
El 2 de julio de 2025, el cielo envió una señal que desconcertó a la astronomía moderna. No se trató de un destello fugaz ni de una explosión efímera, como suele ocurrir con los estallidos de rayos gamma.
Esta vez, la radiación persistió durante horas, reapareció en oleadas y obligó a los científicos a mantenerse en alerta durante días. El evento recibió el nombre de GRB 250702B y, desde el primer momento, dejó claro que no encajaba en ningún molde conocido.
Los estallidos de rayos gamma, o GRB por sus siglas en inglés, representan las explosiones más energéticas del universo después del Big Bang. La mayoría dura apenas segundos. Algunos se extienden durante minutos. Muy pocos alcanzan escalas de horas. Ninguno, hasta ahora, había mostrado una persistencia tan extrema.

La señal inicial se sostuvo durante al menos siete horas y superó ampliamente el récord previo. Ese solo dato bastó para que la comunidad científica replanteara los mecanismos que alimentan estos fenómenos.
La primera persona que comprendió la magnitud de lo ocurrido fue Eliza Neights, astrónoma vinculada al Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA. Durante una de sus guardias, el sistema de monitoreo mostró una secuencia anómala: tres estallidos que parecían proceder del mismo punto del cielo.
Lo que al principio parecía una concatenación de eventos separados terminó por revelarse como una única explosión sostenida. Neights activó la alerta y puso en marcha una cadena de observaciones que involucró a telescopios espaciales y terrestres de todo el mundo.
“La ola inicial de rayos gamma duró al menos 7 horas, casi el doble que el GRB más largo observado anteriormente, y detectamos otras propiedades inusuales”, declaró Eliza Neights, de la Universidad George Washington en Washington y del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA en Greenbelt, Maryland. “Este es sin duda un estallido sin precedentes en los últimos 50 años”.
Una explosión que rompió la escala conocida
La duración no fue la única rareza. El GRB 250702B se extendió durante más de 25.000 segundos, una cifra que obligó a revisar las clasificaciones tradicionales. Desde que los astrónomos reconocieron los GRB en 1973, se detectaron alrededor de 15.000 eventos. Ninguno alcanzó semejante persistencia y solo unos pocos se acercaron de forma marginal. Este estallido no solo amplió el registro, también creó una categoría propia.
El Telescopio Espacial de Rayos Gamma Fermi de la NASA detectó la señal en repetidas ocasiones durante aproximadamente tres horas. Al principio, los datos parecían indicar llamaradas intermitentes.
La confirmación de otras misiones espaciales reveló que todas provenían de una misma fuente. Swift, Konus, Psyche y el monitor japonés de rayos X de la Estación Espacial Internacional aportaron piezas clave. Ningún instrumento individual logró seguir el evento completo. Solo la combinación de observatorios permitió reconstruir la secuencia.

“La explosión duró tanto que ningún monitor de alta energía en el espacio estaba equipado para observarla en su totalidad”, declaró Eric Burns, astrofísico de la Universidad Estatal de Luisiana. “Solo mediante la potencia combinada de los instrumentos de varias naves espaciales pudimos comprender este evento”, agregó.
Las observaciones no se limitaron a los rayos gamma. Telescopios en la Tierra siguieron el resplandor en rayos X, infrarrojo cercano y radio. La ausencia de luz visible llamó la atención. En los GRB de larga duración, los astrónomos suelen detectar una supernova semanas después. En este caso, las búsquedas no mostraron señales claras. Si ocurrió una explosión estelar convencional, su brillo fue inusualmente débil o quedó oculto por polvo.
La localización del evento añadió más pistas. Swift acotó la posición en la constelación de Scutum, cerca del plano polvoriento de la Vía Láctea. Esa ubicación inicial abrió la posibilidad de un fenómeno dentro de nuestra galaxia. Sin embargo, las imágenes de los telescopios Keck, Gemini y el Very Large Telescope revelaron la presencia de una galaxia distante. El Telescopio Espacial Hubble confirmó que la explosión no pertenecía al vecindario cósmico cercano.

