
Una balanza interrumpe el paso. En el medio de una calle ancha y peatonal, una balanza -cansada, aburrida, que recuerda en algún pasado haber sido blanca y completa- detiene la marea de gente. La fiscaliza y la vigila a distancia de un metro su aparente dueño, quien al grito de "amigo, peso" propone la irrisoria oferta de pesarse en plena escena pública. No es más que otro de los personajes rocambolescos, locuaces, voraces y dramáticos que pueblan la plaza Jemaa el-Fna, el corazón cultural de Marrakech, la capital turística y artística de Marruecos.
Caminarla es internarse en una aventura contracultural. Inscrita en 2008 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, transmite una atmósfera de caos apacible. Según las hipótesis más aceptadas, su nombre significa "asamblea de la aniquilación", el lugar donde se reunían a ajusticiar y ver ajusticiar de modo macabro a aquellos que delinquían. De aquella referencia sólo queda la denominación. Al actor que se hacía el distraído mientras uno le espetaba, agarrándolo de la campera, "give my phone" y al indigente que le robó con timidez una salchicha al cronista y que luego, ante la reacción incrédula del delinquido, quiso devolverla con ternura no los ajusticiaron ni los aniquilaron.

Situada en la entrada de la Medina, ese entramado de pasadizos, callejuelas y vericuetos, y a la vera de la gran torre de la mezquita Koutoubia, el centro espiritual de la ciudad, la gran explanada es una experiencia sensorial indispensable para saber qué pasa y cómo se vive en Marruecos. Es el símbolo urbano, la concentración tradicional de culturas populares, una mixtura de razas, una confrontación contra la avanzada del turismo y la amenaza de la aculturación, el proceso de asimilación de otras raíces en detrimento de la propia. Un extenso repertorio de personalidades convierten a esta plaza en un circo loco pero inofensivo, simpático pero excitante.
Además del amigo que prestaba su balanza por veinte dírham -casi dos dólares-, la invaden tatuadores, dentistas, curanderos, adivinos, predicadores, narradores, poetas, músicos, bailarines, niños que lanzan al cielo lucecitas de colores, encantadores de serpientes, domadores de monos, uno que ofrecía en claro español primero "masajes" y después "porro", señoras que vendían pañuelos descartables, señoras que vendían veladores de Kitty, uno que alquilaba su mini golf, otro que montaba una parcela de césped sintético para retar al talento y la precisión de los visitantes futboleros, uno que comercializaba cuadros entre los que se destacaba el de Diego Armando Maradona. El único, curiosamente, que no reclamó dinero a cambio de una interacción. Una foto a uno de los payadores que hacían reír a la muchedumbre podía significar un gasto. Todo es plausible al regateo. Desde un taxi, una comida, un regalo. El precio inicial sufrirá un colapso del 150% y la transacción igual será satisfactoria. Una práctica ciertamente rutinaria y desgastante.

En el medio de la Jemaa el-Fna, este festival de expresiones. Sobre tres de los laterales, los que daban la entrada al laberinto de calles de la Medina, se posan las ferias gastronómicas itinerantes, donde se vive un microclima apasionante. Los comerciantes no invitan, invaden al cliente. Y, astutos, al leer el semblante del probable comprador, vociferan una serie de nombres estudiados. Del "boludo" que simpatiza al universal Maradona y Messi. Pero Zabaleta, Higuaín, Agüero, Caniggia, Passarella, Luque, Brasil 3-0, ratificaron que el fútbol es un lenguaje universal, un tanque que derriba barreras idiomáticas. San Lorenzo hizo escuela en la plaza cuando en 2014 la llenó con miles de hinchas en las vísperas del Mundial de Clubes. Uno de los vendedores conservaba y blandía una bufanda de los Cuervos. Quería lo mismo que todos los otros: generar empatía para que los argentinos les consumieran. El manto de desconfianza de los visitantes se ratificó cuando además de los futbolistas, los marroquíes nombraron a Maru Botana, Narda Lepes y Doña Petrona. Es imposible que las cocineras argentinas hayan alcanzado semejante popularidad en Marrakech. Fundamentalmente por el resultado de la gastronomía local, que podrá ser exótica y pintoresca, pero carece de cualquier agregado, reseña o condimento nacional.

Es más una táctica de seducción que un encuentro cultural. La selección de nombres es un estudio previo que varía según la nacionalidad del interlocutor. Para el equipo argentino juegan juntos Maradona y Botana, para el español, el inglés, el colombiano les habrán asignado otros jugadores. Aunque a la vez también resulta impactante cómo un senegalés que vende relojes -quizá una de las pocas cosas que Marrakech y Buenos Aires comparten- sepa que Osvaldo Ardiles usó la 1 en el Mundial 78, un dato ajeno tal vez a muchos argentinos. Sucede que en ese microclima, todo está a punto de pasar. Hasta que pasa: peleas entre bandas que regentaban los puestos de comida por culpa de un grupo de argentos que habían prometido volver a comer con ellos. Unos ponían caras de "no pasa nada, es un loco" mientras el ese loco ponía mueca de "me habías dicho a mí…". Hasta que corridas, tensión, manotazos, revoleo de sillas; el caos reinaba de nuevo.

Un caos que de todos modos parece controlado. Marrakech no tiene semáforos ni sendas peatonales. Todo se organiza por el libre albedrío. Algunas avenidas de doble mano tienen tres carriles y el mismo nivel de tráfico determina a quién le corresponden dos y a quién la restante. El giro en "u" es ley. Las motos se multiplican como hormigas: ninguna supera las 110 cilindradas. No hay prioridad de paso. El que asoma la trompa gana la circulación. Es el fin de la metáfora: la nula regulación regula.
Sobre el otro frente de la plaza, el que recibe la sombra del alminar de la mezquita yace una estructura disociada del ruido, el humo y el show dantesco de la plaza. Es un globo terráqueo con una persona emergiendo tapada con una máscara antigas: es la simulación de un mundo contaminado en emergencia. La escultura que promociona la COP22, la vigésima segunda sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, no rima con la escena. La civilización parece, en la plaza, tener otras preocupaciones.

En simultáneo juegan Marruecos y Costa de Marfil en Marrakech. Los bares están llenos de hombres mirando el televisor, las entradas están agotadas. El 0 a 0 final no cambia la dinámica de la ciudad. La religión lo hace. Es natural ver gente rezando en cualquier lugar y a cualquier hora del día. Se sacan los zapatos, se arrodillan sobre una manta o cartón, se orientan por la ubicación a la Mecca y oran. Cinco oraciones diarias deben realizar los musulmanes para bendecir a Alá. Los más ortodoxos respetan celosamente la distribución horaria. El resto lo hace cuando puede o se acuerda: una aplicación en el celular les administra y notifica el momento del salah.
La plaza Jemaa el-Fna es una atmósfera trepidante, un núcleo urbano lleno de lunáticos inofensivos. Es el centro de reunión y de manifestación de un pueblo con tradiciones populares. Es también el foco turístico por excelencia. La comunión de los locales con los forasteros deriva en un estallido cultural. Hasta que uno de esos locos saca del fondo de su comercio una remera de San Lorenzo. "Argentino amigo, Ciclón, dale los Matadores", entona con un castellano forzado y saluda de manera fraternal al visitante. Pero al instante siguiente repite "precio, calidad, compra compra" y la historia vuelve a empezar.
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