
El 17 de diciembre de 2014, Barack Obama y Raúl Castro anunciaban el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, lo que representaba un importante giro histórico tras casi medio siglo de tensiones bilaterales. Por esos días, mientras el mundo ponía el foco en esta noticia, por las calles de La Habana deambulaba un turista noruego llamado Ståle Wig, quien llegó a la capital cubana luego de una visita a su familia en México. Previo a su viaje por América Latina, Ståle había ganado una beca en la Universidad de Oslo para realizar un estudio antropológico en Sudáfrica.
Ese “choque cultural” que sintió al recorrer las viejas calles de La Habana y el nuevo contexto geopolítico que se asomaba -y que generaba “ilusión” en muchos locales- cambiaron rápidamente los planes que tenía Ståle para su trabajo. Regresó a Oslo con la intención de solicitar a la Universidad cambiar el destino de su estudio. Las autoridades académicas accedieron a su petición y en lugar de partir al continente africano, volvió a La Habana para realizar su tesis doctoral sobre las reformas económicas en la isla.
Ståle sabía que para reflejar la vida cotidiana de los cubanos debía involucrarse como uno más. Inspirado en el documental “Taxi Teherán”, producción de un cineasta iraní que recorre las calles de su país en un taxi, decide hacer lo mismo. “Sabiendo que los taxistas quieren hablar, me resultó algo interesante de hacer”. Así, ni bien llegó a La Habana compró un auto usando el fondo de una organización llamada Palabra Libre. Al mismo tiempo que iba a realizar su tesis doctoral, decidió plasmar su experiencia en un libro, que años después salió a la luz bajo el título “Taxi Havana”. El coche no era un Buick 57, pero así quedó registrado en el libro.
La dueña del vehículo era -y sigue siendo- militante del Partido Comunista, y es conocida como “la reina del bajo mundo”. En el libro aparece como Catalina, aunque no es su nombre real. Hoy en día, una década después de aquella experiencia, Ståle la considera su “segunda madre”. Al llegar a La Habana, el antropólogo noruego tejió una sociedad con ella: él conducía el auto por las noches, otro chofer lo manejaba durante el día, y Catalina usaba el vehículo para su propio negocio de pelucas, transportando cabello desde el campo hasta la capital para venderlo en el mercado informal. Apenas consiguió la patente del auto, después de un proceso largo y “muy difícil” con “mucho soborno” de por medio, una avería en el motor lo dejó fuera de circulación por un tiempo. Para Wige, ser dueño de un carro en Cuba resulta más una carga que un privilegio: “Pasa más tiempo en el taller que en la calle”.

Además de Catalina, Ståle entabla una estrecha relación con otras dos personas a las que incluye en su libro: Linette, una santiaguera que, tras huir de una relación abusiva en Rusia, se reinventó en La Habana y abrió un negocio de Airbnb; y Norges Rodríguez, un joven periodista que eligió salir del clóset y fundar un blog en tiempos en que los líderes de Cuba y Estados Unidos dialogaban. Norges representó a esa juventud que se entusiasmó con ese acercamiento al punto de considerar que se venían nuevos tiempos en la isla. Pese a las advertencias de su familia y amigos, desafió los límites, escribió sobre derechos humanos y libertad de prensa, y acabó siendo amenazado con 20 años de cárcel, forzado al exilio tras ser señalado como conspirador tras las protestas del 11 de julio de 2021. Catalina, según narra Wige, encarna la contradicción cotidiana: declara su profundo “amor” por Fidel Castro, pero reconoce la crisis en la que está sumida la isla y, aunque en voz alta se expresa como una militante de pura cepa, desde hace años que no se une a las movilizaciones oficiales al no verse representada por las autoridades actuales. Esa dualidad -la necesidad de fingir y adaptarse- se volvió imprescindible para sobrevivir en la isla.
