
PwC publicó el 3 de agosto su encuesta sobre fuerza laboral e inteligencia artificial en servicios financieros. Consultó entre el 12 y el 22 de mayo a 1.004 ejecutivos de nivel director o superior en bancos, aseguradoras, gestoras de activos y fondos de capital privado de Estados Unidos, todas firmas con ingresos de al menos USD 500 millones. El titular que recorrió el mercado fue uno: el 86% cree que entrenar a alguien en IA rinde más que un MBA para muchas contrataciones nuevas.
El dato que importa está más adelante. El 91% de esos mismos ejecutivos está subiendo la compensación de los empleados con habilidades de IA. Y el 77% reconoce que la mayoría de sus inversiones no entrega retorno medible. Están subiendo el precio de un activo que no saben valuar.
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Nadie mide en dinero lo que ya está pagando en dinero
Cuando PwC preguntó cómo miden el retorno de sus inversiones en IA, la respuesta más elegida fue mejoras de productividad y creación de capacidad, con el 53%. La segunda fue adopción y uso de la herramienta, con el 50%. El ahorro de costos quedó tercero con el 49%, el crecimiento de ingresos en el 42% y el plazo de repago en el 36%.
A mi lectura, ahí está el problema real: la segunda respuesta más elegida por los encuestados no mide un resultado, mide una conducta. Cuánta gente usa la herramienta no es retorno. Es tráfico.
Un directorio que aprueba una prima salarial contra un indicador de uso hace lo que ningún comité de inversiones le permitiría a un gerente de línea: comprometer gasto fijo contra una métrica de actividad.
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La prima se fija por presión competitiva, no por cálculo

El 58% dice que pagará un plus por fluidez en IA. Otro 58% atará la compensación a la productividad habilitada por la tecnología. El 61% anticipa más pago por desempeño en el próximo año.
Al mismo tiempo, el 41% señala que su mayor obstáculo para escalar la tecnología en la organización son los datos fragmentados o de baja calidad, más que cualquier otro factor. Y solo el 42% hizo un modelado de alto nivel de la capacidad laboral en toda la compañía.
Interpreto ese cruce así: la mayoría no tiene la base para calcular cuánto rinde un empleado que trabaja con IA, y aun así está dispuesta a pagarle más. Lo que fija ese precio no es una medición. Es la posición del competidor.
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El recorte ya está presupuestado, aunque la ganancia no aparezca
Casi ocho de cada 10 ejecutivos esperan que su plantilla se reduzca al menos un 20% en cinco años. Sobre qué capa sufrirá el mayor impacto, el 30% apunta a los puestos de entrada y el 26% a los mandos medios. La capa de liderazgo recibe el 12%.
Ahí está la cuenta que no cierra. La misma encuesta que admite ausencia de retorno medible proyecta una reducción de personal con dos dígitos de precisión. El ahorro se planifica con porcentajes. El beneficio, con adjetivos.
Del otro lado del escritorio, el 44% de los directivos dice que sus empleados están preocupados por la seguridad de su puesto. El 43% observa que usan IA solo cuando se lo exigen. El 34% señala la fatiga de cambio como barrera para escalar la tecnología en la plantilla.
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La compañía paga más por una habilidad y a la vez anuncia que sobrará gente. El empleado escucha las dos cosas el mismo día. La resistencia que los directivos registran como obstáculo cultural es una lectura correcta de los incentivos.
Cuando el recorte se programa antes de poder demostrar la ganancia, deja de ser consecuencia de la tecnología y pasa a ser su justificación.
Todavía nadie firmó quién responde si un agente falla

Más de la mitad declara uso moderado de herramientas de IA por fuera de los sistemas aprobados, lo que en la industria llaman shadow AI, inteligencia artificial en la sombra. El 90% acepta que esa práctica genera riesgo regulatorio.
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Sobre quién responde si un agente automatizado provoca un daño material, no hay acuerdo. El 27% dice que el CEO y el directorio, el 16% un líder de tecnología, el 15% riesgo y cumplimiento y el 8% la persona que actuó sobre la salida del modelo.
Un sector regulado que paga primas por una habilidad sin retorno probado y que no definió quién firma cuando algo sale mal no está transformándose. Está tomando posición.
Vuelvo al titular del MBA. El 86% que prefiere la formación en IA sobre un posgrado de negocios no compara dos retornos medidos. Cambia un activo sobrevaluado por uno sin valuar.
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Los balances del sector van a mostrar el aumento del gasto salarial mucho antes que la mejora de productividad que lo justifica. Esa diferencia de tiempos, y no el debate sobre el MBA, separará a las firmas que estaban invirtiendo de las que estaban apostando.
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