
El siguiente es el octavo capítulo de los diez que componen las memorias de Nelly Rivas, la joven amante de Juan Domingo Perón, que Infobae publica por primera vez de manera completa en la Argentina.
Cuando el descontento de la oposición comenzó a sacudir los cimientos del gobierno, rogué a Perón que renunciara a la presidencia antes de que fuera demasiado tarde.
Lo insté a que se retirara conmigo a algún lugar tranquilo donde podría disfrutar sus últimos años en paz y bienestar, lejos del torbellino de la política, que a mí no me interesaba. Le hice ver que ya había hecho bastante por la Argentina. Y que otros debían asumir las responsabilidades.
Pero el grupo que lo rodeaba, especialmente los íntimos, como el doctor Méndez San Martín, Ministro de Educación; Atilio Renzi, mayordomo de palacio, y el capitán Alfredo Renner, su secretario particular, se oponían a esta idea, convencidos, como estaban, de que el régimen no podría existir sin Perón.
En cierta oportunidad en que nos encontramos solos, ellos y yo, esperando al General para ver una película, me acusaron violentamente de ser mala influencia para Perón.
Herida vivamente les contesté:
-No quiero que sea un héroe, reconocido después de su muerte, como el general San Martín, que tuvo que morir en tierra extraña…La cosa es muy sencilla, Uds. quieren conservar sus puestos. Peo mis intereses son muy distintos.
Yo quería que él viviera para disfrutar de sus perros, de sus chinelas… y de mi compañía.
El mayor Ignacio Cialceta fue el único del grupo que me apoyó.
Perón entró en ese momento y cambiamos inmediatamente de conversación. Me senté como de costumbre al lado del General y al rozar su brazo sentí una inmensa amargura al recordar las cosas terribles que sin comprenderme habían dicho de mí. Y lloré durante toda la película.
Me fui sintiendo más y más aislada hasta que fui poco menos que una prisionera en la Residencia. Para hacer la cosa peor apenas tenía oportunidad de ver a Perón. A medida que la crisis se hacía más honda, sus ministros lo absorbían más y más, día y noche.
Antes había tenido un profesor que venía a casa a darme lecciones de dactilografía. Deseaba poder hacer de secretaria de perón para así poder estar más cerca de él.
Pero Renzi hizo circular la versión de que Perón me hacía tomar lecciones con el fin de corregir mi escasa educación. Me dijo que no tenía suficiente preparación como para servir de secretaria a un presidente.

Abandoné mis estudios y me propuse demostrarles a Renzi y a los otros que seguiría junto al Presidente sin ayuda de lecciones privadas.
Deseaba escaparme de la atmósfera asfixiante de la residencia presidencial y soñaba con que nos mudáramos a la calle Teodoro García, a una linda casa en Buenos Aires, que Perón había heredado de su difunta esposa. Pero me dí cuenta que sería imposible. El "grupo" nos seguiría hasta allí y las cosas continuarían igual que en la residencia oficial.
Renner ya nos había echado a perder los pocos fines de semana que Perón y yo pasamos en la quinta de San Vicente.
Trataba de impedir que fuéramos, presentándole al Presidente una cantidad de papeles oficiales que, según decía, requerían su presencia en Buenos Aires durante el fin semana.
Un sábado a las 5 de la mañana, Perón y yo nos fuimos antes de que Renner pudiera impedirlo. Apenas nos habíamos acomodado en la quinta cuando Renner apareció con sus papeles oficiales y yo quedé abandonada otra vez. Le dije a Perón que daba lo mismo volver a la capital.
El 16 de junio de 1955, volviendo a la residencia después de hacer unas compras, me encontré con que había tropas montando ametralladoras y otras armas. Perón no estaba. Corrí hasta donde estaba Renzi y le pregunté que ocurría.
-No me hable- me dijo- este es un asunto muy serio.
El oficial al mando de las tropas me explicó que había habido un alzamiento y que los rebeldes se habían apoderado del aeropuerto internacional de Ezeiza, en las afueras de Buenos Aires.
Corrí a mi habitación, me cambié de ropa y me puse a ayudar a Renzi a organizar el personal civil para defender la residencia.
Me preocupé de que cada uno estuviera armado y en el puesto que le había sido asignado. Ayudé a cargar las ametralladoras y fui a buscar el pequeño revólver que Perón me había regalado.
Renzi me preguntó si me sentía capaz de usar un arma más poderosa. Tomé el revólver de policía de calibre 45 que me ofreció.
Hubo una fuerte explosión y vimos que el cielo se encendía en la distancia. Aviones rebeldes habían bombardeado la Casa de Gobierno, donde Perón tenía su oficina. Quedamos atónitos y aterrorizados.
Tomé unas cajas de cigarillos de Perón y los distribuí entre los soldados y el personal, esperando así alentarlos. También les distribuí emparedados que había preparado yo misma en la cocina.
Renzi me insistió varias veces a que me fuera inmediatamente y regresara a la casa de mis padres.
-Mi sitio está aquí, le contesté.
No voy a salir corriendo al primer tiro.
Un avión de reconocimiento vió el coche presidencial en el parque y llegó a la conclusión de que Perón se hallaba en la residencia.
Boca abajo sobre la azotea , como los demás, ví que tres enormes "Gloucesters" se nos venían encima. Una de las bombas que descargaron cayó sobre un murallón y los vidrios de ese lado de la casa saltaron en pedazos.
Cuando volvieron por segunda vez, teníamos orden de abrir fuego todos simultáneamente. Pensaron que teníamos equipo antiaéreo porque erraron el tiro y sus bombas fueron a parar a una calle vecina.
Cuando un avión rebelde comenzó a ametrallar la casa corrí al jardín con la esperanza de encontrar un refugio. Un oficial me asió del brazo y me arrastró a tiempo de sacarme de la línea de fuego. Me tiré al pie de un árbol enorme y me puse a rezar fervientemente.
Pocos minutos más tarde todo había terminado. Los aviones leales habían derrotado a los rebeldes y sofocado el levantamiento.
Mis padres nunca me visitaron en la Residencia, pero mi madre estaba tan preocupada que acudió aquella noche a la puerta principal. Le aseguraron que yo me encontraba perfectamente.
Finalmente, recibimos noticias de que Perón había escapado ileso del bombardeo. Pero no llegó a casa hasta el día siguiente.
Viéndome en el portal, esperándome, exclamó sorprendido:
-¿Estás todavía aquí?
-General -respondí- he tenido el honor de sentarme a su mesa y de compartir muchos buenos momentos con Ud. Esta es también mi casa. No quiero negar que he sentido miedo, pero no me arrepiento de nada. Dios me ayudó.
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La historia de Nelly Rivas, la "niña amante" de Juan Domingo Perón
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