La máscara se resquebrajó aún más después del 11 de julio, cuando miles protestaron en las calles y la represión estatal dejó más de mil presos políticos. El éxodo se aceleró, con dos millones de cubanos dejando el país en apenas dos años. “El futuro se transformó, no en otro tiempo, sino en otro lugar”, dice Wige.
Durante su estancia en la isla, el antropólogo noruego no estuvo exento de la vigilancia del régimen: llamadas telefónicas intervenidas, visitas inesperadas de la policía, e interrogatorios sobre sus actividades. Vivió dos años en La Habana, entre 2015 y 2018. La escasez marcaba la rutina diaria: desde alimentos hasta papel higiénico o mantequilla, la ausencia de productos era cotidiana. A pesar de su salario de la Universidad de Oslo y su pasaporte noruego, Wige compartió las limitaciones de la vida habanera, trabajando de noche como taxista y de día en una feria de ropa y zapatos.
Volvió en 2021 para leerle el manuscrito a Catalina, con un disco de Bob Marley sonando de fondo “para evitar que los vecinos escucharan”. Al regresar ese año, post 11 de julio, Ståle encontró un país “apagado”, con cortes de luz de casi veinte horas en provincias orientales y una esperanza que se había evaporado tras la represión. El aeropuerto de José Martí, describe, se convirtió en símbolo: turistas entrando en busca de una Cuba en transformación, cubanos saliendo convencidos de que el cambio no llegaría.
En su reciente paso por Buenos Aires, Ståle habló con Infobae sobre su experiencia a bordo de un taxi en La Habana, y analizó la situación actual del régimen en medio de la grave crisis humanitaria que azota a la población. Tras sus años en la isla, el antropólogo noruego sostiene que “para comprender a Cuba tienes que experimentarla”.
Respecto a la coyuntura actual, aseveró: “Hay una desesperación salvaje (...) Hay una incertidumbre total de lo que va a pasar”.

-¿Cómo se interesó un noruego sobre la situación cubana?
-Siempre digo que nunca fui uno de esos jóvenes con un cartel del Che Guevara en mi cuarto. Aunque me interesaba el mundo, me interesaba la política, nunca tuve una imagen muy clara de lo que era Cuba. Yo llegué a Cuba porque tengo familia en México y en 2014 había ganado una beca para hacer un estudio en África del Sur. Entonces, yo estaba camino a África del Sur, de cierta manera. Fui a visitar a mi familia en México y mi pareja de entonces me invita a pasar una semana en Cuba porque ya estábamos en México. Esa primera visita a Cuba coincide con las declaraciones de Barack Obama y Raúl Castro cuando reiniciaron las relaciones diplomáticas el 17 de diciembre de 2014. Tras esa primera visita a Cuba, me doy cuenta rápidamente que no iba a realizar ningún estudio en África del Sur, que quería cambiar mi estudio para hacerlo en La Habana. Entonces, regresé a Oslo, y pregunté a mis profesores si podía cambiar. Y al final sí, se pudo. Terminé viviendo en Cuba un par de años, haciendo el doctorado, pero también escribiendo este libro, y gastando el fondo que me había ganado para escribir un libro en el taxi como método de investigación.
-¿Ese fondo era de la universidad?
-No. Yo tenía un fondo de la universidad que era para realizar un estudio sobre las reformas económicas, pero había ganado un fondo de una organización que se llama Palabra Libre para escribir un libro sobre Cuba. Y gasté ese fondo casi completo en comprar el carro como un experimento literario.
-¿Cómo surgió la idea del taxi? ¿Fue tuya o te la plantearon ellos?
-Yo había visto un documental, creo que se llama Taxi Teherán, que es de un cineasta iraní que hace algo parecido. Y viendo los carros en La Habana, y sabiendo que los taxistas quieren hablar, me resultó algo interesante de hacer.
-¿Llegas a Cuba ya para vivir y qué te encontraste? Imagino que mucha incertidumbre al tratarse de una realidad muy distinta a la que estabas acostumbrado.
