
La NASA ha tomado la decisión de apagar el instrumento de Partículas Cargadas de Baja Energía (LECP) a bordo de la nave Voyager 1 para prolongar la vida útil del emblemático explorador interestelar.
Este ajuste, que comenzó el 17 de abril por técnicos del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) en el sur de California, es un intento calculado de conservar los recursos de energía de la nave, que tras casi medio siglo en el espacio se encuentra al límite de sus reservas.
La acción busca asegurar que los restantes sistemas críticos de la misión más allá de la heliosfera continúen proporcionando datos científicos inéditos desde una zona remota jamás visitada por artefactos terrestres, informó la NASA.
A más de 25 mil millones de kilómetros de la Tierra, la Voyager 1 recibe las señales enviadas desde el centro de control con una demora de 23 horas. El proceso de apagado del LECP añade otras tres horas y quince minutos al operativo.

El instrumento, que monitorea iones, electrones y rayos cósmicos de origen galáctico y solar, ha transmitido información determinante sobre la estructura del medio interestelar durante casi 49 años consecutivos, constituyéndose en una fuente insustituible para el estudio de regiones que, hasta ahora, solo las sondas Voyager 1 y Voyager 2 han podido explorar.
Desde su lanzamiento en 1977, el LECP ha funcionado casi sin pausa, proporcionando registros sobre frentes de presión y fluctuaciones en la densidad de partículas más allá del límite del Sol. Estos datos han sido esenciales para mapear las regiones exteriores de la heliosfera, el umbral donde el viento solar cede ante la influencia de la materia interestelar.

De los diez conjuntos instrumentales con que despegaron las gemelas Voyager, actualmente solo tres en cada nave permanecen operativos tras sucesivas desconexiones forzadas por la reducción progresiva de la energía disponible.
El apagado reciente en Voyager 1 no es novedoso en la misión: la Voyager 2 experimentó la misma desconexión de su LECP en marzo de 2025, de acuerdo con el JPL. Ambas naves se alimentan mediante generadores termoeléctricos de radioisótopos, que convierten el calor producido por la desintegración del plutonio en electricidad.
A medida que la fuente decae, se registra una disminución de 4 vatios por año, lo que obliga a tomar decisiones de eficiencia extrema para evitar el congelamiento de componentes críticos o la pérdida definitiva de capacidad de comunicación.
La nave no ha estado exenta de contratiempos. Una maniobra planeada el 27 de febrero provocó una caída inesperada de los niveles de energía en la Voyager 1.
Los ingenieros reconocieron el riesgo de que cuadros de baja tensión activen el sistema automático de protección, capaz de apagar de inmediato módulos vitales y dejar a la nave en un estado de recuperación que, por la distancia, resultaría prolongado y peligroso para la integridad de la misión, detalló la NASA.
La desactivación del LECP: un proceso minucioso para preservar la misión
El LECP, aun tras su apagado, deja parte de sus mecanismos en funcionamiento: el pequeño motor que permite el giro del sensor para escanear distintas direcciones sigue recibiendo energía eléctrica —0,5 vatios—.
Según precisó el equipo del JPL, mantener esa reserva técnica permite la posibilidad, remota pero real, de volver a reactivar el instrumento en el futuro si nuevas maniobras de optimización liberan la energía necesaria.

El criterio para decidir qué sistemas desconectar se fijó con antelación.
Equipos de científicos e ingenieros se reunieron en años previos y establecieron un orden para los sucesivos apagados, buscando maximizar el periodo en que los experimentos más valiosos puedan operar. Hasta ahora, siete de los diez instrumentos iniciales han sido ya desactivados tanto en Voyager 1 como en Voyager 2, informó la NASA.
Kareem Badaruddin, director de la misión Voyager en el JPL, sintetizó el sentir del equipo respecto a este recorte de capacidades: “Si bien desactivar un instrumento científico no es lo que nadie desea, es la mejor opción disponible. La Voyager 1 aún cuenta con dos instrumentos científicos operativos: uno que detecta ondas de plasma y otro que mide campos magnéticos. Siguen funcionando a la perfección, enviando datos desde una región del espacio que ninguna otra nave espacial construida por el ser humano ha explorado. El equipo sigue centrado en mantener ambas Voyager en funcionamiento el mayor tiempo posible”.

Un año de margen y un plan experimental
El cálculo inmediato de los ingenieros es que apagar el LECP proporcione a la Voyager 1 “aproximadamente un año de margen de maniobra” energética.
De acuerdo con la NASA, este tiempo adicional resulta clave para poner a punto un proyecto piloto denominado Big Bang, destinado a optimizar el consumo eléctrico del resto de los sistemas de las dos sondas. La estrategia consiste en reemplazar o reconectar de forma selectiva varios dispositivos de alto consumo por otros de menor demanda, garantizando así que la temperatura interna permanezca lo suficientemente elevada como para impedir el congelamiento y permitir que continúe la recolección de datos científicos esenciales.
Este procedimiento experimental se aplicará en primer lugar sobre la Voyager 2, que por hallarse algo más cerca de la Tierra y disponer de algo más de reserva energética, constituye un banco de pruebas menos riesgoso. Las pruebas están programadas para ejecutarse entre mayo y junio de 2026.

Si arrojan resultados satisfactorios, el mismo método podría intentarse con la Voyager 1 “no antes de julio” de ese año, según precisa el JPL. En caso de éxito, incluso podría contemplarse la reactivación del LECP en la Voyager 1, una esperanza conservada gracias a la cuidadosa gestión de energía restante.
La Voyager 1 y la 2, solitarias exploradoras del espacio interestelar
Tanto Voyager 1 como Voyager 2 constituyen las únicas plataformas de observación humanas ubicadas a suficiente distancia como para estudiar de manera directa el medio interestelar y sus transiciones de frontera. Todos los datos que han proporcionado sobre regiones más allá de la heliosfera resultan inéditos, siendo vitales para comprender la estructura y dinámica de la burbuja de plasma que rodea a nuestro sistema planetario.
El hecho de que ambas naves hayan perseverado durante casi medio siglo en el espacio, sorteando no solo los embates del entorno cósmico sino la erosión paulatina de sus fuentes energéticas, obliga a los equipos científicos a una gestión casi artesanal de los recursos restantes. La secuencia de comandos que se envía a la nave tarda 23 horas en llegar, y, dada la distancia y la fragilidad creciente de los sistemas, cada decisión técnica es irreversible y debe ser calibrada con extremo rigor.
La misión Voyager representa, en cifras y resultados, un hito insuperado de la exploración automatizada. El apagado del LECP, explicado por la NASA y dirigido por el equipo del JPL, es la más reciente expresión de ese esfuerzo de adaptación y supervivencia tecnológica.
Mientras dos de sus experimentos clave permanecen activos, la misión se adentra cada día en territorios del espacio donde “ninguna otra nave espacial construida por el ser humano ha explorado”, en palabras de Kareem Badaruddin, cuyo desafío inmediato es hacer que esa travesía se prolongue tanto como lo permita el bajo pulso de energía que resta en los sistemas.
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