19.000 kilómetros permitieron reconstruir la riada mortal que atravesó el valle del Trishulien, en la frontera entre China y Nepal, el 26 de agosto. El fenómeno se originó tras el derrumbe del glaciar Tsangbu Ri, liberó una energía equivalente a un terremoto de magnitud 5,2 y causó daños en comunidades situadas a lo largo de varios kilómetros.
Un mes y medio después del desastre, un estudio publicado en la revista Seismica analizó las señales captadas por redes regionales de Nepal y China, además de detecciones realizadas en otros puntos del planeta. La investigación estuvo encabezada por especialistas nepalíes y contó con la participación de científicos de Suiza, Francia, China, Reino Unido, Estados Unidos y España, incluido el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
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La investigación aporta nuevos datos sobre una catástrofe que sorprendió a poblaciones cercanas a la frontera tibetana y a los habitantes del corredor fluvial nepalí. El balance citado por los autores señala que la Policía de Nepal localizó 1.399 cadáveres y mantenía la búsqueda de 4.089 desaparecidos. La dimensión de esas cifras refleja el alcance humano de un evento que combinó un gran movimiento de masa, agua, hielo y sedimentos en una región montañosa con valles estrechos.
El colapso ocurrió en la vertiente norte del Tsangbu Ri, dentro de la cordillera de Langtang. A las 02:52:16 GMT, equivalentes a las 08:37:16 en Nepal, una parte de la montaña cedió y desplazó cerca de 100 millones de metros cúbicos de roca y material glaciar. El volumen permite imaginar una masa comparable a decenas de miles de piscinas olímpicas, concentrada en una pendiente de alta montaña.
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Los científicos no califican el fenómeno como un terremoto. La energía procedió del desprendimiento súbito de la ladera y no de una fractura tectónica entre placas. Sin embargo, el golpe de ese volumen de material contra el terreno produjo ondas comparables a las de un sismo de magnitud local 5,2. Esa diferencia resulta clave para interpretar los registros y para diseñar sistemas capaces de distinguir ambos tipos de amenaza.
Las ondas permitieron ubicar el derrumbe y seguir el avance del agua
Un sismómetro registra la vibración del suelo. Aunque suele asociarse a los terremotos, también puede captar erupciones volcánicas, explosiones, deslizamientos y el choque de grandes caudales contra el cauce. Cada fenómeno genera una firma particular, con frecuencias, duración e intensidad que ofrecen pistas sobre su origen.
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El equipo utilizó las primeras ondas de alta frecuencia detectadas en varias estaciones para localizar el punto del desprendimiento. El método compara el instante de llegada de la señal a cada aparato: si una estación recibe la vibración antes que otra, esa diferencia de tiempo ayuda a calcular el lugar donde empezó el movimiento. Así, los investigadores separaron el derrumbe principal de un evento menor registrado en las proximidades poco antes del colapso.
La masa movilizada rondó los 100 millones de metros cúbicos, según la estimación presentada en el estudio. Roca, hielo glaciar y otros materiales descendieron por la ladera y alteraron de forma abrupta la dinámica del sistema montañoso. En este tipo de escenarios, un derrumbe puede bloquear o desplazar agua, incorporar detritos y alimentar una avenida de enorme capacidad destructiva.
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La inundación posterior avanzó por el valle del Trishuli a una velocidad superior a 165 kilómetros por hora en el primer tramo analizado. Esa cifra describe la velocidad del frente o de la corriente en el sector estudiado, no la de un río ordinario. El flujo arrastró agua y materiales de distinto tamaño, desde sedimentos finos hasta bloques, y esa interacción constante con el lecho generó una señal detectable en los instrumentos.
Las estaciones situadas a más de 100 kilómetros del río registraron durante horas el aumento del denominado ruido sísmico, la vibración de fondo que los aparatos miden incluso sin terremotos. En circunstancias habituales, ese ruido puede proceder del oleaje, el viento, el tráfico o pequeños movimientos naturales del terreno. Durante la riada, el paso sostenido de la corriente elevó esa señal de forma suficiente para que los investigadores siguieran su evolución.