-Sí, cien por ciento. Es un choque cultural, bastante duro. Al llegar me encontré con una persona, que es la dueña del carro y a la que ahora considero como mi segunda madre. Por alguna razón que nunca logré entender, quería colaborar conmigo, un estudiante noruego, para hacer un negocio de taxi. Yo trabajaba en el taxi, pero también había otro chofer que trabajaba durante el día. Era ir diez veces al cajero automático a sacar mil euros o mil dólares cada segundo día para tenerlo todo en efectivo. Esa inversión iba a ser como una miga de pan, que tú sueltas en un nido de hormigas. Empiezo a conocer personajes, como el mecánico, el que gestiona el petróleo clandestino, pasajeros, y amigos míos que también se vinculan alrededor del carro. Entonces, surgen tres historias o tres personajes.
-¿Qué auto era, y en qué estado estaba? ¿Recordás cuánto costó refaccionarlo?
-La dueña en el libro se llama Catalina; sigue en Cuba, militando para el Partido Comunista y al mismo tiempo es como una especie de reina del bajo mundo. Tiene ese doble rol. Por eso no puedo dar su nombre real. Por eso mismo tuve que cambiar la identidad del carro. En el libro está puesto como un Buick 57, pero es otra marca. Y el nombre de Catalina es otro. Eso está explicado en el libro porque es un poco delicado el tema de las cosas que ella hace. Pero los otros personajes del libro son reales y aparecen con su nombre real.

-Me decís que ella todavía hoy milita en el Partido Comunista. ¿Entonces por qué acepta ayudarte para un proyecto que tiene como objetivo final mostrar la realidad de un país en crisis?
-Bueno, ella también tenía su negocio, y hacemos como una amistad, un vínculo de trabajo juntos, que yo era su chofer. Es una cosa muy loca. Ella es negociante de pelo, de pelucas. En Cuba existe un negocio en el que hay personas que van al campo y se cortan el pelo para la gente, los campesinos que quieren vender su pelo y lo trasladan a La Habana y se vende por izquierda, como dicen, en el mercado informal. Entonces, yo era el transportista. Ella tenía acceso a un transportista para el negocio y también para sus cosas. Y creo que también me convertí en un familiar, porque es una persona que vive sola, ha perdido a su hijo, que vive afuera. Hicimos una linda amistad. Al mismo tiempo que yo era su transportista, empezamos todo el proceso de sacar la patente para el carro, y eso fue muy difícil. Mucho soborno, muchas cosas que teníamos que cambiar y arreglar el carro. Fue muy difícil, pero al final lo logramos. Y justo después, cuando habíamos sacado la patente, se quemó el carro, porque hubo un problema en el motor. Ser dueño de un carro en Cuba es como ser dueño de un caballo o algo así, es pesado. Pasa más tiempo en el taller que en la calle.
-¿Y cómo es el negocio del taxi allá? Porque en todas partes del mundo el taxi es más costoso que el transporte público, y en Cuba particularmente los salarios a duras penas alcanzan para comer. ¿Hay gente que toma taxi o solo turistas?
-Buena pregunta. Hay varias maneras de hacerlo. Existe lo que nosotros conocemos como yo te llamo o tú me llevas a un lugar específico, pero también existe el colectivo, que es lo que yo hacía, que los taxis son más como buses que toman mismas rutas y tú te montas junto con los otros y pagas una tarifa fija. Eso es lo que hacía yo, entonces ahí te encuentras más personas comunes porque no cuesta tanto.
-Volviendo al personaje de Catalina. Contas que formaste una linda relación, que perdura hasta el día de hoy. ¿Ella te hablaba del sistema cubano? ¿Es de las que militan y te intentan inculcar la revolución a como de lugar o, por el contrario, empezó a tener una visión más crítica en los últimos años?
