El debut literario de Maximiliano Costagliola no podría ser mejor: su primera novela, "El arponero del aire", ganó el Premio del Fondo Nacional de las Artes con Juan José Becerra, Gabriel Bellomo y María Martoccia como jurados; fue finalista del Premio Emecé y el sello Seix Barral del Grupo Editorial Planeta la publicó. Sin embargo, eso no es lo más importante: lo central es cómo arriesga a construir un texto con una voz personal, sobre la base de una potente primera persona y con un trabajo elaborado con el lenguaje y las diferentes temporalidades del relato.
El protagonista del debut de Costagliola nació en un vuelo de Aerolíneas Argentinas y por tan extraña situación la empresa le regaló pasajes en avión de por vida. Joven y ante una pobre perspectiva, decide aprovechar esa situación para viajar a Madrid, pero en el momento en que llega a Barajas se da cuenta de que "perdió" cinco horas y que no está dispuesto a resignar eso que considera una verdadera estafa. A partir de ahí comenzará una suerte de derrotero en aviones a lo largo del mundo y sus aeropuertos.
El autor acaba de atravesar la barrera de los 30 años, es un politólogo retirado de la ciencia muy pronto para dedicarse a escribir. Trabaja como librero en la ciudad en la que vive, La Plata, y es un lector detallista de sus contemporáneos. Costagliola estuvo en la redacción de Infobae para esta entrevista en la que habló sobre su elaboración narrativa, la reflexión que desarrolla sobre el tiempo y la preocupación que le produce "el vaciamiento de los vínculos" que le asigna a las redes sociales y a la tecnología.
—La apreciación está muy bien. Por un lado, el personaje busca este propósito y esta reacción ilógica de vengarse del tiempo y de ahí el paralelismo con Volver al futuro y, por otro lado, con Augé está la idea de interpelar ciertos lugares, ciertos espacios propios de las ciudades modernas que funcionan como no lugares. Los cibers, los aeropuertos, que son lugares que no son generadores de identidad. La identidad es lo menos importante, pasa por un carné o un ticket. En ese sentido, buscaba también interpelar las elecciones de vida y los modos de vida de la modernidad y de usar los claroscuros.
—Sí, porque el aeropuerto es un no lugar marcado por Augé. Me interesaba mucho el trabajo con las sectas, que tiene que ver un poco con esta filosofía o seudofilosofía donde se mezcla mucho un cristianismo de clase B con el New Age, y de alguna manera terminan abduciendo a las personas y funcionando como no lugares. También busqué, y no sé si lo logré, pensar en los vínculos humanos en los no lugares, esta especie de relaciones vaciadas donde interesa más lo que uno es en apariencia que en esencia. Por eso el personaje está a la deriva todo el tiempo.
—Oliverio Coelho me contaba que le hubiese sido imposible, si de antemano le contaban cómo era la historia, montarla sobre una primera persona. Fue una decisión que la novela estuviese cabalgada en una primera persona, justamente por esto que contabas vos y que tiene que ver con establecer un ritmo narrativo que imponga una experiencia de lectura frenética, turbulenta y que sea como un vuelo marcado por las corrientes de aire para que el lector tenga esa experiencia que tiene el personaje mientras lee, para generar cierta empatía entre el lector y el personaje.
—Al personaje le falla el radar de la intuición todo el tiempo. La búsqueda de identidad, que es lo que prima en las road movies, es un derrotero de equívocos: nadie puede responder a la pregunta: "¿Quién soy?". En esta búsqueda, el personaje se pierde y su racionalidad, que funciona dentro de un marco ilógico, termina conduciéndolo siempre por el derrotero equivocado, por eso es una búsqueda de la identidad muy precipitada. Especialmente lo que consigue es reafirmar su trauma, en lugar de llegar a una meta determinada, sin esa linealidad que presentan las road movies.
—Hay una ruptura porque creo que esa linealidad es mentirosa o que supedita la formación de una identidad a las relaciones filiales y creo que no es tan así. Tiene que ver mucho más como una búsqueda, como en el jazz, donde a partir de un esqueleto se van formando distintas variaciones y se va acercando a lo que se busca. Me parece que la búsqueda de la identidad tiene que ver más con ese proceso que con un proceso lineal y plano.
