Resulta francamente sorprendente lo cómodo que se siente el Papa con los ladrones. Ya son antológicas sus fotos con la ex Presidente de la Argentina, Cristina Fernández; sonriendo, compartiendo camisetas de fútbol con La Cámpora, dialogando con Daniel Scioli, bendiciendo a Hebe de Bonafini, respaldando a Luis D'Elía y recibiendo prácticamente a toda la troupe que saqueó la Argentina, y fundamentalmente a los pobres de la Argentina, en los últimos cuatro años.
Le envió una carta manuscrita a Milagro Sala, la jujeña que asoló a toda una población bajo el reinado del miedo, la tortura, el chantaje y hasta el asesinato para sostener su organización paramilitar que había llegado a instalar un Estado dentro del Estado.
Francisco escribió de puño y letra: "Sé que el momento por el que está pasando no es fácil. Me he informado de algunas cosas y comprendo su dolor y su sufrimiento. Quiero asegurarle que la acompaño con mi oración y los deseos de que todo se resuelva bien y pronto… Le aseguro mi oración y mi cercanía y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí". No hay palabras realmente para expresar un comentario que resuma y describa todo el asombro que uno siente cuando lee esos párrafos.
Alguien que robó el dinero de los que más lo necesitaban, que traficó millones, para vivir, justamente, como millonaria y que extorsionó a familias enteras especulando con sus inmensas necesidades.
Una persona que atemorizó a toda una sociedad y que reclutó un verdadero ejército bajo amenazas y debajo del ala monetaria que recibía de los Kirchner.
Una persona que no dudaba en mandar a matar gente cuando se la desobedecía, como ocurrió con el estudiante de afiliación radical que cometió el error de ser políticamente sincero cuando estudiaba en una de las "escuelas" de la Tupac.
Una resentida social que no dudó en mandar a sus muchachos ante periodistas que viajaban para informar sobre sus actividades cuando estas ya se habían vuelto claramente sospechosas. En esas circunstancias, hasta se dio el lujo de robar, en vivo y en directo, una cámara de televisión completa al equipo de producción del programa Periodismo para Todos, de Jorge Lanata, que nunca la recuperó.
El Papa mantuvo su ceño fruncido cada vez que el presidente Mauricio Macri lo visitó, y no se conocen cartas de apoyo al jefe del Estado para acompañarlo y mostrarle su cercanía espiritual en momentos en que este debe maniobrar un timón destruido por su antecesora.
¿En qué piensa el Papa? ¿Con quién cree que se congracia actuando de esta manera? Sería interesante que estuviera al tanto de lo que opina la sociedad jujeña sobre Milagro Sala y que su ceguera ideológica, que, por réplica, se parece mucho al resentimiento, no le impida ver el robo, el saqueo, la estafa, el crimen.
Resulta muy triste comprobar este desenmascaramiento de Bergoglio. Es como si estuviera lanzado hacia un sincericidio inapelable. Inflama los espíritus de los que menos tienen generando (en uso de su indudable ascendencia) un clima de enfrentamiento entre clases, como si fuera un enviado del materialismo marxista.
Esta solidaridad con personajes como Fernández, Bonafini, Scioli, D'Elía o Sala define al Papa como persona, algo de aquello "dime con quién andas y te diré quién eres". Es muy bajo especular con la posición en la que la Providencia lo ha colocado para, usando ese lugar, propagar una ideología de resentimiento y de odio hacia determinados grupos sociales, al mismo tiempo que trasmite su acompañamiento a los que tienen como denominador común justamente ese resentimiento y ese odio, y que lo han usado aviesamente para robar y llenarse de oro con los recursos del pueblo.
Mientras insiste en no venir a la Argentina, un comportamiento totalmente incomprensible si se tiene en cuenta lo que han hecho sus inmediatos predecesores bajo las mismas circunstancias (Juan Pablo II y Benedicto XVI visitaron Polonia y Alemania, respectivamente, asiduamente), hace llegar su palabra bendita a los que se robaron todo.
Parece que para Bergoglio, si las personas odian a los mismos que él odia (sí, sí, leyeron bien), entonces merecen sus bendiciones y sus sonrisas. En cambio, si las personas pertenecen a la clase de gente que él detesta, no merecen nada: sólo la frialdad, sólo la indiferencia.
El mundo que vive fascinado por Francisco no conoce a Bergoglio. Y muchos que creían conocer al arzobispo de Buenos Aires ahora descubren al verdadero Papa: un ideólogo al servicio de una ideología, sin importar si sus aliados, en el objetivo de que esa ideología se imponga, hayan infringido las leyes más elementales de la moral y del derecho.
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