-Es así mismo, cien por ciento. Ella me dijo que el hombre que había amado toda su vida era Fidel Castro. Tenía y tiene un amor por Fidel. Pero al mismo tiempo es una persona consciente de todos los problemas que tiene Cuba. Una vez le pregunté si el primero de mayo iba a salir a la plaza y participar del desfile. Y me dijo “sí, claro, yo voy y participo”. Luego, bajó la voz, cambió la cara, y me dijo que no, que obviamente no iba a estar ahí. Tenía esas dos caras en su personalidad, que se jugaba constantemente entre lo oficial y lo informal. Para mí eso es una historia importante para contar, cómo el sistema te obliga a mantener esa doble cara para lograr sobrevivir.
-Esto ocurrió hace más de diez años ya. Imagino que en la actualidad su disconformidad debe ser aún mayor…
-Sin dudas. En los últimos años se ha caído la máscara un poco aún más del régimen, sobre todo después del 11 de julio con las protestas populares. La desesperación que hay ahora es aún más fuerte que desde ese entonces. Eso eran, como digo yo, los años de la ilusión, que ese subtítulo tiene un doble sentido de ilusión en el sentido de esperanza y alegría, e ilusión de que era una cosa falsa. Ahora Cuba ha experimentado el éxodo más grande de su historia en los últimos años, porque el pueblo, sobre todo los jóvenes, se ha dado cuenta que las transformaciones, los cambios que todo el mundo esperaba no eran así como lo habían esperado. Y se quedan los viejos.
-Más allá de que el auto estuvo más tiempo en el taller, pudiste recorrer como pocos las calles de La Habana durante casi dos años, en una época muy particular ya sin Fidel y en medio del acercamiento del régimen con el gobierno de Barack Obama. ¿Qué encontraste en el cubano de a pie? ¿Cómo notaste la atmósfera social?
-Voy a enfocarme en los tres personajes que te comenté, porque dan un panorama de Cuba. Una es como había dicho Catalina, que tiene ese doble rol de reina del underground y miembro del partido que lanza ese negocio conmigo. La segunda es Linette, que es una santiaguera que sale de una relación muy tóxica, que también es una cosa simbólica. Una relación muy tóxica con un ruso, con el que vivió en Rusia, y sale de esa relación huyendo para La Habana e ingresa en un tratamiento psicológico. Y después de ese proceso de sanación, encuentra una escuela de negocios, un curso de negocios en La Habana que se llama Cuba Emprende y se matricula ahí y lanza un negocio de Airbnb que acaba de abrir sus puertas a los habaneros y los cubanos, y transforma su casa en un alquiler de Airbnb. Y el tercero es Norges Rodríguez, que es un joven periodista que abre su blog. En aquel entonces habían blogs y abre una página privada en las redes al mismo tiempo que sale del clóset y se presenta al mundo como es, como homosexual. Tiene la idea de que es el momento para decir lo que sea, para hablar de cosas que no se hablaba antes, hablar de derechos humanos, de prensa libre, de acceso al Internet, a la información, y de las oscuridades del régimen cubano. Su padre le dice que no, que no se meta ahí, que tenga cuidado, que muchos de sus amigos en los ochenta fueron presos. Pero Norges dice que no, dice: “Mira que están dialogando los líderes de mi país y los de Estados Unidos, tiene que significar que ahora se puede hablar de las cosas”. Y sin darse cuenta, él se mete poco a poco en aguas muy profundas. Cuento en el libro cómo él desarrolla su conciencia política y al mismo tiempo cae en problemas, y toma riesgos muy altos, y se enfrenta, se choca al final con el muro de la dictadura, que lo amenaza y termina mal.
-¿A qué te referís con que termina mal?
