El miedo, herramienta del tirano

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El hombre tiene dos enemigos principales que lo acosan: uno de ellos tiene su residencia en el pasado. Es una sombra que se proyecta desde allí sobre el hombre. Es la culpa.


El otro habita un lugar que aún no ha nacido. Este es un fantasma que anuncia, que advierte, que previene. Es el miedo.


Ambos son no más que ilusión, apariencia; pero el uno y el otro poseen un poder de convicción tal sobre su mentirosa verdad que arrancan al hombre que convencen del tiempo vital del presente.

Dejemos hoy de lado al primero y veamos los propósitos y los efectos del segundo, como también a los usufructuarios de ese poder ilusorio y despótico que atormenta al hombre con su representación anticipada de un mal inexorable.


El miedo tiene como objetivo minar las potencialidades que el hombre posee para mantenerse erguido y firme en su dignidad. Por eso, enfila con toda su fuerza y su determinación hacia el baluarte de la valentía. Sabe que, cuando derribe esa muralla, ya no le hará falta combatir para vencer, sólo deberá esperarlo sonriendo socarronamente.


Cuando esa defensa es débil, el miedo se apodera fácilmente de la voluntad del hombre y su dominio llega prontamente a ser absoluto. Pero si ese bastión de la valentía tiene la fortaleza de lo inexpugnable, el miedo atacará en el campo de los afectos más preciados del oponente, en el que residen otros seres y bienes superiores. Allí donde la conciencia moral depositó sus afanes y sus más íntimos afectos es donde el baluarte de la valentía suele sufrir un desmoronamiento, por el que penetra triunfante el miedo. La amenaza a un ser querido suele ser la puerta que se derriba para atacar ese bastión.


Los usufructuarios principales de este gran poder que el miedo tiene son los hombres que quieren convertir a su voluntad personal en el amo absoluto de los otros hombres. No los mueve en su derrotero sólo el ansia de apoderarse y acumular bienes materiales, sino que su máximo gozo reside en apropiarse de las voluntades y someterlas.


Esos usufructuarios son el mafioso y el tirano, a quienes sólo los diferencia el ámbito en el que actúan.


Las reglas y las leyes son obstáculos que no tardan en derribar, mientras simultáneamente les atribuyen maliciosamente el carácter de impedimentos para la felicidad y la prosperidad de los hombres, bienes que proclaman llevar a sus sometidos con la seguridad de una protección que sólo ellos pueden brindarles. Esto en la medida en que cada uno se haga merecedor por su grado de subordinación, e incluso de agradecimiento, a ese poder que les promete un sometimiento libre de sinsabores.


El tirano, como el mafioso, antes de abrir las compuertas del miedo, comienza con la acción de seducir, cautivar, hipnotizar, prometiendo la protección y la participación en el banquete, a cambio de la renuncia a ideales, principios y también bienes, y una obsecuencia que alcance el nivel del aplauso. Además de una renuncia primigenia e inexcusable a cuestionar, dudar e incluso simplemente opinar sobre lo decidido por el tirano. El mafioso, como el tirano, sabe que la simple duda sobre la vigencia y la efectividad de su poder equivale a perderlo.


Cuando la conciencia moral de un hombre lo ha afirmado en su autonomía, cuando no admite más imposiciones ajenas que el convencimiento por la razón y las razones, suele ese hombre alzarse contra esa acción de seducción y es ahí donde esa sublevación es reprendida por el dictador a través de la amenaza. Desde el atril del magisterio soberano se levantará el índice acusador que señalará al imprudente la consecuencia de su insensatez: esa serie de males que sobrevendrán si no adhiere "voluntariamente" a la felicidad prometida en la participación del banquete, o al menos en la paz de una vida en camposanto bienhechor.


Cuando el baluarte de la valentía sigue resistiendo a la claudicación frente a la seducción y la dignidad monta en el corcel de la libertad, la insurrección recibirá de inmediato la condigna represión de una fuerza de choque que permanecía ostensiblemente exhibida para amedrentar a los rebeldes, pero dispuesta a dar el escarmiento al sedicioso. Ello no sólo para obtener por la fuerza la sumisión, sino para exorcizar con el miedo ejemplificador cualquier idea semejante de insubordinación en quienes se atrevan a pensar siquiera en caer en la misma insensatez.


Y las ventanas por las que pueden verse los diferentes mecanismos de ese miedo institucionalizado como sistema de gobierno nos muestran: la decisión dominante derivada del pensamiento y la voluntad excluyente del dictador; la consecuente imposibilidad de opinión ajena; la despreciativa y malintencionada falta de información y la deformación de la verdad a través de la mentira; la descalificación difamante de toda información que se atreva a discrepar con la opinión excluyente; el cierre de todo órgano de comunicación que no informe la verdad oficial. También el desconocimiento de cualquier otro poder y la persecución de quien pretenda asumirlo; la calificación de corporación a cualquier poder legítimo que quiera ejercerse; el dictado sin límites de reglas que aseguren y acrecienten el poder; la eliminación o el desconocimiento y la violación de las que limiten ese poder, en especial las leyes fundacionales del poder soberano del pueblo; la pretensión de perpetuarse para la eternidad; la exacción de bienes ajenos sin derecho a retribución; la privación del disfrute de bienes legalmente adquiridos; la distribución arbitraria de bienes producidos por unos para beneficio de otros que no producen; la negación de los sagrados derechos a la libertad y a la justicia.


Y cuando el dictador ve amenazado su poder, acude a producir el miedo, que instala en las conciencias inocentes del pueblo. Presenta así a sus opositores como los agentes del mal, que habrán de despojarlo y dañarlo con las más atroces calamidades. El miedo será el estandarte de su campaña para conservar el poder. A veces contará con la asistencia de intelectuales y periodistas con engañosa reputación de libertarios.


El miedo es el alimento que los tiranos sirven a la mesa del pueblo para hipnotizar a unos y envenenar la voluntad del resto.


El autor fue Juez y presidente del Tribunal Superior de Justicia del Neuquén.