Los desaparecidos de Irán

Haleh Esfandiari es una académica iraní, directora del Programa para Medio Oriente del Woodrow Wilson International Center de Washington. En 2007 pasó 4 meses en confinamiento solitario en una cárcel de Teherán

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A raíz de la disputada reelección del presidente Mahmoud Ahmadineyad en 2009, el mundo entero contempló cómo decenas de miles de iraníes salían a protestar a las calles, donde fueron reprimidos por la fuerza, arrestados o algo peor. Aunque ahora hay mucha menos información sobre Irán -a pocos corresponsales extranjeros se les permite entrar en el país- la represión se ha mantenido e incluso intensificado desde esos eventos, con arrestos generalizados, depuración del personal docente en universidades, cierre de publicaciones y fuertes restricciones a la actividad política. Empero, los seguidores del Movimiento Verde no han sido silenciados por completo, como deja en claro Zahra's Paradise, una potente novela gráfica ambientada en el Irán contemporáneo.

La novela inició su vida en forma de blog de un activista iraní estadounidense anónimo y un artista argelino -que se llaman a sí mismos Amir y Khalil-, que se valieron de personajes ficticios para narrar la historia de la represión. Mediante un diálogo áspero y dibujos en blanco y negro de estilo historieta -a veces dramáticos, otras irónicos-, los autores se propusieron exponer el funcionamiento represivo del Estado y la tragedia que significa en la vida de los individuos. El blog tuvo tanto éxito que fue traducido a varios idiomas y ahora acaba de publicarse en inglés, en forma de libro.

La historia se inicia el 16 de junio de 2009, inmediatamente después de las protestas electorales. Una mujer, Zahra, está buscando a su hijo Mehdi, de 19 años de edad. Al igual que muchos otros manifestantes jóvenes, él desapareció durante las protestas; la última vez que lo vieron se dirigía con su hermano a participar en una manifestación en la Plaza de la Libertad de Teherán, vestido con una camiseta de Bob Marley. En la búsqueda, Zahra recibe la ayuda de su hijo mayor, Hassan, bloguero activo y miembro del activo mundillo juvenil iraní. Mehdi y Hassan fueron parte de las decenas de miles de jóvenes que se congregaron bajo el estandarte de dos líderes de la oposición, Mir Hossein Mousavi y Mehdi Karrubi. En muchos sentidos, Mehdi es representativo de los hombres y mujeres jóvenes del Irán actual que tratan de hacerse un lugar en las grietas que se han formado en los estrictos códigos políticos y sociales del régimen islámico. Practica karate, escucha rap iraní e idolatra a Zinedin Zidane, la estrella del fútbol francés de origen argelino. Estaba preparando sus exámenes de ingreso en la universidad cuando desapareció.

La madre y el hermano empiezan a buscar a Mehdi la tarde de su desaparición y esa búsqueda se convierte en una odisea. En la Plaza de la Libertad, donde iniciaron la búsqueda, Zahra y Hassan sólo encuentran a los barrenderos recogiendo los escombros que quedaron después de que la policía y sus matones atacaron a los manifestantes: un zapato abandonado por aquí, manchas de sangre con forma humana por allá. En los hospitales de la ciudad, encuentran las camas llenas de los heridos. "Tantos chicos y chicas de la edad de Mehdi, como atacados por una plaga", piensa Zahra la madre. Los Guardias de la Revolución irrumpen en el hospital para sacar a rastras de las camas a los heridos y llevárselos en camionetas sin ventanas. A las puertas de la prisión de Evin, un funcionario de aspecto importante se muestra indiferente ante Zahra, que le suplica información sobre su hijo. Ante las rejas, otras personas recuerdan la suerte corrida por la fotógrafa de prensa canadiense-iraní Zahra Kazemi, que murió en Evin, presuntamente a causa de una hemorragia cerebral provocada por el golpe que le asestó el juez Mortazavi. "Piensan que pueden silenciar a nuestras mujeres, derribar a golpes a nuestras Zahras o borrar su memoria", señala uno de los presentes.

