
Algunos estudios adjudicaban al llamado "efecto de cohabitación premarital" un descenso en la cantidad de divorcios, en particular para los heterosexuales casados después de 2000. Sin embargo, un nuevo estudio comprobó que las parejas que convivieron antes de casarse tuvieron una tasa menor de divorcio sólo durante el primer año: desde entonces aumentaba, y al llegar a los cinco años superaba la de aquellas que se casaban antes de convivir.
"Los beneficios de la experiencia de cohabitación en el primer año de matrimonio han inducido a error a los académicos, que pensaron que los grupos de matrimonios más recientes no experimentarían más disoluciones maritales debido a la convivencia premarital", escribieron los autores del trabajo publicado en el Journal of Marriage and Family (revista académica sobre matrimonio y familia).

"La cohabitación pre-matrimonial tiene beneficios en el corto plazo y costos para la estabilidad marital en el largo plazo", sintetizaron Michael Rosenfeld y Katharina Roesler, investigadores principales del estudio que dirigió la Universidad de Stanford.
Los sociólogos llegaron a esta conclusión al analizar datos de la Encuesta Nacional de Crecimiento de las Familias entre 1970 y 2015, con información de más de 215.000 parejas heterosexuales a partir de entrevistas con las mujeres que las conformaron, hasta la edad de 44 años.
"Antes de que existieran los datos sobre la cohabitación premarital y el divorcio, los académicos presumían que la experiencia de la convivencia haría una selección de las parejas compatibles para llegar al matrimonio, y que eso llevaría a tasas menores de divorcio", recordaron Rosenfeld y Roesler.

"El surgimiento de datos sobre la cohabitación premarital y el divorcio echaron abajo esos primeros preconceptos, en la medida en que se halló que la cohabitación premarital se asociaba con tasas más altas de divorcios", agregaron. Y la convivencia pre-matrimonial "aumentó espectacularmente en los Estados Unidos".
De hecho, esos preconceptos están vinculados a ese aumento. En una encuesta de 2017 realizada por la consultora Barna, el 65% de los estadounidenses adultos considera que es una buena idea convivir antes de casarse y el 57% lo ha hecho. La mayoría de los encuestados opinó que hacerlo no reduce ni aumenta la presión por formalizar, y el 84% coincidió en que la razón principal para vivir con la pareja antes del matrimonio era comprobar la compatibilidad.

Aunque no se conocen aún las causas del impacto negativo de la convivencia sobre el matrimonio que revelaron los datos, los autores especularon que las parejas que se casan primero podrían sufrir un primer año con más divorcio porque tienen un "impacto inmediato mayor" luego del gran día.
Un estudio de 1992, "Cohabitación y estabilidad marital: ¿calidad o compromiso?", de Elizabeth Thomson y Ugo Colella, había identificado también un vínculo entre la convivencia y el divorcio. Tras considerar la posibilidad de que la gente que podía aceptar vivir junta sin casarse podía también aceptar la posibilidad del divorcio con más facilidad, la asociación se atribuyó al peso residual del pasado, cuando convivir antes del matrimonio era algo poco convencional.
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