
A una semana del sorpresivo, polémico y aún poco claro operativo militar estadounidense que capturó a Nicolás Maduro en territorio venezolano, va quedando cada vez más claro que el objetivo central de la administración republicana encabezada por Donald Trump nunca fue el de poner fin al chavismo e impulsar una transición democrática en el país caribeño, sino tutelar a un gobierno a cargo de otros referentes del régimen en resguardo de los intereses económicos y geopolíticos de la principal potencia mundial.
Aún con poca claridad no solo respecto al rumbo de ese cambio que pretende tutelar personalmente el propio Trump sino a los mecanismos para implementarlo con los mismos protagonistas de un régimen que agonizaba y que hoy paradójicamente parece haber ganado tiempo y oxígeno, hizo su “debut” formal la nueva versión de la Doctrina Monroe que ya se había visto reflejada en un reciente documento de la Casa Blanca.
Si la Doctrina Monroe de 1823, bajo el argumento de evitar cualquier intervención europea o establecimiento de colonias en la región dio paso al intervencionismo estadounidense en el continente para promover su influencia e intereses, el denominado “corolario Trump” a dicha doctrina pareciera recrear dicha estrategia con el renovado argumento de evitar o contener la influencia de China o Rusia en la región. Debe recordarse que, con distintas variantes -los Corolarios- como la que introdujo Theodore Roosevelt, esta doctrina ya se usó para invadir la República Dominicana, Haití, Honduras o Nicaragua.
Este giro propiciado por Trump no es en absoluto menor, en cuanto implica un fuerte retroceso del derecho internacional y los organismos multilaterales. Precisamente, el nuevo orden global que impulsa Trump -y al que también parecen suscribir con sus propios matices y modulaciones la Rusia de Putin y la China de Xi Jinping- se parece mucho más a la época en la que el presidente James Monroe propició su doctrina, con las potencias reclamando de facto sus zonas de influencia y sus dominios, que al mundo que emergió tras las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial y generó las reglas e instituciones internacionales que -con todas sus imperfecciones- rigen hasta hoy.
Lo cierto es que el continente americano vuelve a presentarse como un espacio en el que Washington pretende ordenar, condicionar y tutelar desde una posición de absoluto dominio asentado en el poderío económico y en la abrumadora superioridad de su aparato militar. Todo ello, no solo sin reconocer límite alguno en el derecho internacional, sino incluso desdeñando de los instrumentos e instituciones nacidos a mediados del siglo pasado tras el horror de la gran guerra.
Un nuevo escenario que no solo tendrá consecuencias en el plano regional sino un impacto muy relevante a nivel local. Es que el férreo alineamiento de Milei con los Estados Unidos, que se parece cada vez más a un alineamiento con la figura de Trump que a una decisión de política exterior basada en el interés de consolidar una relación bilateral, empieza ya a trascender el plano discursivo y las narrativas diferenciadoras respecto a las alianzas del kirchnerismo, para tener consecuencias mucho más terrenales.
Si bien es cierto que el entendimiento o afinidad ideológica de Milei con Trump ya había hecho posible el inédito salvataje financiero que impidió que el gobierno libertario se deslizara hacia el abismo tras la derrota en las elecciones bonaerenses de septiembre, a partir de la captura de Maduro ahora avanza hacia un compromiso político con una acción militar. Por cierto, un compromiso que el propio Milei explicitó al celebrar la intervención (más allá del ingenuo pedido de asunción de González Urrutia), que avala un precedente peligroso ante insinuaciones respecto a Colombia o México, y que implica nada más ni nada menos que un cambio drástico en una política exterior argentina que, desde el retorno a la democracia, y salvo durante el gobierno de Menem y su involucramiento en la guerra del golfo, había consolidado su compromiso con la paz y la no intervención en los asuntos de otros Estados.
Lo cierto es que la realidad comienza a mostrar que “hacer trumpismo” no es ni será gratis. Estos últimos días quedó más que claro que no solo implica avalar acciones unilaterales reñidas con el derecho internacional, sino también maniobrar discursivamente para explicar algo muy difícil: que Trump haya elegido trabajar con el propio régimen chavista residual desdeñando a la oposición a la que Milei supo cortejar (en las últimas horas Trump se refirió a Machado como “la señorita que recibió el Nobel de la Paz”), que no se hayan incluido condiciones en relación a la liberación de presos políticos entre los que se cuentan ciudadanos argentinos (apenas se liberó una decena en un gesto que el régimen calificó de “unilateral”) y que no haya tenido reparo alguno en reconocer que la intención es ante todo manejar el petróleo venezolano de forma “indefinida”.
Así las cosas, Argentina se encamina por la decisión unilateral del presidente, sin debate ni argumentación alguna, no solo a avalar una nueva versión de la Doctrina Monroe, sino también a abrazar también una versión remozada del Consenso de Washington. Y, todo ello, sin evaluar en profundidad los costos y beneficios que este alineamiento irrestricto tiene y tendrá para los intereses nacionales concretos, más allá de lo que atañe al plano simbólico o las construcciones discursivas.
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