Es posible que la rehabilitación política del ex presidente Carlos ?Chacho? Álvarez fuera imaginada mucho antes de que el presidente Néstor Kirchner alcanzara la primera magistratura.
En plena campaña proselitista, allá por noviembre de 2002, una cronista le preguntó al entonces candidato: ?¿Usted le ofrecería a Chacho Álvarez un puesto en su gobierno?? ?Por qué no ?sorprendió el gobernador de Santa Cruz con un pie en un avión-; Chacho es un gran dirigente y se va a necesitar la inteligencia y el trabajo de todos.?
No parece casual, entonces, que el vicepresidente de la Alianza, que renunció a su cargo el 6 de octubre de 2000 para marchar al ostracismo político tras el escándalo desatado por la compra de la ley laboral que se tramitaba en el Senado, ocupe hoy un cargo de relevancia y claramente estratégico en la política exterior trazada por el Ejecutivo, tan clara y patentemente expresada en la IV Cumbre de las Américas, en Mar del Plata.
Carlos Alvarez regresa, entonces, a la política por una puerta grande, aunque no mezclada con los rigores de la cosa doméstica. Reemplaza nada menos que al gran perdedor de las elecciones de octubre, Eduardo Duhalde, y su designación va en neta sintonía con los nuevos cambios en el Gabinete. Y no es, acaso, el primer intento de resintalación. Tres meses atrás circuló con fuerza la posible designación de Alvarez en Cancillería, para reemplazar a Rafael Bielsa.
Alvarez, un peronista disidente a comienzo de los 90, se diferenció del menemismo a partir de la creación del grupo parlamentario ?de los Ocho?, germen de lo que luego sería el Frente Grande, de filiación centroizquierdista y Biblia progresista, una fuerza que creció sustancialmente al compás de las denuncias de corrupción que llovían sobre el gobierno de Carlos Menem, y que llegó a integrar como segunda fuerza -en la extraña alquimia que representó su asociación con la UCR- el gobierno de la Alianza-, que se impuso al entonces candidato Duhalde y que comenzó a gobernar el peor de los períodos políticos desde la restauración democrática en 1983.
La renuncia de Álvarez fue la antesala de la debacle que piloteó el presidente Fernando de la Rúa, que culminó con el estallido económico y social del 2001. Álvarez mantuvo una actitud de cautela y resignación desde entonces. Hasta hoy cuando, como fruto de un acuerdo entre Lula y Kirchner, volvió a hacer política en un rubro sensible para el Presidente.
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