Hasta que irrumpió la mirada ambiental, la basura era un tema de servicio público: el papel de los intendentes se remitía a cortar el pasto y proveer camiones que sacaran las bolsitas de basura de las puertas de las casas. Ahora, por los volúmenes ingentes (casi dos kilos por persona por día en promedio) y la contaminación creciente, lo que pasa con esa bolsita se transformó en un asunto ecológico.
Se le suele echar la culpa a la gente: "A nadie le importa lo que pasa una vez que deja la bolsa de basura en la puerta" dicen a modo de coartada. Que es lo mismo que decir que en Argentina hay 5 mil basurales a cielo abierto porque el vecino no sigue como un detective el camino que recorre su bolsita.

¿Y los impuestos que paga ese vecino no bastan para que el Estado provea un servicio de tratamiento acorde con la Constitución Nacional? Porque recordemos que nuestra Carta Magna, además de permitirnos transitar libremente, establece nuestro derecho a un ambiente sano.
Las imágenes a las que estamos acostumbrados, como las de Luján o Gualeguay no se corresponden con un ambiente "atado a derecho".
La idea de que cada municipio lidie con la basura, además de recogerla, ha fracasado. El deseo de que la gente recicle y reutilice mientras se la insta a un consumo desenfrenado de productos envueltos en basura, naufragó también. Ya no se puede seguir barriendo y escondiendo porque no hay alfombra que alcance.

La cantidad de basura ahora es enorme. Los basurales ya son indisimulables y es un contrasentido que estemos hablando de sustentabilidad y modernidad mientras la basura va a un pozo y se le prende fuego.
El 90 por ciento de los argentinos vive en ciudades. Y en todas ellas, casi de modo idéntico, la basura es un problema. Entonces: es un problema nacional y debe ser concebido como tal. Los países que han resuelto el problema de la basura lo han hecho a partir de una política centralizada: no puede depender del dinero que logra recaudar un municipio.

Y ahí está el secreto: si es una política pública federal, los recursos económicos aparecerán y la tecnología fluirá. Ninguna de esas dos cosas es hoy en el mundo un factor para impedir el tratamiento de la basura.
Y luego de que exista esa política pública le pediremos a la sociedad que se comprometa con el buen funcionamiento de un sistema que hoy claramente no existe.
Mientras tanto habría que comenzar a pensar que, a punto de finalizar la segunda década del siglo XXI, la basura ya no es un problema sino una deuda. Y una vergüenza.
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