—Sí, buscaba también que a partir de cierta circularidad planificada en el texto haya una apertura de distintos vectores temporales y en eso me parecía interesante que se pudiese leer desde distintas percepciones temporales, que tenga varios registros de lectura. De hecho, si uno la piensa bien, es una novela capicúa, es un oxímoron la novela, el capitán de abordo no puede ser el mismo diez años después. En ese sentido, la novela está trabajada bajo diferentes percepciones temporales, que es lo que le va sucediendo todo el tiempo al personaje en esa aventura descabellada que todo el tiempo lo va marcando y lo va traccionando.
—Yo digo que frente al desamparo metafísico que siente el personaje la única forma de transformar esa experiencia ilógica pero desgarradoramente humana era trabajarlo a través de un humor incluso corrosivo, que podríamos decir que por momentos se trata de un cinismo neurótico. La detención del tiempo era algo buscado, porque el personaje está convencido de que mientras permanezca en ese no lugar que es el aeropuerto, la condena no le va a ser efectiva. Esa poda de horas conceptual que sufrió no se le va a ser efectiva, con lo cual el aeropuerto funciona a la vez como refugio y como condena, por eso me interesaba lograr un clima de suspensión del tiempo y, como vos decís, remitiendo al carnaval, sólo que esto sería la contracara del carnaval.
—Es una novela que piensa el tiempo, pero también piensa los espacios; el tiempo es un trampolín para pensar los espacios. De todos modos, sí hay una reflexión muy importante sobre el tiempo justamente porque es un concepto que tanto filósofos como pensadores han discutido desde el principio de la civilización y nunca se han puesto de acuerdo. Prefiero sentencias más poéticas como la de Marcel Proust de: "El tiempo es igual para los relojes pero no así para el hombre" o la que el personaje encuentra en la novela: "El tiempo es la inquietud del ser". Me interesaba más trabajar el concepto cualitativo de la temporalidad que el concepto del tiempo con una raigambre filosófica.
—Cuando comenzamos a tener conciencia del tiempo, notamos la condena que el tiempo significa. Como bien lo entendieron los griegos, la vida en el fondo es trágica y el arte en un sentido tecnológico no puede reparar nada, sólo puede aspirar a ser el sucedáneo de esa narrativa trágica de la vida.
—Un tema que me obsesiona es el de las redes sociales por este vaciamiento de los vínculos que me parece que produce, por la celeridad y la urgencia que establece en las relaciones y en la información. Con las nuevas tecnologías se ganan muchas cosas y también se pierden otras y esto tiene que ver un poco con que las nuevas tecnologías no sólo operan un vaciamiento de vínculos, sino que le inyectan psicosis a las sociedades, bombardean al individuo con información todo el tiempo y se hace muy difícil procesar esa información y eso conlleva una carga de ansiedad muy grande. Es muy difícil discriminar entre qué leer y qué no leer o qué escuchar y qué no. La novela trata de pensar todo eso y las nuevas relaciones con la tecnología en el sentido de las elecciones que hacemos hoy. Hace poco escuché en un programa de radio que había mucha gente que estaba cerrando Facebook porque decía que vivía más feliz. Supongo que eso tiene que ver con que muchas veces nos alienamos detrás del Facebook o detrás del celular y vamos olvidando pautas humanas que son básicas. En ese sentido este vaciamiento de los vínculos que produce la tecnología está bueno pensarlo y analizarlo, pero creo que todavía no tenemos las herramientas para decodificar todo ese mundo que supone la tecnología y la red global.
—Cada vez hay menos tolerancia a la lentitud y, por lo tanto, a los modos de leer más lentos que exigen determinadas novelas, no sólo las del siglo XIX, sino muchas del siglo XX o actuales del siglo XXI. Cada vez hay más reticencia a eso y creo que tiene que ver con lo urgido de las nuevas tecnologías y la información a la que se accede por estos medios. En la lentitud también está la posibilidad de la conservación de una literatura. En la medida en que seamos rehenes de estos tiempos urgidos que nos imponen las nuevas tecnologías, la literatura va a tender a desaparecer tristemente o va a tener que adecuarse como un formato, como lo está haciendo el cine.
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