Camino a la morgue, Zahra y Hassan ven los cuerpos de los manifestantes ejecutados colgados de grúas. Finalmente terminan en Behesht-e Zahra (el Paraíso de Zahra), el vasto cementerio de Teherán, de donde el libro toma su irónico título (Zahra es también el nombre de una de las hijas del Profeta). En Behesht-e Zahra están enterrados no sólo los iraníes ordinarios de Teherán sino también los "mártires" de la revolución, los caídos durante los ocho años de guerra contra Irak y, ahora, también las víctimas de los escuadrones de ejecución de la República Islámica.

La gente con la que Zahra y Hassan se encuentran en su búsqueda les cuenta su propia historia: parientes desaparecidos, propiedades confiscadas, ejecuciones y demás. Hassan, por ejemplo, visita en su casa a un joven que compartió la celda con Mehdi y otros en la prisión de Kahrizak, el centro de detención en Teherán donde se dice que los prisioneros, tanto hombres como mujeres, fueron golpeados y torturados durante las protestas de 2009. Describe estos horrores: "¡Fui violado! ¡Violado en nombre de su dios, en nombre de su Irán! Violado en nombre del Profeta... ¡Es su República Islámica, no yo, la que está cubierta de mugre!" Los dibujos de Khalil reconstruyen el evento conforme lo recuerda el joven: sus inquisidores lo obligaron a pararse ante la pared; le bajaron los pantalones; el documento que fue obligado a firmar después, presuntamente para declarar que había sido tratado bien.

Los dibujos de la novela gráfica (ver fotos relacionadas) revelan esta terrible ironía. Representan un sentido del humor característicamente iraní, una forma de desinflar las pretensiones y el poder. El guía supremo de Irán, el ayatola Khamenei, es representado como un califa en un harén de puros hombres, eligiendo a sus favoritos entre políticos y clérigos que compiten por su atención. El tribunal revolucionario es presentado como un laberinto kafkiano de escaleras, que van de arriba a abajo y de un lado a otro, al parecer sin llegar a ningún lado.

El sistema judicial iraní está representado por unos enormes muláhs con las mandíbulas abiertas. Unas escaleras eléctricas, que transportan a una hilera interminable de acusados, entran en las mandíbulas por un lado y salen por las fauces del muláh, después de haberse desviado por las cámaras de tortura y las salas de confesión; los detenidos llevan un letrero con su sentencia de cárcel: "10 años", "2 años", "17 años".

Los protagonistas de Zahra's Paradise en muchos sentidos son personajes prototípicos. Zahra es igual a miles de madres que en el Irán actual insisten en seguir buscando a sus hijos desaparecidos y que valientemente se manifiestan ante los centros de detención y en los parques públicos, envían cartas abiertas a las autoridades pidiendo la libertad de sus hijos encarcelados. A la fecha, numerosas madres como ella se siguen reuniendo los sábados en un parque de Teherán con ese propósito, muchas veces arriesgándose a ser detenidas. Estas reuniones aparecen en el libro y la policía es presentada en el momento en que dispersa a las mujeres. El hermano Hassan permite echar un vistazo al mundo de la irreverente cultura juvenil iraní: habitaciones cubiertas de carteles, horas interminables en Internet, intensa camaradería y la furtiva pero fácil interacción entre hombres y mujeres en los cafés Internet. El taxista que lleva a Zahra y Hassan a hacer sus rondas, abandona su auto en medio del tráfico de Teherán, eternamente enmarañado, para ir a conseguir un vaso de jugo de sandía para él y sus pasajeros. Como lo muestran debidamente los dibujos, su ausencia difícilmente tiene importancia pues el tráfico no se mueve para nada.