-Termina fuera de Cuba, siendo amenazado a veinte años de cárcel. De hecho, él estando fuera de Cuba, sigue apoyando y trabajando como periodista. Cuando el 11 de julio de 2021 hay grandes protestas a través de todas las provincias de Cuba, después en la conferencia de prensa del canciller Bruno Rodríguez, por alguna razón que Norges tampoco logra entender, lo sacan a él y a un par más como conspiradores que han plantado la semilla contestataria en Cuba. Y él toma un papel muy público, y empieza a temer también por su familia que sigue en Cuba y empieza a recibir visitas en su casa en Santiago. Pasan cosas raras, y así termina él fuera de Cuba, expulsado. Es como la historia clásica, ¿no?
-¿Durante tu tiempo en la isla tuviste alguna situación o episodio raro o de amedrentamiento por parte del régimen?
-Sí. Un día estaba hablando por teléfono con mi ex suegra; ella estaba en Noruega. Hablamos normalmente, sobre las cosas de la familia. Y después, cuando colgué, ella vuelve a llamarme, y me dijo que pasó algo raro, que después de que colgué, el teléfono hacía clic y se repitió toda la conversación. Entonces empecé a preguntar a mis amigos que qué significaba eso, y me dijeron todos que eso es una señal que me habían mandado para decirme: “Mira, aquí estamos, hay una tercera en la línea escuchando y lo puedes saludar”. Ese tipo de cosas… También me visitaron en mi casa una vez, y cuando entro en el aeropuerto muchas veces me sacan de la fila y me preguntan “¿realmente qué quieres hacer aquí?”.
-¿La policía te visitaba en tu casa?
-Sí, uno vestido de civil y otro vestido formal. Y me citaron para hablar; eso fue antes de que se publicara el libro, pero después de que se había terminado. Fue justo después del 11 de julio de 2021, cuando fui. Me citaron para una entrevista en inmigración para preguntarme qué me parecía la revolución cubana. Si sabía que con esa visa de turista que tenía entonces no se podía hacer nada de política. A través de esas experiencias se nace como una sombra en tu en Cuba, y una pequeña paranoia sobre en quién se puede confiar y en quién no. Empiezas a cuestionar un poco tu vida. Forma parte de la experiencia de vivir en un Estado autoritario.
-¿Cuántos años viviste en Cuba?
-Más o menos dos años, entre 2015 y 2018. Nació mi hija en Noruega, entonces estuve unos meses afuera, pero dos años más o menos, sí.
-Y después volviste en 2021…
-Volví para leer el libro para los protagonistas, sobre todo para Catalina, que es la que sigue en Cuba. Me había llevado una traducción al español y nos sentamos en su casa y me acuerdo que en la sala pasamos como una semana leyendo el libro, y me corregía cosas y quería cambiar como detalles para no poder identificarla. Hicimos todo eso mientras tocaba el disco de Bob Marley para que no nos escucharan los vecinos, para que no escucharan de lo que estábamos hablando. O sea que hay cierto miedo en el fondo de la experiencia cubana.
-¿Qué notaste de diferente de tu primera estadía a tu vuelta en 2021 post 11 de julio?
-Hay un sentido de que después del 11 de julio se apagó la luz en Cuba de varias maneras. Ahora hay apagones de casi veinte horas en las provincias del este. Pero también la esperanza que hubo durante Obama y la apertura, la llamada actualización del modelo económico, se acabó con el 11 de julio, con más de mil presos políticos y la represión fuertísima que le dio el Estado. La respuesta del cubano, sobre todo el joven, era entonces irse. Y el futuro se transformó, no en otro tiempo, sino en otro lugar. Es como que hubo una sensación de que en este país no hay futuro. Esto se expresó en la fuga de dos millones de personas en dos años. El 11 de julio es como el catalizador casi de esa salida.

-Al principio de la entrevista me hablabas de “choque cultural”. ¿Cómo viviste esa realidad tan distinta a la que estabas acostumbrado? ¿Te afectó de alguna manera?
