Si antes de la existencia de este Barcelona, como del Surrealismo (surgido en 1924 en Francia de la mano del poeta André Breton), un equipo salía a jugar con un 3-7-0 una final del Mundo, en la previa se lo hubiera insultado o alabado (depende la corriente que se integre, igual que en el arte). Se hubiera afirmado en una crónica de anuncio previa: "El Barcelona saldrá a jugar sin puntas para contener al poderoso Neymar y tratar de poblar el medio para buscar una contra o pelota parada que lo acerque al triunfo o de última a los penales para intentar quedarse con el título". Pero no, detrás de este equipo, el mejor de todos los tiempos, hay un antes y un después porque hay un loco o un genio creador.
Para marcar tendencia y hacer historia hay que ser muy grande. Por más que el "Pep" sea callado y Dalí haya sido de los más histriónicos de todos los tiempos, a punto tal que lo echaron del movimiento y dejó como frase "el Surrealismo soy yo", Guardiola tiene un equipo que se soñó desde que el fútbol se inventó y se plasmó en un cuadro de juego. Perdón, en un campo.
El Surrealismo intenta plasmar por medio de formas abstractas o figurativas simbólicas las imágenes de la realidad más profunda del ser humano, el subconsciente y el mundo de los sueños.
El "Pep" no pone delanteros, dejó ir a Zlatan Ibrahimovic, se le fracturó Villa, pero contra el Real sano no fue titular y su idea fue la misma, acaso con Alexis como "punta" en el once inicial. Cesc venía jugando arriba y los tres mágicos que se dicen de memoria en el medio: Xavi, Busquets e Iniesta. Pero contra el Santos cambió lo que le dio siempre resultados. Metió el pincel y lo metió de punta a Iniesta por izquierda, adelantó al medio a Dani Alves por derecha, entró Thiago a complementar a Busquets y lo dejó a Xavi por izquierda para no perder su pequeña gran sociedad con Iniesta. ¿Los otros puntas? ¿Rooney, Suárez, Benzema? ¿Hombres con oficio? No. Messi y Cesc.
Y a tocar y a tocar, como siempre. Todos por todos lados y a marear al rival sin necesidad de un bidón para hacerlos vomitar. Sin puestos fijos generan un desorden ordenado porque entran y salen, a veces cansinos y otras como flechazos, a una velocidad que no se había visto en el fútbol mundial.
Y hacen un culto del tiempo en todo sentido. No les interesa si están cerca del arco rival porque pueden llegar en 10 segundos o en tres minutos, con una fineza y un alto grado estético que conmueve al más duro de los espectadores. Para muestra basta un frasquito: 0-1 en el Bernabéu ante el mejor Real de los últimos tiempos. Si no existiera este Barcelona, el Real se quedaría con todo. 0-1 a los 22 segundos por un error de Víctor Valdés. Pero nada inmutó a Guardiola, que le pidió a sus artistas que se la siguieran pasando a su arquero y que en la cancha hagan todo igual. Que le pinten la cara otra vez al Real y que jueguen sin reloj, sin tiempo. Es que podrían jugar tres partidos seguidos y no sentirlos. No porque no corran, porque para lo que hacen necesitan un gran desgaste, sino porque lo disfrutan, porque en todo momento están dejando una obra firmada a cada paso. Y así estamparon y le dejaron un marco al 3-1 en casa ajena: jugando, tranquilos, sin ver el marcador, sin apurarse, porque mientras se mueven parece que pinchan el tiempo, que sólo están ellos y el mundo se detiene.
Quizás la obra cumbre de Salvador Domènec Felip Jacint Dalí, i Domènech sea La Persistencia de la Memoria (conocida también como Los Relojes Blandos) -foto de nota-, obra en la que según muchos teóricos Dalí ilustró su rechazo del tiempo como algo rígido.
Cuando un Caballero como Guardiola tuvo que salir de los moldes en un ámbito en el que su archirrival Mou se mueve como pez en el agua, gritó a los cuatro vientos "Yo soy Surrealista" y sorprendió al Planeta fútbol: "Tú eres el puto amo, tú eres el puto jefe", le escupió cual el incorrecto Dalí en su propia Madrid al mismísimo Mou. Es que "Pep", luego de no poder ganarle al Real por la Liga (1-1, con un hombre más durante 70 minutos) y perder la Copa del Rey frente al mismo rival, necesitó un golpe de efecto para levantar un vestuario que veía mal antes de la Champions. Si aquí se dijo que el Surrealismo habla de figurativas simbólicas e imágenes de la realidad más profunda del ser humano y el subconsciente, ¿qué fue eso entonces?
Al margen de todo, un entrenador que para un 3-7-0 como dibujo táctico supera el mote de entrenador. Guardiola es mucho más que eso. Y ya está en la historia como el hombre que comandó con formas totalmente abstractas y fuera de lo común, con movimientos que nunca se habían visto y detalles increíbles al equipo que todos soñamos algún día: el mejor de todos los tiempos.
Gonzalo Mozes
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