A lo largo de todo el libro, los autores quieren mostrar la capacidad del pueblo de resistir y aguantar: ayudándose unos a otros y haciendo causa común. El mundo de Zahra's Paradise, de hecho, es un mundo de gente ordinaria alineada en contra de un régimen cruel. El propietario de un café Internet le da refugio a un manifestante y después imprime sin costo mil copias de la foto de Mehdi, para que Hassan pueda distribuirlas y pegarlas por toda la ciudad. Una acaudalada y bien relacionada mujer se hace amiga de Zahra y le presenta a su vecino, un amable clérigo de edad que puede ayudarla: un acto de generosidad que no es poco común en Irán.

La pausa en la búsqueda de Mehdi se produce a través de un encuentro fortuito en un café Internet, entre Hassan y la joven y bella Sepideh, amante de un hombre del que después se nos dará a entender que es un alto funcionario, quizá en el ministerio de los servicios secretos o en los Guardias de la Revolución. A Sepideh le gusta Hassan, coquetea con él un poco en el café Internet y, al salir, se lleva a casa una foto de Mehdi.

En las escenas en las que Sepideh y el matón de su amante hacen el amor con particular entusiasmo podemos ver que los tabúes sociales se rompen en esta república supuestamente "islámica". Una joven de clase media no siente ningún remordimiento por ser la amante de un funcionario casado, que puede darle buena vida, comprarle ropa y joyas caras y llevarla de viaje a Dubai. Pero, cuando Sepideh encuentra fotos de él entre los jóvenes protestantes que están siendo torturados en la prisión, se da cuenta de cómo él se gana la vida. Ella logra deslizarle a Hassan un disco de datos con archivos secretos que su amante descuidadamente dejó en su departamento. Archivos que, a fin de cuentas, confirmarán que Mehdi murió en prisión.

La intercesión del clérigo amable les permite recuperar el ataúd de Mehdi de la sección de tumbas anónimas del ministerio de Inteligencia en Behesht-e Zahra. Es a la madre de Mehdi, otra Zahra, a quien los autores le dan la última palabra. Ella llora la muerte de su hijo pero también la muerte del Irán y del islam que ella ama. Dirigiéndose a su difunto Mehdi, ella dice: "Habla del final de los tiempos, del final de la vida; habla del final de Irán, del final del islam. Di que el mundo puede saber que todos los hijos de Irán han muerto y yacen muertos dentro de ti. Yo no soy Zahra ni éste es mi paraíso."

La desesperación de Zahra está bien fundada. De acuerdo con el reporte de Naciones Unidas sobre Irán, que fue dado a conocer a fines de septiembre, más de 300 ejecuciones secretas se realizaron en la prisión de Vakilabad en 2010, y en 2011 se han llevado a cabo 146 ejecuciones secretas más. El Comité para la Protección de los Periodistas señala que para fines de 2010, 34 periodistas habían sido detenidos. Uno de ellos, Mohammad Davari, fue sentenciado a cinco años de prisión por haber recogido una serie de testimonios en video de los prisioneros en el centro de detención de Kahrizak, que decían haber sido maltratados, torturados y violados.

Entre las activistas por los derechos de la mujer, Bahareh Hedayat, activista de la Campaña por el Millón de Firmas (movimiento para recabar un millón de firmas para pedir la igualdad de las mujeres conforme a la ley), fue sentenciada a nueve y medio años en prisión, por "reunión y connivencia contra el régimen" y por insultar al guía supremo y al presidente.

La lista sigue y sigue y en ella aparecen sentencias de prisión a directores de cine, a miembros de la fe Bahai y a defensores de los derechos humanos. Según Shirin Ebadi, laureada con el Nobel de la Paz, el gobierno ha acusado a 42 defensores desde 2009.

En el epílogo de 13 páginas, Zahra's Paradise da los nombres de los 16,901 hombres y mujeres asesinados por la República Islámica. Recabada por la Fundación Abdorrahman Boroumand, la lista parece el monumento de Vietnam, que rinde homenaje a los caídos por la simple mención de sus nombres. La letra es tan pequeña que no se puede descifrar nombre por nombre.

(Distribuido por The New York Times Syndicate)