-Hay una frase en el libro que narra esa transformación en mí. Aunque no tenía una visión muy planteada de lo que era Cuba, sí llegué con esos ojos que están buscando constantemente las transformaciones sociales. Poco a poco, fui notando, y dándome cuenta cada vez más lo que estaba congelado. Hay un fenómeno, un lugar interesante que creo que explica mucho de la paradoja de Cuba, es el aeropuerto de José Martí. En el primer piso entran millones de turistas yendo para Cuba, para ver una sociedad que supuestamente se está transformando muy rápido y quieren verlo antes que se cambie. En el segundo piso están saliendo millones de cubanos con una visión opuesta, que es que este país no se está transformando de la manera, por lo menos, que se afecta o que se mejora mi vida, que aquí no se está transformando nada importante y que me voy. Entonces, entre esos dos grupos hay un abismo, y yo formaba parte de todo ese interés internacional por Cuba, de periodistas, de escritores, de cineastas, que iban a Cuba buscando cambios, y salí con el corazón roto y con un entendimiento más profundo sobre las cosas que no se están cambiando. Y dándome cuenta también de que hay muchas cosas que yo tomo por sentado afuera, como el acceso a la comida, el acceso al transporte que funciona, acceso al petróleo, a la corriente. En Cuba hay temporadas de todo, no solo aguacate y mango, sino también papel higiénico, huevos, y mantequilla, que una semana no hay. También me doy cuenta que aprecio mucho el poder realizar un evento, una lectura, una asociación de amigos o de colegas, donde se puede expresar sin tener un grado de miedo cuando te vas a la cama durante la noche. Una manera de vivir que los cubanos quieren, pero no pueden.
-¿Vos también sufrías esa escasez pese a tener tal vez otros recursos en comparación a la media?
-Durante varios meses vivía en la casa de Linette, que es la empresaria que abre su negocio. Luego empecé a vivir solo en una casa normal en el centro de La Habana. Por la noche trabajaba con el taxi, y durante el día trabajaba en una feria de ropa y zapatos para el estudio antropológico del doctorado. El método del antropólogo es meterse en el mismo ambiente y rodearse de la misma mierda, que sea normal en la sociedad en que estás. Pero sí que tenía un salario, muy básico, pero de la Universidad de Oslo, que me pagaba, y me permitía vivir bastante bien en el contexto cubano. Pero sí, cada uno que vive en La Habana obrera normal, donde vivía yo, en el centro, va a experimentar muchas cosas que experimentan los cubanos: los apagones, la basura en todos lados, la escasez, la falta de huevos, etcétera. Entonces sí, yo era diferente y tenía ciertos privilegios, sobre todo mi pasaporte noruego, que me permitía viajar o salir, ir a la embajada si tenía un problema, pero también el proyecto siempre era tratar de acercarme un poco más allá del periodista o del visitante a la realidad cubana.
-¿Alguna vez sentiste que alguien, tal vez por necesidad o desesperación, se quiso acercar a vos para poder conseguir algún tipo de beneficio?
-Sí, por desesperación. No puedes pretender que tú andando por la calle no eres diferente o que nadie va a pensar en que tú tienes en tu bolsillo una tarjeta o un pasaporte que te permite viajar. El arma secreta del antropólogo es el tiempo; semanas tras semanas, mes tras meses se cae un poco esa visión hacia ti, porque estás ahí cada semana en la feria trabajando y conoces a personas, a sus amigos, sus padres, y vas al cumpleaños, y entonces, poco a poco te transformas en una persona normal, humana.
-¿Tuviste alguna experiencia que te haya marcado hasta el día de hoy?
-Sí, cien por ciento. En general yo creo que vivir dos años en Cuba, acercarme un poco al dolor cubano, pero también a la alegría cubana, la creatividad, la ingenuidad, me cambió la vida. Yo era otra persona cuando entré, y menos ingenuo, pero sí me ha marcado la vida, sin duda.