“Sin duda es una galaxia, lo que demuestra que fue una explosión distante y potente, pero tiene un aspecto extraño”, afirmó Andrew Levan, profesor de astrofísica de la Universidad de Radboud. “Los datos del Hubble podrían mostrar dos galaxias fusionándose o una galaxia con una banda oscura de polvo que divide el núcleo en dos”.
Las imágenes posteriores del Telescopio Espacial James Webb aportaron una resolución sin precedentes. El instrumento NIRcam mostró que el estallido atravesó una franja de polvo densa que cruza la galaxia anfitriona. Esa observación explicó la ausencia de luz visible y confirmó la naturaleza remota del evento. El análisis espectroscópico situó la explosión a unos ocho mil millones de años en el pasado, cuando el universo tenía aproximadamente la mitad de su edad actual.
El origen más probable y el desafío a los modelos teóricos

Con la distancia establecida, el foco pasó al origen físico del estallido. Los GRB tradicionales se explican mediante dos escenarios principales. Los de corta duración surgen de la fusión de estrellas de neutrones o de un sistema con agujeros negros. Los de larga duración se asocian al colapso de estrellas masivas, conocidas como hipernovas.
Ambos mecanismos producen chorros relativistas que duran segundos o minutos. Ninguno explica fácilmente una emisión que se mantiene activa durante horas o días.
El análisis de la curva de luz del GRB 250702B mostró picos rápidos superpuestos a un resplandor prolongado. Algunos destellos duraron alrededor de un segundo. Esos cambios rápidos apuntaron a un motor compacto. Un agujero negro supermasivo resultó demasiado lento para generar variaciones tan breves. Un agujero negro de masa estelar encajó mejor con los datos.

La energía total del evento no superó la de otros GRB intensos. La diferencia radicó en la forma de liberación. En lugar de un estallido breve y violento, la explosión distribuyó su potencia durante horas. Los fotones de distintas energías llegaron casi al mismo tiempo, una característica inusual en eventos tan prolongados. El espectro indicó un chorro extremadamente rápido, con velocidades que desafiaron los límites habituales de los modelos teóricos.
La hipótesis que ganó más peso propuso un escenario exótico: la fusión de un agujero negro de masa estelar con su compañera rica en helio. En este proceso, el agujero negro orbitó una estrella que ya perdió sus capas externas de hidrógeno. Durante la expansión de la estrella, el agujero negro quedó atrapado dentro de su envoltura y comenzó a consumirla de forma gradual. Esa alimentación sostenida mantuvo activo el chorro durante horas.
Los datos de rayos X reforzaron esta interpretación. Observaciones de Swift, Chandra y NuSTAR detectaron erupciones rápidas hasta dos días después del descubrimiento inicial. Esos destellos tardíos indicaron que la fuente de energía no se apagó tras la primera explosión. El agujero negro siguió acumulando materia y liberando energía de manera intermitente.

“La continua acreción de materia por parte del agujero negro impulsó un flujo de salida que produjo estas erupciones, pero el proceso se prolongó mucho más de lo que permiten los modelos GRB estándar”, afirmó Brendan O’Connor, director del estudio. “Las últimas erupciones de rayos X nos muestran que la fuente de energía de la explosión se negó a apagarse, lo que significa que el agujero negro continuó alimentándose durante al menos unos días después de la erupción inicial”.
La magnitud del evento despertó un intenso debate. Algunos investigadores consideraron la posibilidad de que un agujero negro intermedio, con miles de veces la masa del Sol, destrozara una estrella que pasó demasiado cerca. Otros defendieron la fusión estelar como la explicación más coherente con la duración extrema y la estructura de la señal. Ambos escenarios coincidieron en un punto clave: el GRB 250702B no respondió a las reglas conocidas.
Las conclusiones coincidieron en que este estallido presagió un nuevo tipo de explosión cósmica. La duración récord, la ausencia de una supernova evidente, la alimentación prolongada del motor central y la necesidad de múltiples observatorios para captarlo marcaron un antes y un después. Los científicos reconocieron que los modelos existentes no alcanzaron para explicar el fenómeno sin ajustes profundos.

El descubrimiento también expuso un límite instrumental. Los detectores actuales priorizan señales cortas y brillantes. Eventos de duración extrema pueden pasar desapercibidos o fragmentados en alertas aisladas.
La próxima generación de telescopios de rayos gamma apunta a cubrir ese vacío. Proyectos como el Compton Spectrometer and Imager, con lanzamiento previsto para 2027, buscan detectar estallidos prolongados y comprender mejor su física.
El GRB 250702B dejó una enseñanza clara. El universo todavía guarda sorpresas capaces de romper récords y forzar nuevas preguntas. Un destello que se negó a apagarse durante horas obligó a los astrónomos a mirar más allá de las categorías conocidas. En esa persistencia inesperada, la ciencia encontró una pista hacia procesos cósmicos que recién empiezan a revelarse.
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