Nací en la época en que Ricardo Enrique Bochini ganaba su último título con la camiseta de Independiente y al poco tiempo se retiraba. Quizás el punto exacto del quiebre de la historia o por ahí lo que me lleva a pensar eso es la susceptibilidad misma de sentirme parte de la piedra angular de lo que llamo la generación perdida. Miles de hinchas, millones, que crecimos entre la sequía y la debacle.
Formo parte de la generación perdida y, aviso antes de que sigan leyendo, voy a ser duro en mi análisis. Crudo. Lastimaré orgullos, hasta el mío. Pero crecí en casa de psicólogos y creo que la realidad, por más sangrienta que sea, sirve para empezar a construir o reconstruir el camino deseado. Temo que ganaré más enemigos que elogios, aunque mi única finalidad es aportar un granito de arena desde mi rol de comunicador.
Entre los sinuosos caminos del profesionalismo (sin contar los títulos amateurs como otros clubes prefieren hacerlo) y aquellos últimos tiempos del "Bocha", Independiente acostumbró a los hinchas a ganar 1 título cada un año y medio, aproximadamente. Y coronas de real fuste: 7 Libertadores y 2 Intercontinentales brillando en el pedestal máximo. A partir de ese punto, fueron más de 25 años de éxitos esquivos: 1 título cada cuatro años y medio, con un descenso en el centro de la escena.
En una etapa donde el común del hincha celebra derrotas ajenas y la cantidad de papelitos tirados desde las tribunas, pretendo un baño lacerante de realidad. Busquemos volver a crear aquel Independiente. No puedo negar que a pesar de que la idea daba vueltas desde hace tiempo en mi cabeza, Pellegrino fue quien terminó de asentarla: "No nos podemos quedar mucho en la historia, porque es buena para transmitir valores, pero a veces te estanca. Debemos defender la historia, pero debemos tener presente la realidad".
¡Qué huevos, viejo! Un entrenador resistido a priori, con una idea de juego que no enamora en la génesis, se sentó delante de todos y dijo lo que muchos sabemos pero intentamos nublar. Tapar con las derrotas ajenas, con los papelitos de la hinchada, con los despechados gritos de goles en el extranjero de algún ex. Desde el público no hubo mayor resistencia. Entonces me envalentoné y decidí escribir esta columna, con mucho más tono de carta, donde intento hablar -hablarnos a todos- a corazón abierto.
Mi generación creció desértica, en medio de algunos inciensos con aroma pasajero a buen fútbol para que aquellos que vivieron los casi 90 años de alegrías puedan graficarnos en carne vivía lo que es Independiente. No sólo me refiero a éxitos y hazañas, sino a estilos. El famoso paladar negro, que algunos quieren defenestrar en base a la globalización del triunfo como único objetivo, es una pieza clave de nuestra identificación.
A menudo intento hablar con los longevos, escucharlos, aprender y recordar. Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz. Maril, de la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla. El "Bocha" haciendo goleador a cualquier nueve. Bertoni siendo su socio implacable. Boneco. Pastoriza al mando de la epopeya en Córdoba con 8 jugadores. –"Vayan, hagánse hombres, jueguen y ganen", frase que me emociona y la siento representativa por el "jueguen", antes que el "ganen"-. El título, el día que nuestro clásico se iba al descenso. Pepe Santoro, ídolo devenido en bombero de los incendios forestales recientes. No quiero mentirles: temo que esa sea mi única fuente de transmisión a la hora de explicarles a mis hijos lo que es verdaderamente Independiente.
Estoy más cerca de ser padre que pequeño hijo. Y hay algo que no se va a negociar: serán de Independiente. Es la única herencia que tienen prohibido esquivar. Por tal motivo, quiero pelear para que crezcan con un Independiente mejor, el de antes. El que mamó mi viejo y mis abuelos (ya expliqué en otra ocasión el fanatismo de mi abuela).
Supongo que usted, que está leyendo y a regañadientes mascullando la bronca por esta penosa realidad, quiere lo mismo. El fin de la generación perdida. Que los Agüero, Milito, Gustavo López, Montenegro, Insúa, Cambiasso, florezcan de las tierras de Villa Domínico. Que nos guíen rumbo a títulos con la impronta nuestra. Que cuando los Tevez o Saviola decidan volver a sus clubes, no miremos a los costados y terminemos rogándoles a referentes de papel (¿tanto nos aportaba el retorno de Denis o es escasez de recursos?).
La reconstrucción real empieza con usted y yo comprometidos en la causa. Derrumbemos estos años de malaria. Que aquellos fósforos de esperanza que se encendieron con el "Kun" o el "Mariscal", decididamente se transformen en una fogata que nos devuelva el fuego interior que logró distinguirnos aquí y en el mundo.
¿Por qué escojo este momento para este análisis? A un año de dejar en el camino el peor momento de nuestra historia, con un proceso a punto de empezar, creo que es necesario afianzar las bases para construir un proyecto acorde a lo que siempre fue Independiente. No nos ceguemos con pobres triunfos pasajeros. No exijamos más de lo que hay y sí demandemos bases que asienten la estructura desde los juveniles. Que el club no gaste más de lo que tiene –la vieja administración de los gallegos–. Que Independiente vuelva a ser Independiente.
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