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Jordi Díaz, investigador de Geociencias Barcelona del CSIC, explicó el alcance de esa observación: “Para caracterizar la secuencia de los hechos, el equipo científico examinó observaciones sismológicas a partir de estaciones sísmicas. Dada la magnitud del desastre, los sismómetros de Nepal y de China detectaron claramente las vibraciones generadas por el desprendimiento de la ladera”.

La señal no quedó limitada al Himalaya. Instrumentos de regiones muy distantes registraron las ondas del colapso, incluso a más de 19.000 kilómetros. En la Península Ibérica, estaciones de las redes del Instituto Geográfico Nacional y del Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya incorporaron datos al análisis.
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Esa propagación global no implica que el derrumbe afectara físicamente zonas remotas; muestra la sensibilidad de las redes sísmicas ante una liberación de energía de gran escala.
Los videos difundidos desde la zona documentaron el impacto visible de la avenida, pero la sismología permitió establecer una cronología precisa y medir procesos imposibles de observar de manera directa en pleno desastre. Los registros convierten el suelo en una fuente de información sobre el momento del colapso, la trayectoria inicial de la corriente y la persistencia de su fuerza.
Más de 60 señales previas abren una vía para las alertas tempranas

El estudio identificó más de 60 eventos sísmicos durante las dos semanas anteriores al derrumbe. Uno de ellos ocurrió 17 minutos antes del colapso principal y liberó una energía equivalente a la de un terremoto local de magnitud 2,5.
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Los investigadores todavía no establecen una relación causal entre esas señales y el desprendimiento final, pero el hallazgo abre una cuestión relevante para la vigilancia de laderas inestables.
En áreas de montaña, una pendiente puede sufrir fracturas internas, desplazamientos pequeños o reajustes de bloques antes de un fallo mayor. Algunos movimientos producen vibraciones breves que quedan registradas en las estaciones cercanas.
El reto consiste en diferenciar esos indicios de los numerosos microeventos habituales en una cordillera activa, donde los sismos tectónicos, las avalanchas y los cambios estacionales del hielo también dejan señales.
El autor principal del trabajo, Lok Bijaya Adhikari, pertenece al Centro Nacional de Monitoreo e Investigación de Terremotos de Nepal. Su equipo plantea que una red de vigilancia regional, acompañada por sistemas de detección y clasificación de señales, podría identificar con mayor rapidez los episodios de riesgo. La utilidad no depende solo de sumar aparatos: también exige algoritmos y protocolos que interpreten los datos y transmitan una advertencia comprensible a las poblaciones expuestas.
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Una alerta temprana no evitaría el colapso de una montaña, pero podría reducir la exposición de quienes se encuentran aguas abajo si existe tiempo suficiente para evacuar caminos, puentes, viviendas o zonas de trabajo cercanas al río. El margen puede ser de minutos y, en un valle encajonado, cada minuto determina las opciones de respuesta de autoridades y habitantes.
La propuesta adquiere relevancia en un territorio donde la topografía concentra los flujos y complica las comunicaciones. Los valles himalayos conectan localidades aisladas mediante carreteras, puentes y cauces que pueden quedar cortados tras un desprendimiento.
Una red sísmica coordinada entre regiones vecinas ofrecería datos continuos incluso cuando las condiciones meteorológicas, la oscuridad o el acceso terrestre impidan observar una ladera de forma directa.
La investigación también depositó las formas de onda del evento en el repositorio Zenodo. Esa disponibilidad permitirá a otros equipos revisar las mediciones, comparar métodos y estudiar la relación entre los movimientos de masa, el material glaciar y las inundaciones repentinas. El conjunto de datos conserva, segundo a segundo, la secuencia de una riada cuyo impacto humano ya forma parte de la historia reciente de Nepal.
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