
La vacunación contra cualquier enfermedad no evita que las personas la contraigan sino que desarrollen formas graves y mueran. Y el COVID-19 no es la excepción. Sin embargo, el surgimiento de las variantes del nuevo coronavirus que la Organización Mundial de la Salud (OMS) calificó “de preocupación” tienen una característica común que inquieta a los especialistas.
Los virus mutan, se sabe. Algunos como el de la gripe, lo hace a tal velocidad que cada año las personas más vulnerables deberían vacunarse para estar protegidas. Otros, como el que provoca la enfermedad del COVID-19 tiene a los científicos de todo el mundo estudiándolo de cerca para saber más de él y de cómo controlarlo.
Las variantes se producen cuando se van acumulando mutaciones que llevan a que cada vez se aleje más al código genético respecto al virus inicial. En el caso de Ómicron, por citar una, preocupa especialmente el hecho de que es la que mayor número de mutaciones tiene hasta ahora en la proteína S, clave para infectar el organismo.
Y si bien los especialistas se encargaron de aclarar que tener más mutaciones en sí no la hace más peligrosa, lo cierto es que Ómicron es la segunda variante encontrada en el sur de África, tras Beta. Ambas tienen una mutación compartida, que las hace más contagiosas, aunque Delta, que no la tiene, finalmente resultó imponiéndose.
La primera que preocupó desde que estalló la pandemia fue Alpha, encontrada en el Reino Unido hace un año, que al poco tiempo se convirtió en la dominante. Luego aparecieron Gamma (registrada en Brasil) y Delta (en India, que se estableció como dominante en gran parte del mundo hasta la actualidad).

Todas, se decía, tienen algo en común: se produjeron en lugares donde la vacunación era muy baja. En el caso de Ómicron y Beta, además, se originaron en una región muy poco vacunada. Apenas el 7% de la población del continente africano está inmunizada. Sudáfrica tiene un poco más del 25% de su población vacunada y, además, hay una importante reticencia de la población a vacunarse.
A eso se suma el dato no menor de que se trata de un país con un alto número de personas inmunodeprimidas a causa del VIH (alrededor de un 20% de los jóvenes en Sudáfrica está infectado), por lo que muchas personas -aun vacunadas- no están suficientemente protegidas, según alertan los expertos.
Un repaso por cada una
Cuando apareció Alpha en el Reino Unido, en Europa aún no había empezado la vacunación. Cuando los casos empezaron a subir, apenas había arrancado la campaña de inmunización, centrada primero en vacunar a las personas más vulnerables y a ancianos, lo que se tradujo en una virulenta ola en gran parte del continente.

Con Delta ocurrió algo similar: surgió en India entre abril y mayo, uno de los países más poblados del mundo que sufrió duramente a causa del COVID. Y lo hizo cuando apenas un 3% de su población estaba completamente vacunada, según Our World in Data.
En Brasil, cuando se detectó la variante Gamma, poco más del 2% de la población tenía la pauta completa a finales de marzo, cuando llegó a registrar 3.000 muertes diarias. La tasa de inmunización aumentó desde entonces y ronda el 65%, gracias en gran parte a un robusto sistema de atención primaria.
Por todo esto las autoridades sanitarias de todo el mundo hacen hincapié en la necesidad de la vacunación, ya que, según aseguran, cuantas menos personas vacunadas, más se seguirá transmitiendo el virus, más variantes aparecerán y más lejos se estará de acabar con la pandemia.
Con ese fin, la Unión Europea donó hasta la fecha 116 millones de dosis en total, la gran mayoría a través de acuerdos bilaterales. A través del mecanismo Covax, la iniciativa de la ONU, se destinaron otros 71 millones, pero aún quedan 236 millones más, pendientes de distribución, según explicaron fuentes comunitarias al diario La Vanguardia.

El proceso de donación de vacunas, sin embargo, no es fácil.
Es que una vez se hacen efectivas las donaciones, Covax se encarga de ponerse en contacto con los países que necesitan y aceptan esas dosis, pero hay que tener en cuenta el contexto político de cada uno, ya que en paralelo está la cuestión regulatoria, que lleva a que en algunos países determinadas vacunas no están autorizadas, lo que demora que se puedan aceptar.
Además, algunas dosis, como las de ARN mensajero de Pfizer o Moderna requieren estar a temperaturas muy bajas en freezers ultrafríos que algunos países no poseen, y ese es otro de los escollos a sortear.
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