–El pueblo cubano lleva meses sufriendo una alarmante crisis humanitaria. En paralelo, crece la presión de Estados Unidos contra la dictadura, que pareciera estar en su momento de mayor debilidad. ¿Vos cómo ves la situación actual? ¿Ves factible un cambio de régimen?
-Cuba está viviendo la crisis más seria de toda su historia moderna. Es una crisis de todos los niveles. Es una crisis económica en la que el Estado está casi sin dinero, está casi sin ingresos. El cubano está pensando si se levanta por la mañana y no sabe si va a tener una cena. Hay una desesperación muy salvaje. Hay provincias que tienen más de veinte horas de apagón, escuelas que no tienen profesores y hospitales que no tienen médicos. La falta de petróleo, que es lo último que ha impulsado Estados Unidos, pero que también tiene una explicación estructural, interna, es la falta de petróleo que tiene el país. Pero también hay una crisis política y espiritual, en la que hay un pueblo que siente que el Gobierno ya no los representa, que no tienen casi nada ya de legitimidad. Esa generación revolucionaria de los cincuenta y nueve, de los sesenta, que se va muriendo y se ha cambiado en una clase, una casta, el poder, la gente lo ve corrupta, sin ideología. Y está al final la situación internacional y que se ha caído el primer aliado, el gran amigo del régimen en Venezuela y el gran apoyo que tenían con Venezuela, con petróleo, con el intercambio de doctores, y dinero, que mantenía a la economía y la política cubana, que ya se ha caído. La presión de la administración Trump es muy fuerte, y el régimen está negociando con la espalda contra la pared. Entonces, el resumen de todo eso es una incertidumbre total de lo que va a pasar, porque solo sabe Marco Rubio y un par de otras personas en Cuba de lo que están dialogando. Yo veo una esperanza en algunos sectores de la sociedad cubana de que sí, que la historia se está moviendo, pero también una preocupación viendo lo que pasó en Venezuela. El cambio que hasta ahora no ha sido un cambio muy estructural, ha cambiado un par de personas y se han soltado un par de prisioneros políticos, pero no se ha cambiado hacia una democracia real. Y creo que muchos cubanos disidentes y activistas por los derechos humanos también temen que Trump sea un falso amigo.
-¿El cubano qué mirada tiene hoy de Trump?
-Hay un poco de todo. Hay una preocupación de algunos cubanos por lo que pueda hacer Trump, y también en otras partes una fascinación por todo lo que viene de los Estados Unidos. Se ve mucho la bandera de los Estados Unidos en Cuba, e incluso en la feria donde yo trabajaba vendíamos licra con la bandera de los Estados Unidos.
-Para ir cerrando, ¿si le tuvieses que explicar a un noruego qué es Cuba cómo la definirías?
[Demora unos segundos]
-¡Wow! Nunca me han preguntado eso. Cuba es de los pocos lugares del mundo todavía que puedes pasar un día yendo a un restaurante, tomando un taxi, yendo a un bar, y acostarte en la noche, y solo haber contactado con el Estado. Eso es muy raro. Hay restaurantes estatales. No hay propaganda comercial en la calle. Es todavía el museo de autos clásicos de aire libre más grande del mundo. Es un experimento histórico, político, cultural muy curioso que mezcla la Unión Soviética con el Caribe. Es un lugar en el que las relaciones sexuales parecen una guerra. Es un lugar en donde se sufre, pero se goza, como se dice. Tengo un amigo que siempre dice que el cubano es como el delfín que se ríe mientras tiene agua hasta aquí [se señala el cuello]. También es un lugar de una desesperanza espiritual muy profunda, en que el futuro se ha convertido en otro lugar. La meta principal del joven es marcharse, por la traición del poder hacia las nuevas generaciones. Entonces, todo eso me llama mucho la atención. [risas]
-¿Para entenderla hay que vivirla, no?
-Para entenderla tienes que vivirla, sí. A lo mejor manejás un taxi.
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